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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

Olimpismo, esa contradicción necesaria

La ausencia de la URSS y de buena parte de los países que corresponden a su aérea de influencia en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, que comienzan el próximo fin de semana, no pude considerarse, en opinión del autor, un caso insólito en la historia del olimpismo. De muchas maneras, el espíritu de los Juegos ha sido conculcado prácticamente desde sus inicios hace un siglo. La programática de la Carta fundacional es persistentemente violada, no ya desde el conocido caso del falso amateurismo, sino en cuestiones de mayor alcance, como son el hecho de las discriminaciones raciales o el espíritu de competición entre naciones. La presión política y económica, que está presente de forma visible en esta magna reunión deportiva, domina y decide rotundamente la preparación y la naturaleza del deporte de competición, donde se incardinan los Juegos Olímpicos. Cuál ha sido la accidentada historia de estas competiciones y de qué modo se han ido transgrediendo, uno tras otro, los idealismos de su moderno impulsor, el barón Pierre de Coubertin, constituyen en buena parte el contenido de este trabajo.

Los contrasentidos y paradojas en el olimpismo moderno han sido la nota dominante en toda su historia. Los problemas actuales no son nuevos. La decisión soviética de no acudir a los Juegos Olímpicos de Los Angeles, como contestación a la ausencia norteamericana hace cuatro años, en Moscú, aunque haya quedado aderezada con todos los argumentos de la falta de seguridad, simplemente ha sido una consecuencia de la tormentosa herencia olímpica desde sus inicios y del inexorable tributo a pagar en el tenso mundo político actual. El ideario recuperado de la Grecia antigua por Pierre de Fredi, barón de Coubertin, a finales de siglo, no ha podido pasar de la utopía más que en escasas ocasiones. Rara ha sido la edición de los Juegos que ha transcurrido sin sobresaltos.Desde la política, en su sentido más profesional, hasta el dinero, en todas sus proyecciones, la mayoría de los ingredientes olímpicos han ido rompiendo continuamente el teórico espíritu coubertiniano. No han podido, sin embargo, ni podrán, seguramente, acabar con él de forma definitiva. El olimpismo es un bien ético además de un espectáculo de ocio enormemente rentable, que no interesa perder. Su problema es que en cuanto intenta sobrepasar su poder -espiritual en cierto modo-, está abocado al fracaso. La alta política y los intereses de las grandes potencias acaban imponiéndose.

El que dentro de unos días -cuando se inauguren en Los Ángeles los Juegos de la 23ª Olimpiada- falte una serie de países no será un hecho insólito, aunque devalúa decisivamente la competición. Históricamente, los problemas políticos se han sucedido para afectar en mayor o menor grado al olimpismo. En los últimos tiempos han llegado los boicoteos, pero en 1916, 1940 y 1944, como máximos ejemplos, hubo dos guerras mundiales para suspender los Juegos. Y, en medio, multitud de agresiones al ideario coubertiniano.

Los Juegos Olímpicos de la era moderna nacieron como un intento del barón francés Pierre de Coubertin de conseguir a través del deporte una confraternización de la juventud del mundo. La pureza del espíritu olímpico debía presidir todo el proyecto, pero los obstáculos y paradojas no pudieron salvarse nunca. En este sentido, el Comité Olímpico Internacional (COI), máximo organismo encargado de velar por el olimpismo, se convirtió en el depositario de una serie de ideas maravillosas, pero difícilmente reales.

Las dificultades del COI, por otra parte, no son raras. El ejemplo de las Naciones Unidas, organismo a quien se parece, reducido su ámbito al mundo del deporte, no le es ajeno. Sin que en el movimiento olímpico haya derecho de veto institucionalizado, en la práctica es como si así fuera. La discrecionalidad en la participación olímpica pasa siempre incluso por encima de los deportistas, de su esfuerzo en la preparación o de sus intereses. Quizá sea esta la primera y no tan popular contradicción, pero sí la más profunda y grave, porque afecta a los grandes protagonistas, tratados como simples títeres, mercancía de lujo en la exposición cuatrienal, y siempre y cuando convenga a los planes de su país.

