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Tribuna:

Por una didáctica de la seducción

Como en las mejores intrigas pasionales, la música auspició las confidencias de dos profesionales del amor en un encuentro memorable. La entrevista, tan providencial que desborda el ámbito de lo real e invita a pensar en las licencias de la literatura, tuvo lugar en 1801 en un palco de La Scala de Milán, escenario de reiteradas peripecias y donde la ópera ha servido de eficaz tercería celestinesca a múltiples acuerdos, no siempre clandestinos.Los protagonistas del no buscado rendez-vous fueron dos escritores franceses, habitualmente involucrados en líos de mujeres y cuyas obras se desplazan a lo largo de dos siglos diferentes. Y fue precisamente el año que clausuraba un siglo e inauguraba otro el que contempló cómo el anciano Choderlos de Laclos y el joven Stendhal se fundían en un abrazo pletórico de reminiscencias, secretos y no poca suficiencia sobre el objeto de sus pasiones. En el capítulo décimo de sus Souvenirs d'égotisme, Stendhal registra fielmente el hecho: "Mi tío poseyó todas las hermosas mujeres que, hacia 1788, hacían de Grenoble una de las ciudades de provincia más agradables. El famoso Laclos, viejo general de artillería a quien conocí en el palco del estado mayor en Milán y a quien cortejé debido a las Liaisons dangereuses, se enterneció cuando le conté que era de Grenoble".

Una obligada composición de lugar hace que La Scala y Grenoble, más allá del encuentro real, ratifiquen una galante simetría. ¿No fue quizás ese mismo palco el que 15 años después propició el encuentro entre el conde Mosca y la Sanseverina, tal como lo recrea el capítulo sexto de La cartuja de Parma? ¿No fue Grenoble la ciudad en la que Stendhal decía haber conocido a la marquesa de Merteuil, la sagaz heroína de las Liaisons dangereuses? Un jovial destino permite que los autores no sólo se conozcan entre sí, sino que rocen el prodigio al tropezarse en la calle con sus entes de ficción.

Y, como si esto fuera poco, hace escasos meses Choderlos de Laclos y Stendhal. tuvieron otro encuentro, el que la memoria de sus happy few -esa dichosa minoría a la que en su última línea honra La cartuja de Parma- celebró en la coincidencia del doble centenario: la publicación de la célebre novela del primero y el nacimiento del segundo. Los dos, sin embargo, más allá del azar y la cronología, estaban ya unidos por el clima que privó en su diálogo italiano. Se trata de dos formas distintas, pero no distantes, de concebir el amor y la mujer -"Mulier plectrum viri", decía Stendhal-, elemento inexcusable de la aproximación amorosa. No obstante, tal concepción permanece inalterable y responde a una antigua tradición: la de ese amor-pasión del que literalmente habla Stendhal más de un siglo antes de que Rougemont y una legión de devotos se dedicaran a disecar teóricamente tan amable asunto.

¿Cómo conciliar las evidentes afinidades de ímpetu entre los intereses del vizconde de Valmont y los de Julien Sorel? ¿No se da una clara concomitancia entre las artes empleadas por la marquesa de Merteuil y las de Lamiel? ¿Acaso la caída de la virtud no se precipita por igual,y pese a los escrúpulos, en la presidenta de Tourvel y en madame de Rênal? Choderlos de Laclos y Stendhal siempre van juntos, y sus personajes, más allá del arco temporal que los separa, han sido formados en la flatterie dieciochesca. Ambos autores encarnan una didáctica de la seducción, una revaloración del ars amandi, ambos, como sus libros, lograron sobrevivir a la moral cruenta de la Revolución y a la sensiblería romántica; ambos, en fin, tuvieron que vivir a fondo la pasión para que se cumplieran sus escrituras.

¿Cómo escapar, aun hoy, al influjo de Choderlos con su sabia subversión de defensas y su perturbadora forma de concebir la relación? El amor y el sosiego son hondamente refractarios, y por eso la paz deja de ser una virtud para convertirse en un elemento extraño y espúrio en las tórridas combinaciones en que se prodiga: la convulsiva certeza de que el erotismo debe hurtar o destruír algo -¿no es esa la prerrogativa última de la posesión?- para que la experiencia tenga sentido. Sin intriga no se concibe aquí la pasión, pues el amor es esa retórica que flota como una aureola una vez satisfecho el apremio de la carne. Y buena prueba de todo esto la dan Cecilia de Volanges y la presidenta de Tourvel en sus respectivas caídas a manos de Valmont: la primera por ser la muchacha ideal: no tiene carácter ni principios, y la segunda, por tenerlos en demasía.

