La aventura del 'Santa Teresa de Jesús'

Patrón y marineros recuerdan todos los pasos de la increíble pesadilla, que ya dura más de una semana

ENVIADO ESPECIALComo cada domingo a mediodía, desde 1968, en que fue botado en los astilleros Benlliure, de Calpe, el Santa Teresa de Jesús tiraba las redes para echar el último lance antes de completar la marea, y regresar al puerto, de Arrecife, unas ocho o diez horas de navegación, dependía de los vientos. A fuerza de costumbre, se había impuesto en el barco un ritmo de trabajo, una especie de convenio colectivo interno: seis mareas seguidas de una semana cada una, con un intervalo de horas para descargar el pescado y repostar gasóleo, los lunes, en la capital de Lanzarote, y una séptima, de 15 días, que culminaba en el puerto de Málaga, donde se vendía la pesca. Y a continuación, diez días de permiso, que los tripulantes, por lo general, solían pasar en Campello (Alicante), de donde son oriundos y donde está matriculado el pesquero.

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Campello, con los tripulantes

En esta ocasión se había alterado levemente el ritmo de la marea y las vacaciones, tras haber pasado el barco el mes de julio en el varadero, y se había hecho coincidir estas últimas con las fiestas de Campello -Santa Teresa de Jesús, el 15 de octubre, de ahí el nombre del barco-, y ese domingo, 2 de septiembre, todo se desarrollaba con normalidad, ¡excepto dos cosas: las dos bodegas del barco cargaban menos pescado del habitual y el arrastrero estaba faenando sin licencia.

Una situación difícil

Juan Bautista Sanz, 39 años, casado, dos hijas, patrón e hijo del propietario de la embarcación, tenía un trimestre en blanco en lo que respectaba a la licencia. Por distintas razones, cuando había acudido a abonar el canon de la licencia correspondiente al tercer trimestre del año (800.000 pesetas), se encontró con que se había quedado fuera de plazo. O paraba el barco durante 90 días o salía a faenar ilegalmente. Y decidió arriesgarse. Los aproximadamente tres millones de pesetas mensuales de pescado capturado como media en los últimos tiempos no debieron de dejarle beneficios amplios, descontados los gastos de gasóleo, sueldos, seguridad social, cánones, etcétera, porque Sanz echó números y optó por salir. La crisis también había llegado a la empresa que fundó su padre, Bautista Sanz, que como él había empezado de aprendiz en el año 1920 y había llegado a tener tres barcos, el Paquita de los Ángeles, el Bautista y Vicenta y el Santa Teresa de Jesús. Y en la actualidad, con el padre retirado, Juan, único varón, no había logrado hacer crecer la flota. Todo lo contrario, hubo de jubilar al primero, por viejo, y vender el segundo.Sobre la una de la tarde del domingo, el patrón, que estaba sentado en el cuarto de derrota, trabajando y oyendo música en una radiocasete Pioneer, observó que de todos los puntitos negros del radar -tantos como barcos estaban en la zona- había uno que se acercaba sospechosamente. Salió al puente, donde también estaba el oficial primero de máquinas, Vicente Terol, y la escasísirna visibilidad en la mar, a causa de la fuerte calima, les impidió descubrir, hasta que estuvo a menos de una milla, que el punto que crecía de tamaño en el radar era en realidad un buque de transporte militar marroquí.

A unos 100 metros de distancia, ya con los barcos detenidos, el barco alauí lanzó una lancha Zodiac al agua, y dos oficiales y seis soldados subieron rápidamente a bordo del pequeño, pesquero de 135 toneladas de registró bruto y 22 metros de eslora. Para el propio patrón; para Pedro Llopis, segundo de popa, el más antiguo de la tripulación a pesar de sus, 26 años, y para Antonio Cuenca, mecánico, la situación no era nueva: cuatro años y dos meses antes, otra patrullera marroquí les había conducido, a bordo del Santa Teresa, a Tarfaya. Sólo que en aquella ocasión, después de que pudieran probar la legalidad de los docurnentos, fueron puestos en libertad sin cargos y "tratados como caballeros".

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Por eso al patrón no le asombró que los militares -armas en prevención- tomasen posiciones en el puente, bajo el rancho donde están colocadas las literas de la marinería y en la pequeña sala de máquinas, junto a la sentina. Y mucho menos aún que, como primera medida, los militares les exigiesen pescado. Veinticinco años en estos mares le daban a Juan Bautista Sanz la experiencia suficiente para saber que, a veces, muchos apresamientos se resolvían con unas cajas de pescado. Él mismo se había librado en una.ocasión así, y conocía al menos a diez patrones en estas circunstancias. Y así, a las cajas de pescadillas y lenguados y unas piezas de bogavantes, que habían escogido los militares, añadió una de pargos. Y parecía que todo iba bien. Les dijeron que no se moviesen mientras la Zodiac regresaba al buque, para minutos después regresar al Santa Teresa, esta vez con el cocineró marroquí. Sin mediar palabra, los militares abrieron la bodega de proa y esta vez reqjuisaron una caja de langosts y bogavantes, valorada en unas 50.000 pesetas, y otra de salmonetes. En total, según Vicente Terol, más de 100.000 pesetas en pescado, que resultaron insuficientes, porque al patrón, después de varias idas y venidas en la Zodiac y de examinarle minuciosamente toda la documentación, le ordenaron elegir entre Agadir y Dachkla, antigua Villa Cisneros española -eligió,el primer puerto-, y además le asignaron a bordo al teniente Rhanemi Abdallahk, de 28 años, y al soldado Lahbili Abdekrin.