Los Juegos Olímpicos fueron pensados -así figura en la Carta Olímpica- como una competición individual: "Los Juegos Olímpicos son competiciones entre individuos y no entre países", dice su noveno principio fundamental. Pero de ello no existe realmente nada: aunque el atleta gane personalmente, quien en verdad capitaliza el posible éxito es su nación. Coubertin no quería ya en un principio admitir deportes de equipo en el programa de los Juegos, precisamente para evitar los nacionalismos exacerbados, aparte de lo discutible que es la categoría olímpica de bastantes modalidades. Su admiración por el helenismo se tradujo no sólo en ello, sino en su oposición a que participasen las mujeres. Sin embargo, en Amberes, 1920, el esgrimista francés Victor Boin prestó el primer juramento olímpico de los atletas y añadió: "Por el honor de nuestro país".

El escaparate olímpico ha supuesto de hecho el lanzamiento publicitario de muchos países que de otra forma serían ignorados en el concierto internacional. El caso de Liechtenstein, por ejemplo, gracias a sus esquiadores, o de ciertos países africanos, en virtud de sus atletas, son ejemplos significativos. Por otro lado, las múltiples medallas conseguidas por la República Democrática Alemana, un país diez veces menor que los gigantes URSS o Estados Unidos, no han sido, para la conciencia general, las medallas de Kornelia Ender, por recordar sólo la más conocida, sino de "sus nadadoras", "sus remeros" o "sus atletas". Pocos nombres de nadadoras alemanas han quedado en la memoria de los aficionados. Han sido y continúan siendo "números", programados científicamente desde su infancia, según los parámetros biomecánicos adecuados para practicar cada especialidad. Al final, tras el habitual y, la mayoría de las veces, fugaz asombro por cada triunfo, lo que queda, como un bombardeo continuo de anuncios televisivos es el izado de la bandera (ahora ya sólo sería la olímpica), el himno y el rótulo DDR.

Discriminaciones

Curiosamente, el éxito femenino de la RDA en los últimos años (la participación olímpica de las dos Alemanias separadas sólo se produjo a partir de los Juegos de México, en 1968) ha sido posible merced a una batalla ganada por las mujeres sólo 40 años antes, en 1928. Los Juegos Olímpicos modernos, sin llegar al extremo griego de no permitirles siquiera asistir a las pruebas, prohibió su presencia en una contradicción más del abierto espíritu olímpico. Según palabras del propio Coubertin en sus memorias, "su papel debería ser, sobre todo, coronar a los vencedores". Hombres, naturalmente.

La Carta Olímpica, actualmente, recoge en sus reglas de admisión de participantes en los Juegos una especial para autorizar a concurrir a las mujeres "conforme a los reglamentos de las federaciones internacionales interesadas, después del visto bueno del COI". Y eso que, desde su origen, la Carta señalaba que no se podía admitir ninguna discriminación contra "un país o persona por razones raciales, religiosas o políticas". No se refería a las discriminaciones sexuales, y hasta que no se implantó el control de sexo obligatorio, ya se ha comprobado que varios campeones o ganadores de medallas olímpicas femeninas no eran mujeres. Por ejemplo, las atletas velocistas polacas Stella Walasiewicz (WaIsh, al nacionalizarse norteamericana) y Eva Klobukowska, o la esquiadora austriaca Erika Heinegger, ya públicamente Erik.

Respecto a la discriminación racial, África del Sur está excluida del movimiento olímpico precisamente por su régimen de apartheid. Pero en otra de las contradicciones flagrantes del olimpismo, sus relaciones con otros países, que sí pertenecen al Comité Olímpico Internacional, a través del rugby, han provocado graves problemas. Efectivamente, el deporte del balón ovalado, con planteamientos británicos aristocráticos parecidos a los iniciales del olimpismo moderno, ha obviado sistemáticamente todo contacto, no sólo con el COI, sino incluso con las restantes federaciones internacionales. Y siendo el último reducto del atleta amateur fue quien primero estuvo a punto de colapsar totalmente el olimpismo con el mayor boicoteo de los producidos en la historia olímpica. Días antes de comenzar los Juegos de Montreal, en 1976, los países africanos exigieron la expulsión de Nueva Zelanda; porque su equipo nacional de rugby, los famosos All Blacks, efectuaban en aquel momento una gira por Suráfrica. Al no atenderse su petición (como la de Taiwan a participar con el nombre de China, aunque China Popular aún estaba fuera del olimpismo, y que también se retiró), sólo se quedaron en la ciudad canadiense Senegal y Costa de Marfil.

