Crítica:Crítica
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Iconoclasta Labordeta

José Antonio Labordeta tiene sobre el escenario aspecto de profesor, no sé si de historia o de otra cosa, pero profesor al fin y al cabo. Claro, que profesor iconoclasta, de humor cachazudo e irreverente, que hace del recital un espectáculo en el que sus parlamentos entre canción y canción adquieren valor fundamental en la forma de desarrollarlo. Un espectáculo con mucho de buñuelesco en ese navegar constantemente en la frontera que constituye la irreverencia y el pudor, la hondura y la crítica directa, descarnada.Así son también sus canciones, un constante vaivén entre la reflexión en profundidad sobre la vida y la denuncia, la mayoría de las veces en clave satírica, de las cosas que no le gustan: la prepotencia, el belicismo, el cretinismo o la injusticia.

José Antonio Labordeta y la Cooperativa Musical del Ebro

Centro Cultural de la Villa de Madrid. Miércoles, 5 de diciembre, 10.30 noche.

En este primer recital de la tanda de siete que está celebrando en Madrid dio un largo recorrido por las canciones de su reciente disco y por algunas de sus mejores composiciones de otros trabajos: La vieja, Carta a Lucimio, La albada, El poeta, Meditaciones de Severino el Sordo, Canto a la libertad y, cómo no, Aragón, que tuvo que interpretar para cerrar los bises.

Un recital medido, que muestra al cantante aragonés en su momento más maduro, espléndido de voz y de recursos escénicos. Con un acompañamiento plenamente adecuado de la Cooperativa Musical del Ebro, grupo que a la vista de los cuatro temas que, interpretó como tal, sin Labordeta, evidenció estar situado en el camino de los mejores grupos que en España se dedican a renovar el folclor desde una perspectiva de modernidad sonora.

Algunos problemas de sonido y un crescendo en el desarrollo del recital hizo que fuera ganando en interés hasta desembocar en una segunda parte plenamente conseguida de fuerza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 07 de diciembre de 1984.