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Reportaje:

Un Miró mágico y luminoso bajo el cielo de Provenza

La Fundación Maeght de Saint Paul de Vence muestra sus cuantiosos fondos de obra mironiana en homenaje al artista

Barcelona
El sendero que va desde el pueblecito francés de Saint Paul de Vence, en la Costa Azul, hasta la cercana sede de la Fundación Marguerite et Aimé Maeght de Arte Contemporáneo está lleno de automóviles elegantes de las más variopintas matrículas, mientras una multitud de turistas motivados por el arte y ajenos a la crisis se apresta a recorrer la muestra antológica de obra de Joan Miró, la primera exposición importante que se celebra tras la muerte del artista catalán. Sin embargo, la magia de este lugar de Provenza abstrae al viajero de todas las aglomeraciones, y la huella de Miró, impresa para siempre en los mágicos jardines de la fundación, queda magnificada por el excepcional despliegue de genio en una exposición que es ante todo un homenaje a la figura humana de Miró y a su fidelidad hacia las personas y los paisajes que amaba.

Es domingo por la tarde en la sede de la Fundación Maeght de Saint Paul de Vence y el vecino pueblecito, erguido sobre un promontorio que se alza sobre un paisaje de prados, bosques de pinos y alcores y casitas provenzales, bulle de animación. La temporada baja y la crisis no detienen al turismo dorado de la Costa Azul, cuya fracción más exquisita ha tomado casi todos los alojamientos disponibles en torno a Saint Paul de Vence para disfrutar de la magia de Miró en primavera.La exposición inaugurada el 10 de marzo en la Fundación Marguerite et Aimé Maeght se prolongará hasta el 8 de mayo. En ella, 250 obras pictóricas, gráficas y escultóricas de Miró esperan al visitante en la primera exposición póstuma del artista. El sábado de la inauguración, la Fundación Maeght registró un llenazo estimable entre las 1.500 y las 2.000 personas, que hacía virtualmente imposible la contemplación serena de las obras.

Ahora es domingo por la tarde en Saint Paul de Vence y estamos en el jardín posterior del edificio, en el comienzo de un recinto llamado con justeza Labyrinthe Miró, constelado de esculturas, gárgolas, estanques y monolitos.

No es posible sustraerse a la tentación de adivinar qué pensaría Miró cuando recorría el kilómetro escaso que separa La Colombe d'Or de la Fundación Maeght. Es un Miró más libre y suelto el que deja percibir este paisaje amable, mucho más verde y ondulado que el campo de Tarragona o las proximidades de la bahía de Palma de Mallorca. Miró planeó hasta el último detalle, piedra a piedra y grieta a grieta, la configuración de este laberinto de 19 estatuas que complementa y realza el magnífico edificio creado por Josep Lluís Sert para la sede de la Fundación Maeght. "Miró amaba este lugar y todo lo que significa, y aquí realizó y legó algunas de las mejores obras de sus últimos años. Esta exposición es un tributo a su humanidad y fidelidad personales, además de a su genio como artista", comenta el director de la fundación, Jean Louis Prat, íntimo conocedor de la personalidad y la obra mironianas.

El Laberinto Miró

Para comenzar el recorrido por las salas de la Fundación Maeght, el visitante debe entrar primero en el edificio por un jardín delantero en el que se alzan, como prodigiosos árboles o inquietantes antenas, varias esculturas de Alexander Calder, Hans Arp, Zadkine, Eduardo Chillida y Joan Miró. Una vez dentro, un cartel indicador desvía hacía el jardín trasero, el Labyrinthe Miró, un espacio auténticamente excepcional en el que los campos y el cielo provenzales, así como la línea azul del horizonte interrumpida por la silueta del cabo de Antibes, no son más que elementos adicionales en la recreación de este lugar por el artista. Hay, por ejemplo, un inquietante pájaro / toro mironiano de blanca piedra pulimentada, -Oiseau solaire (1968)- que echa un ojo al poniente y parece dispuesto a levantar el vuelo usando sus cuartos delanteros como alas, masivo y etéreo a un tiempo.Hay timbién tres estanques con esculturas, verdaderos Mirós en cuatro dimensiones, en los que el agua y la luz son componentes plásticos tan cruciales como la piedra y las formas. El primero es una gárgola / máscara verdirroja de cuyos labios mana un chorro potente, que al caer distorsiona constantemente las aguas de un estan que cuyo fondo está hendido de líneas, puntos y estrellas. Al lado sin embargo, hay otro estanque que es la quietud misma, el silen cio misirio de un agua inmóvil, con un flando de pizarra negra y lisa sobre el que se alza un huevo de pie dra pulimentada con una línea una inancha y una estrella pinta dos encima. El tercer estanque está ligeramente hundido en relación con los otros dos y en el centro del agua -ni quieta ni arremolinada, un agua de síntesis- hay un enorme guijarro blanco y estriado sobre un pedestal irregular.