Las tensiones por las relaciones con el rugby han continuado. Ante los macroboicoteos de Moscú-80 y Los Ángeles-84, las giras habituales de este deporte, de Inglaterra, fundamentalmente, han provocado ya para esta edición la ausencia de Alto Volta, aunque sea testimonial, y la más directa a los próximos Juegos de la Commonwealth, en Edimburgo, como represalia contra el Reino Unido. En cualquier caso, es otra espita siempre abierta para gasear las citas olímpicas a falta de la correspondiente invasión de Afiganistán. La URSS no ha necesitado echar mano ahora de Granada, y ha visto más deportivo, acorde con las reglas del olimpismo, aducir violaciones de la Carta Olímpica. La Carta Olímpica, que se viola sistemáticamente, incluso desde dentro.

En los Juegos de 1904, en San Luis, también sede de la Feria Internacional, el comité organizador celebró unas competiciones paralelas para atletas de otras razas, no merecedores de la categoría olímpica, al parecer. Ninguno era blanco, naturalmente. El Ku Klux Klan, que ahora amenaza a los participantes de países asiáticos y africanos, diciendo, que los Juegos Olímpicos son para humanos, no para simios, tal vez lo promovió. El rimbombante Anthropological day, acogió a negros, indios, chinos, sioux, patagones, cocopas, sirios, turcos y tagalos. En la Prensa de la época, el asombro, junto al dominio absoluto norteamericano en los Juegos normales, vino por detalles como los tres metros conseguidos en lanzamiento de peso por un pigmeo.

El utópico 'amateurismo'

Aparte de la impotencia frente a los grandes bloques, quizá sea el problema del amateurismo la gran batalla olímpica y su más profunda contradicción. Coubertin fue el primero que supo desde el principio que el amateur puro era un imposible, pero empezó con amateurs, porque no tuvo

otro remedio. Así se diferenciaba del profesionalismo practicado entonces por boxeadores y remeros británicos en el Támesis, donde se celebraban fuertes apuestas. El olimpismo, pues, se inició sólo con estudiantes y burgueses aristócratas ricos. Sin ir más lejos, los que se podían pagar el viaje hasta el lugar de competición, como algunos norteamericanos a Atenas en 1896, en un hueco de sus vacaciones por la Vieja Europa. El bajo nivel de las marcas, por todo ello, estuvo justificado. Pero la elección no iba a mantenerse muchos años y, en cualquier caso, la contradicción de una participación abierta empezaba a coartarse.

Precedente 'desde fuera'

Se ha hecho referencia a la arrogancia de Estados Unidos, pero la Unión Soviética, tras su revolución comunista, y precisamente en oposición a la burguesía capitalista que imperaba en el olimpismo, planteó una auténtica batalla en el campo deportivo, hasta su incorporación en Heisinki-52. Su ausencia actual, pues, tuvo su precedente desde fuera. En 1928, llegó a organizar unas Espartakiadas, coincidiendo con los Juegos de Amsterdam. Entonces sí fueron unos auténticos Juegos paralelos, muy diferentes a los que ahora se pretende celebrar al margen de la cita de Los Ángeles, al estar programadas solamente reuniones por deportes. En 1928, 5.000 participantes soviéticos y 600 extranjeros de 12 países, con discreto nivel, compitieron para herir a los capitalistas olímpicos. Cuatro años más tarde, curiosamente, cuando iban a repetirse en Berlín y se celebraban los primeros Juegos en Los Ángeles, el COI consiguió suspenderlos.

En los principios del olimpismo moderno, el tema de qué atleta podía ser elegido como olímpico, tan polémico desde siempre, era el más importante para el COI, hasta el punto de dedicarle siete apartados, y era realmente un alarde de dureza clasista: "El que no sea obrero, artesano o jornalero" no podía participar. Harold Abrahams, protagonista de Carros de fuego, fue ya criticado en 1924, por tener entrenador personal, ya que eso olía a profesionalismo. Casos como los de Dorando Pietri, Jim Thorpe, Paavo Nurmi o Jules Ladoumegue fueron descalificaciones famosas por tener ligeras compensaciones en su deporte y en el que no era el suyo.

El proceso histórico oficial del amateur olímpico, cada vez más marrón, ha ido evolucionando con la polémica regla 26 de la Carta Olímpica, hasta equipararse prácticamente con los boxeadores y remeros del Támesis del siglo XIX. Ahora son los modernos esclavos de escaparate para las multinacionales. Al margen, claro, con otra falacia consentida, quedan los profesionales militares del Este.

