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Crítica:MÚSICA CLÁSICA
Crítica

Una orquesta de 12 países

Desde su formación, en 1981, la Orquesta de Cámara Europea ha recorrido un camino de éxitos internacionales. Ya la idea de los fundadores al reunir instrumentistas jóvenes de 12 países para trabajar juntos seis meses cada año resulta no sólo simpática, sino demostrativa de unas vocaciones auténticas. Más aún si el conjunto, una plantilla que no excede los 45 profesores, se autofinancia sin acudir al eterno recurso de los presupuestos oficiales.En su visita a Madrid ha dirigido la Orquesta de Cámara Europea un finlandés ya conocido en Madrid, Paavo Bergelund, de evidente y justificado prestigio. Así se advirtió en las versiones de Haydn, Bartok y Beethoven.

Todos y cada uno de los instrumentistas tocan con gran técnica y movidos por un espíritu comunitario de cámara capaz de dar cohesión a las versiones a partir de la misma idea. Se producen así lecturas tan excelentes como la del Divertimento, de Bartok, un mundo mágico de sonoridades, incisivo virtuosismo y, a la manera de su autor, representativo de un cierto sentimiento expresionista. Características que se lograron en grado máximo en la realización de la Orquesta Europea, inteligentemente orientada por el maestro fínlandés.

Orquesta de Cámara Europea

Director: Paavo Bergelund. Obras de Haydn, Bartok y Beethoven. Teatro Real. Madrid, 25 de marzo.

Otro tanto podría decirse de la versión dada a la Sinfonía en sol mayor número 92, de Haydn; por la ejemplaridad del fraseo, la articulación y las respiraciones, tanto como por el rigor flexible en lo lineal y en lo constructivo, escuchamos un Haydn de puro estilo vienés y gran capacidad de comunicación. A lo vienés responde todavía la Cuarta sinfonía, de Beethoven, por más que pisemos ya la frontera con el romanticismo. Pero en la obra que separa la Heroica y la Quinta, si la sustancia y el lenguaje avanzan considerablemente, se mantienen los esquemas formales e ideológicos anteriores.

Los jóvenes instrumentistas de la Orquesta Europea y su director, Bergelund, se hicieron aplaudir con entusiasmo.

Fue un concierto modélico que se prolongó con una lógica propina: el Vals triste, de Sibelius.

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