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Tribuna:

El esfuerzo bélico-heroico

A finales de la Edad Media -Burckhardt fue uno de los primeros en observarlo- prodújose en Europa un peculiar estado de tristeza, que puede matizarse llamándole melancólico, ante la aparente destrucción del heroísmo caballeresco. La aparición de las nuevas armas mecánicas, que actuaban a distancia, dejaba en nada el esfuerzo bélico de los caballeros. Es un caso más del temor que cíclicamente surge respecto de las innovaciones técnicas, cuyos resultados se suelen prejuzgar, por lo común, dañosos.En España, un erudito de mucha curiosidad intelectual, al que gustaba adentrarse en los temas más modernos, el doctor Palacios Rubios, escribió un curioso Tratado del esfuerzo bélico-heroico en el que se lamenta de las limitaciones que a tal esfuerzo ponían las máquinas de matar, movidas a distancia por una u otra fuerza, particularmente la de la pólvora. Palacios Rubios puso en su tratado un peculiar empeño de ascenso de clase, pues, siendo hombre de condición modesta, se excedió, como suele ocurrir, en la defensa de los atributos ideológicos y simbólicos del estrato social en el que se esforzaba por instalarse. No sólo rechazaba el empleo de la pólvora, sino también el de la ballesta, instrumentos que, como él mismo dice, eran ya de uso común. Permítame el lector que transcriba sus propias palabras: "Esto que de las armas decimos (que fuesen las mismas) se entiende cuanto estaba entre ellos (los combatientes) acordado que llevasen armas iguales: que si tal concordia no hubiese, cada uno podría llevar las que quisiese, con tal de que no fuesen aquellas que llaman máquinas o asechanzas, como son las ballestas y tiros de pólvora, con que se matan los hombres por asechanzas que no ven ni pueden remediar. El diablo inventó tan mala cosa, que no se puede conocer la virtud y esfuerzo de los caballeros en las batallas, porque lo más de la pelea se hace con ellas". El tratado del doctor es fundamentalmente una justificación teórica muy extensa, erudita y bien argumentada en contra de las conductas e ideales que se describían en los libros de caballerías. Así como La Celestina fue, en cierto sentido, el primero y fundamental libro anticaballeresco, el doctor Palacios Rubios, en el momento en que estaban llegando a su auge tales obras en España, escribió de ellos la mejor y más amplia, a la vez que profunda, crítica ideológica.

El proceso de la historia, en contra de las previsiones de Palacios Rubios y algunos que como él opinaban, produjo una nueva y gloriosa reaparición del esfuerzo bélico-heroico, en relación con las armas de fuego. Los caballeros cumplían con lo que este esfuerzo reclamaba, exponiéndose a las descargas de los arcabuces y a los tiros de cañón.

Sin embargo, en el Discurso sobre las armas y las letras, Miguel de Cervantes hace, un siglo después, que Don Quijote perore con entusiasmo y elegancia contra las nuevas armas de fuego, pero ya en tono irónico, aunque no sé a punto fijo si la intención de Cervantes era exclusivamente irónica o había también alguna añoranza de los viejos tiempos en los que el esfuerzo personal del caballero no se mezclaba con las nuevas técnicas que distanciaban la acción del resultado, con menoscabo de la hazaña personal y del sentido espectacular que la acompañaba.

Tengamos presentes las palabras de Don Quijote, que recuerdan muy de cerca otras del Orlando furioso: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de apuestos endemoniados instrumentos de artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero".

Pero desde que la experiencia demostró que el valor personal, el esfuerzo, el ánimo bélico y, en general, lo que constituye el contenido del heroísmo en el combate permanecía con sus propios valores pese a las innovaciones, apenas ha habido nuevas previsiones pesimistas respecto de la desaparición de lo que con tanto esmero analizó el doctor Palacios Rubios. Es ahora, siglos después de la queja de Don Quijote, cuando álzase otra vez el mismo problema. ¿Con los modernos medios destructores tiene sentido el esfuerzo bélico-heroico? Si éste ha sobrevivido al tanque, al avión y al submarino, ¿sobrevivirá a las armas nucleares? Una respuesta a esta pregunta -a mi juicio, muy elaborada y deliberadamente dirigida en favor de la permanencia del esfuerzo bélico-heroico- se apreció claramente después de la segunda guerra mundial, pues son infinitas las películas y bastantes novelas en las que se presenta al combatiente que maneja armas en extremo sofisticadas como protagonista indiscutible del esfuerzo bélico-heroico tal y como Palacios Rubios le describió. Sin embargo, cuando, según parece, uno o dos proyectiles impulsados desde muy lejos, accionando un mecanismo también lejano, pueden destruir ciudades como Barcelona o Madrid, ¿dónde queda el esfuerzo bélico-heroico? Quizá la conciencia penumbrosa de este hecho haga que la reacción común sea de distanciamiento y perplejidad respecto de instituciones y símbolos que reflejan el viejo ánimo que recogía una larga tradición, perfectamente enraizada en España, del caballero del valor ponderado y razonable que hacía de su esfuerzo un instrumento bélico en favor de la justicia y más que nada de su ensalzamiento y ejemplo, cobrando nueva actualidad y sentido las palabras del esforzado Don Quijote.

No es tarea fácil describir hoy, ante los instrumentos de máxima destrucción que nos amenazan, un nuevo tratado en el que tenga pleno sentido la expresión esfuerzo bélico-heroico. Parece, al contrario, que entramos en un nuevo período en el que el esfuerzo se esfuma en cuanto acción personal extraordinaria en un combate en el que cuenta sobre todo la propia decisión, el denuedo y la energía, de tal modo que lo realmente apropiado sería escribir un tratado acerca del, sin duda, mejor testimonio actual de la personal valía y del personal valor; esto es, del esfuerzo cívico-heroico, reemplazador admirable del declinante esfuerzo bélico-heroico.

Esta última idea, la supremacía del esfuerzo cívico-heroico, se impone hoy de acuerdo con las nuevas nociones que acompañan a la previsión de la guerra tecnológica generalizada. Un militar español lo ha dicho con singular acierto, repitiendo el viejo estado de conciencia: "Porque nuestra función social fundamental no es asombrar a nadie con heroísmos. El heroísmo no es el fin de los ejércitos, sino medio necesario para algo más importante: la defensa del propio pueblo" (*).

El esfuerzo bélico-heroico se transforma en esfuerzo cívico-heroico.

* Excelentísimo señor teniente general Juan Cano Hevia, Discurso inaugural del año académico de la Escuela General del Ejército. Madrid, 8 de febrero de 1984.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de junio de 1984