Primero se permitió a los atletas percibir una ayuda o compensación de su federación o Comité Olímpico Nacional. Ahora, tras el Congreso Olímpico de Baden-Baden, en 1981, y la sesión del COI en Nueva Delhi en 1983, ya pueden cobrar por sus actuaciones o por publicidad, pero con el subterfugio de hacerlo a través de sus organismos jerárquicos, "que les guardarán el dinero hasta después de su retirada". Esquiadores como Ingernmar Stenmark y Hanni Werizel, que pidieron la llamada licencia B, para cobrar directamente, sólo han sido víctimas, al no poder ya participar en los Juegos (aunque sí en copas del mundo y campeonatos mundiales), un tanto absurdas en el maremágnum general. Los atletas de las millas urbanas, auténticos feriantes modernos del músculo, Carl Lewis, los baloncestistas, los futbolistas (profesionales aunque no hayan jugado partidos en un mundial) y pronto los tenistas no tienen nada de amateurs.

Lo importante es ganar

La última gran contradicción del olimpismo es su propia impotencia para congeniar el gigantismo imparable del gran espectáculo, pese a los boicoteos, con la participación abierta, que sólo fue una teoría incluso en sus comienzos. Lo importante, según los atletas y los países, es ganar. Lo de participar, que Coubertin sólo se limitó a recoger, pero no a inventar, es otra utopía en medio de la más absoluta comercialización.

Pagar 3.000 dólares (unas 480.000 pesetas) por hacer un relevo de la antorcha, aunque la mayor parte de lo recaudado sea para una asociación de niños minusválidos, es sólo la guinda de unos Juegos que rizarán el rizo este año contra la instrucción II de la Carta Olímpica, cuyo título reza: "Los Juegos Olímpicos son no lucrativos". Pero la elite, atletas y directivos-empresarios, es la que manda en el gran montaje. Y por ello la lucha contra el doping es una batalla casi perdida, porque la detección casi siempre va detrás de los medios de laboratorio puestos al servicio de quienes deben ganar a todo precio, y no ya el precio psicológico de convertirse en auténticas máquinas humanas desde niños, sino incluso al coste de su misma salud.

Lejos, muy lejos, de todo esto quedan los abrazos de atletas de distintas razas, religiones e ideologías en las ocasiones en que pudieron superar todos los inconvenientes. Lejos queda la boda del lanzador de martillo norteamericano Harold Conolly y la lanzadora de disco checoslovaca Olga Fikotova, ambos medallas de oro en sus pruebas, a raíz de los Juegos de Melbourne.

Sedes menos conflictivas

Y lejos queda que la solución a los boicoteos sea la sede permanente en Grecia. Ello supondría quitarle un aliciente de promoción y de movilidad al olimpismo, que podría acabar con su actual interés. Grecia, además, no es precisamente un país con garantías de no tener problemas políticos internos, o externos. La cuestión sólo estriba en elegir sedes lo menos conflictivas posibles y no ir más allá de sus propias fuerzas, olvidando planteamientos triunfalistas, como es el de conceder la organización a las grandes potencias (aunque fuese Los Ángeles única candidata en su momento) o a países con problemas vigentes, como sucederá con Seúl-88.

Ahora mismo hay empate en boicoteos, pero nadie puede garantizar ya, tal como han ido la historia olímpica y el mundo político, que a cualquiera no se le ocurra desempatar. Porque lejos, muy lejos, queda que el COI consiga algún día el estatuto jurídico ideal y de la ONU deportiva (al final ha declinado pedir su protección, pues podría ser aún más contraproducente) se convierta en la Cruz Roja salvadora. Sólo sufriría entonces, de cuando en cuando, alguna bala perdida, pero no de lleno el misil en cada oportunidad que se presente.

* Denominación correcta y equivalente a Juegos Olímpicos, pero no a olimpiada, palabra griega que sólo significa cuatro años, período de tiempo entre cada edición de los Juegos, por lo que su mal uso, en gran parte por ser más corta, es lamentable, e incorrectamente, ya habitual. El diccionario de la Real Academia Española, en su nueva edición, también se contradice al aceptar la misma acepción para el tiempo entre cada competición y la competición misma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de julio de 1984

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