Hay aún otras fuentes entre estosjardines, y otras casi 150 esculturas de Joan Miró, algunas de ellas en su emplazamiento permanente y otras, de los fondos de la Fundación Maeght, temporalmente expuestas al aire libre. Rostros, grandes y pequeños personajes hechos con hormas de zapatos e irreconocibles engranajes de máquinas que nunca existieron, un reloj de viento hecho con una caja de cartón y una cuchara de palo, una especie de gran sello de cerámica que los visitantes miran con embeleso y que recuerda intensamente a ese mosaico del pla de l'ós barcelonés que miles de personas pisan cada día sin apenas prestarle atención. Es un verdadero universo del espacio y la luz el que definen las esculturas de Miró en este laberinto, que, como todos los laberintos que se precian, tiene más salidas que las que son evidentes.

Constelaciones silenciosas

Una vez en el interior de la Fundación Maeght, los visitantes afectos a Miró y dispuestos a dejarse arrebatar por su genio tienen a su alcance una excepcional gama de goces visuales. Esculturas de pequeño tamaño, telas y ejemplos de la riquísima colección de obra gráfica mironiana que posee la Fundación Maeght (1.500 obras en total) llenan las salas. Por ejemplo, los bronces, como la Jeune fille s'évadant, de 1968, con su cabeza de grifo y su secuencia de colores vios (rojo-amarillo-azul-rojo), o el hermético y vivaz Chant de la Prairie (1964), o el airoso Projet pour un monument pour la ville de Barcelone. O la maravillosa Constellation silencieuse, un universo de negrura y espacio en sí misma, punteada de brillos cambiantes y coronada por un huevo dorado que parece un espejo y un espejismo. Un detalle de seriedad y solvencia en la exposición es que, junto al título y año de relaización de todos los bronces, consta la fundición donde fueron realizados; algunos en la Fundición Parellada de Barcelona, otros en Susse, de Arcueuil (Francia) y algunos más en la Fonderie R. Scuderi, de Clamart (Francia).La exposición de Joan Miró en Saint Paul de Vence cobra una dimensión exraordinaria si, a su carácter de homenaje póstumo, se añade el hecho de que éste es el vigésimo aniversario de la inauguración de este centro de arte contemporáneo. Un bellísimo foulard de fondo negro diseñado por Miró para algunos afortunados de entre los invitados asistentes a la inauguración de 1964 se expone entre la obra gráfica. Así, también las numerosas maquetas en cerámica realizadas en colaboración con Llorens Artigas para L'Arc, la impresionante escultura parecida a un dolmen que sirve de puerta al laberinto (una puerta paradójica, por cierto, pues marca uno de los únicos lugares del jardín que no tiene salida).

La sala Joan Miró de la fundación alberga una selección cuidadísimamente elegida de la obra gráfica del artista. Todos los grabados, litografías, aguafuertes y aguatintas están titulados con las fechas de realización y edición y se detalla además el número de ejemplares que se hicieron de cada obra. Destaca por lo anecdótico de su génesis y por su belleza L'invité du dimanche (1969), un aguafuerte y aguatinta del que se editaron 75 ejemplares y que Miró realizó comofondo para una emisión televisiva francesa llamada L'invité du dimanche, a la que asistió como personaje Aimé Maeght.

Desde el etéreo y al mismo tiempo enérgico colorido del Vitral de 1979 que adorna la fachada oriental de la Fundación Maeght, hasta la poesía sutil de telas como Vol d'oÍseau á la première étincelle de l'aube (Vuelo de pájaro al primer fulgor del alba) de 1964, pasando por la sátira de Grand Personnage (1956) o la sencillez extrema de los platos y vasos creados con Llorens Artigas, la obra de Miró se expresa en una multiplicidad y vivacidad extraordinarias; sale de la relativa cotidianeidad producida por la contemplación frecuente que inspiran las obras de Miró que pueden verse en Cataluña.

En este marco, Miró nos muestra su perfil más mágico, ese perfil que Tristan Tzara trató de describir en 1948 con unas frases que pueden leerse ahora -junto a una ventana desde la que se divisa un mosaico de Braque- en una de las salas de la Fundación Maeght de Saint Paul de Vence: "Miró avanza sobre una cuerda raída, en la que cualquier torpeza le resultaría letal. Y, sin embargo, es la alegría de la tierra, sangre de nuestra carne, bañada por un sol unánime, la que se nos ofrece en su inocencia victoriosa".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de marzo de 1984