Juan Bautista Sanz le hizo saber al comandante del barco marroquí que iba escaso de gasóleo, pero la orden fue terminante. Los dos militares tomaron posiciones en el puente de mando. El diario del capitán no tiene registrado nada anormal en esas horas de navegación, excepto que el teniente, a poco de iniciarse la travesía, se mareó reiteradamente e hizo todo el viaje acostado y dormido en su camarote, rechazando incluso la comida que le fue ofrecida. únicamente consumió una aspirina. El soldado comió en cambio copiosamente, a consecuencia de lo cual hubo de acostarse igualmente en las literas de la marinería. No es cierto que se emborrachasen, coinciden casualmente todos,los tripulantes, pero no es menos cierto que ni Abdallahk ni Abdekrin estaban en condiciones de tenerse en pie, y que llegaron a Arrecife profundamente dormidos.

Sobre la medianoche, el maquinista advirtió al patrón de que corrían el riesgo de quedarse sin combustible si seguían hasta Agadir, y Sanz celebró una pequeña reunión en el puente, más estrecho que la cabina de un pequeño camión, y se tomó la decisión de desviaf se a Arrecife. "Es cierto que aproveché que estaban durmiendo los marroquíes. Pero también es verdad que obramos de buena fe, y la prueba es que pudimos haberles arrebatado las. armas e incluso haberles arrojado por la borda si hubiésemos querido",, comenta el patrón y secundan los que asistieron a la reunión: Terol, Cuenca y Llopis; bien es cierto que, de haberlo querido, tuvieron suficiente tiempo para aunar la versión.

Pese a todo, Juan Bautista Sanz tuvo miedo, y a través de la radiofonía del barco despertó, a las 0.30 horas del lunes, a la persona en quien tenía depositada mayor confianza en Lanzarote, Antonio Hernández, propietario de la empresa que le comercializa el pescado. Hernández esperó nervioso el atraque del pesquero en el muelle de Los Mármoles, en el puerto de Naos, y ambos, a las 2.45 horas, despertaban a Matías García Elías, el consignatario del buque. El asunto se había procurado mantener en secreto. García Elías procuró aligerar los trámites con la ayudantía de Marina. Pero el patrón quiso curarse en salud y, antes de repostar, optó por llamar al jefe en funciones de dicha ayudantía para que, en su presencia y en la del oficial marroquí, se sondase el tanque de combustible: la regla metálica indicó 1.400 litros. Hubieran hecho falta al menos, para llegar a Agadir, 2.200 litros. El barco se hubiera quedado a la deriva con toda probabilidad. El oficial español, aunque autorizó que se llenasen los tanques, no dudó en despertar al almirante jefe de la Comandancia de Marina, en la playa de las Canteras, de Las Palmas, para darle la novedad del pequeño pesquero que traía a bordo a dos militares marroquíes armados con fusiles. El almirante Víctor Andrada, que se incorporaba ese lunes al trabajo, después de las vacaciones, debió de creer que soñaba. Pero ordenó que se parase el barco en Arrecife hasta nueva orden. Un sargento y dos marineros salieron hacia el muelle. Rayaba ya el sol encima del horizonte cuando el Santa Teresa de Jesús estaba calentando motores. Se le ordenó esperar hasta nuevo aviso. Y el jeep retornó a Arrecife.

Buscar un chófer

Una coincidencia -"ahora ya no sé si fue buena o mala suerte", comentó el patrón- impidió que el barco arriase cabos y se hiciese a la mar antes de la llegada de la patrulla de la Marina. Al chófer titular de la empresa Disa, que reposta a numerosos barcos de Arrecife, y entre ellos al Santa Teresa de Jesús, le habían retirado el carné de conducir el viernes anterior, después de un juicio, por un accidente que había tenido meses antes. A pesar de la premura, se tardó más de medía hora en conseguir un nuevo chófer para el camión cisterna.Lo siguiente que recuerda la tripulación una hora después, sobre las nueve y media, fue un alarido de sirenas y varios vehículos de la comandancia y de la Guardia Civil. "Montaron una película de las de Chicago", recuerda Pedro Llopis. Los dos militares marroquíes, con sus armas, se entregaron sin ofrecer resistencia, y fueron conducidos primero a la comandancia y más tarde a la residencia de oficiales del cuartel de Infantería de Lanzarote, donde tuvieron completa libertad de movimientos. A Juan Bautista Sanz le dijeron que permaneciese anclado hasta nueva orden. Por la tarde del mismo lunes se le autorizó a descargar el pescado, 2.500 kilos, unas 500.000 pesetas largas. En el pequeño muelle pesquero de Arrecife, poblado de miles de gaviotas que acechan los camiones de sardinas, destinadas a pienso, el Santa Teresa de Jesús era la estrella del día y de los que siguieron, a pesar de la huelga de pescadores locales.

La película de Chicago, como la definió Llopís, había trascendido de tal forma y había provocado tales reacciones, que el jefe de la ayudantía de Lanzarote se encontró el martes por la noche, cuando el Gobierno decidió autorizar la salida del barco con los marroquíes a bordo, con que uno a uno de los nueve tripulantes del barco, que 36 horas antes estaban dispuestos a navegar, se negaron a dirigirse a Agadir.

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