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Editorial:

La deuda externa de América Latina

DE LAS continuas reuniones que en los últimos tiempos están celebrando los países latinoamericanos para llegar a soluciones sobre la gigantesca deuda externa de la región -y especialmente de la última de ellas, la de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)- se extrae una filosofía conductora: la de que toda renegociación significa sacrificios para todas y cada una de las partes implicadas (países deudores, acreedores, banca internacional y organismos financieros), y no sólo para los endeudados. América Latina quiere hacer entender a los prestamistas oficiales y privados que la recuperación de al menos una parte significativa de los 330.000 millones de dólares (casi 50 billones de pesetas) que hay en juego es imposible sin concesiones multilaterales. El dicho popular "si te debo un dólar, tengo un problema; si te debo 1.000 dólares, el problema es tuyo" tiene su reflejo así en una realidad incuestionable: si la región latinoamericana entrase en un proceso de moratorias generalizables o de suspensiones de pagos en cadena, las repercusiones sobre el sistema financiero internacional serían incalculables.Esta realidad parece ser la que se ha impuesto en la fórmula de reestructuración de parte del servicio de la deuda argentina, que vencía irremediablemente el último día de marzo. Si Argentina no hubiese llegado a un acuerdo con Estados Unidos, Brasil, México, Venezuela y Colombia -países que apoyaron con la concesión de créditos puentes un arreglo entre el Estado soberano argentino y la banca internacional acreedora, principalmente norteamericana-, Raúl Alfonsín hubiera tenido que añadir a sus problemas internos el de ver incluido a su país en la lista de morosos, y las principales instituciones financieras americanas no habrían tenido más remedio que reducir sus beneficios contables, con lo que ello tiene de pérdida de confianza para sus impositores.

De haberse dado esta coyuntura, otros países latino americanos más pequeños y con menor poder de con vencimiento y de refinanciación hubieran seguido el camino argentino, con lo que el pánico financiero -que ya se produjo en 1982, cuando México suspendió pagos- se hubiese reproducido.

El acuerdo sobre la deuda argentina, con ser incipiente y apresurado, significa, sin embargo, el primer compromiso práctico de solidaridad latinoamericana ante la crisis exterior de endeudamiento. Así se ha visto en la asamblea de la CEPAL en Lima, que comenzó sus trabajos técnicos en un ambiente de pesimismo sobre lo que podría suceder en el futuro inmediato. Frente al he cho de que si la crisis económica mundial no es igual para todos, la deuda externa de América Latina difícilmente puede contemplarse como algo homogéneo, se han abierto las vías para que, dentro de esa heterogeneidad, se busque un marco global para negociar. Este mar co está definido por la demanda de mayores plazos de pago, reducción de tipos de interés reales y nuevos créditos para poder aplicar una política económica de crecimiento sostenido de los diferentes países.

Hay indicios de que en determinados centros financieros de los países industrializados esta realidad se está entendiendo. Dentro de la banca europea se abren posiciones de una cierta flexibilidad, -y se espera con mucho interés la reunión que la semana entrante celebra el Fondo Monetario Internacional, de la que, según algunos expertos, podrían surgir nuevos planteamientos para un ajuste menos rígido y recesivo y más propicio a políticas económicas graduales que faciliten una cierta reactivación.

La realidad económica de muchos países latinoamericanos -se calcula que, en el mejor de los casos, la renta de la región en 1990 será la misma que en 1980, esto es, que se habrán perdido 10 años- avala la necesidad de esta flexibilización en todos los actores. Resulta por ello inadmisible seguir hablando de ajustes económicos duros y de sacrificios unilaterales para los países endeudados, mientras los acreedores se resisten a sacrificarse parcialmente a corto plazo para recuperar sus préstamos a la larga y para evitar, sobre todo, una catástrofe financiera internacional. No sólo los países pobres deben aprender a apretarse el cinturón. La burbuja del endeudamiento del Tercer Mundo -en torno a 700.000 millones de dólares- sigue aumentando, aunque a menor ritmo que en años anteriores, pero el peligro de que alguien pinche la tensa y frágil epidermis de este globo descomunal persiste. Y la solidaridad internacional necesaria para evitar el riesgo de un desmoronamiento del sistema financiero mundial parece aún lejana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de abril de 1984