Algo similar ocurre con Stendhal y su más discreta mecánica de seducción: el flirt que desencadena reacciones desconocidas y que, pese a que altera la química de los agentes del juego, actúa

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como si fuera un nuevo sistema de conocimiento. Es exactamente lo mismo que luego hará Proust -quien, con Baudelaire y Stendhal, ha sido el más brillante lector de Choderlos- con los celos: utilizarlos como un lacerante medio de acceder a la verdad, ¿Puede alguien evitar la comparación entre Lamiel y Odette de Crécy? Son hermanas de condición y de comportamiento, y su ámbito más vivo es la ambigüedad. ¿Pero no son acaso los franceses quienes mejor han sabido instrumentalizar la duda, llámese ésta escepticismo, sospecha o incredulidad? ¿No son ellos quienes le han dado un sentido pragmático e incluso utilitario a los trueques de la sensibilidad? ¿No es esa, en última instancia, la ética del libertino? Por otra parte, la intriga sentimental que rodea a los personajes de Choderlos y Stendhal es profundamente dialéctica: la síntesis va más allá del amor, trascendiéndolo. Un moralista diría que tal actitud constituye el envilecimiento del amor, aunque un espíritu menos etéreo prescindiría de sus reservas para ver en todo esto la mano enguantada que con gesto elegante dibuja el camino de la perversión, es decir, el tránsito de un orden viejo a otro nuevo, la revelación de la senda inédita: la epifanía del placer.

Nada queda igual después de sentir la fascinación que se desprende del método amoroso de Choderlos o Stendhal: la osadía al servicio de los intereses más oscuros de la sensibilidad, catarsis de reacciones tan insospechadas como letales, inteligencia y conocimiento antes y después de la carne, ya que el término medio del sistema es otro francés llamado Sade.

Tras el amor, si la memoria quiere ser fiel a la experiencia -y en gran medida eso se llama literatura-, uno no debe ser el mismo de antes. Ese desgaste, ese tránsito hacia el otro estado es lo que diferencia a la revelación de la monotonía, lo que justifica el juego, lo que le da riesgo y sentido a esas relaciones tan peligrosas como el azar que trueca el destino en rojo o negro.

Ahora bien -y de nuevo en el palco de La Scala-, cabe hacer una última pregunta. ¿Participaba el anciano Choderlos del entusiasmo de su joven admirador por la ópera de Cimarosa que facilitó el encuentro? Al escuchar Il matrimonio segreto -curioso título que haría las delicias de dos de los mayores mentores de "la infidelidad del tálamo", como decía uno de ellos-, Stendhal escribe a su hermana Pauline: "La música me gustó como una expresión del amor. Creo que ninguna de las mujeres que he poseído me ha dado un momento tan dulce y tan poco comprado como el que debo a la frase musical que acabo de oír. Este placer ha llegado sin que yo lo esperara en modo alguno: me ha llenado enteramente el alma". Cimarosa murió, Coincidencialmente, el mismo año en que tuvo lugar el encuentro de los dos impenitentes catadores de lo ignoto sensible a costa del cuerpo femenino.

Y, sin embargo, aún hay lugar para una última afinidad. Todo el clima que ventilan las obras de los dos escritores, todo ese despliegue de fuerzas, ese complejo diorama de estrategia y táctica sexual -no en vano ambos fueron oficiales y por ende dados a juegos de distracción, entre ellos los semánticos- aparece consignado de forma explícita en los 23 artículos del perturbador texto Los privilegios del 10 de abril de 1840, en los que Stendhal nos ofrece desde una apología de la méntula hasta la recomendación de fórmulas para seducir y amar eficazmente y sin prisa. ¿Cómo ignorar aquí el sentido pedagógico de Choderlos, que escribe un manual sobre La educación de las mujeres a las que previamente ha corrompido con su novela? Son los milagros del amor-pasión llevados al terreno de la práctica, es decir, una exquisita forma de soslayar la literatura y tentar al destino gracias al amable concurso de la piel del prójimo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de septiembre de 1984

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