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Tribuna:

El pasado es nuestro

Muchos profesionales que luchamos contra la dictadura desde los años sesenta y fuimos después víctimas del naufragio de nuestro Titanic ideológico contra los icebergs políticos de la transición, recalamos hace ya tiempo en las acogedoras playas del pasado. En vez de buscar para reconfortarnos un lugar bajo el PSOE, optamos por refugiarnos en el exilio anterior de los recuerdos de aquellos tiempos en que el mundo no nos caía ancho ni ajeno y fuimos un poco protagonistas de la historia, aunque fuera como humildes costaleros.Argonautas cansados en busca del vellocino de oro por el mare nostrum del recuerdo; náufragos medusés a la deriva en nuestra balsa sin rosa de los vientos; remeros hacia atrás contra la corriente de los tiempos, cada vez que sentimos pena de nosotros mismos, o de lo que vemos, huimos mar adentro hacia nuestra isla pasadisiaca, donde reina la soledad, última patria, y brilla el sol de la añoranza. Porque de añoranza se trata, por supuesto, aunque sepamos que no fueron mejores aquellos tiempos, aunque sí más nuestros.

Pero ni ese desahogo inocente nos consienten los basureros de la historia, y a las doradas playas de nuestra isla nos llegan las inmundicias que arrojan por la borda los que van en el barco del presidente viento en popa. La señal de salida. de esta operación basura la dio el propio capitán de nuestro barco, antes de hundirlo, al denunciarnos como picos de oro y señoritingos ambiciosos. Luego, los tiburones devoradores de pasados se arrojaron sobre nosotros, aprovechando que habíamos sido dispersados, y fueron descuartizando nuestra imagen retrospectiva hasta dejarla en los huesos: después de todo, sólo fuimos niños bonitos que jugamos a la izquierda (que hiede) y nos pusimos el alzapuños en vez del alzacuellos. Eso, por un lado, porque por el otro siempre se nos llamó dinamiteros y agitadores a sueldo, que por cada día de cárcel o de huelga cobrábamos dietas y viáticos, y por cada paliza, unas vacaciones en el mar Negro.

Por el tobogán de la basura del tiempo también se ha lanzado la sospecha de que hacíamos política porque no servíamos para otra cosa, y que una cosa es zapar puentes y otra alzarlos. También se nos ha acusado de pactar contra natura con el franquismo desahuciado, e incluso de que el habernos metido a redentores sirvió para retrasar el cambio, pues el pueblo español no quería ni esto ni lo otro con que le amenazábamos.

Para colmar el vaso, los antiguos dirigentes del partido que nos unía con el proletariado hoy hacen el payaso ante un público que ríe sus desgracias, y las sonoras bofetadas que se dan en nuestras caras nos sacan los colores de pensar que estos señores nos mandaban.

Ante esta marea negra que nos llega hasta la isla en el pasado, uno está tentado de regresar al presente y entonar la palinodia con Horacio ("el hervor juvenil me inspiró aquellos / enardecidos yambos, / más hoy, hecha la cólera dulzura, / de tales invectivas me retracto..."). Y pedir no sólo olvido, sino perdón y cuenta nueva por ese borrón en el "curriculum" personal que significaron aquellos años y que todavía consta en los archivos policiacos.

Pero no; aunque sea en el último arrebato, uno tiene que salir en defensa de su pasado y decir bien alto que fuimos, sí, niños bonitos, además de buenos y baratos. Bonitos, pese a nuestro desaliño indumentario, porque íbamos por la vida con el rostro iluminado de los santos (inocentes en todo caso); buenos, en el buen sentido machadiano, porque elegimos ser Quijotes en lugar de Sanchos; baratos, porque nadie nos pagó nunca un centavo, sino que incluso pagábamos. Buenos, bonitos y baratos, porque en nosotros se daba una conjunción astral irrepetible de ética, estética y política, que nos hizo hacer lo que hicimos sin soñar con otros cargos que los que nos imputaban los fiscales de orden público, ni heder, salvo hacia el séptimo día de permanecer en los calabozos de la Brigada Social sin lavarnos.

Pero, bueno, no se trata aquí de pasar factura alguna por los servicios prestados cuando éramos rebeldes con causa, sino de defender nuestro pasado, el único porvenir a que aspiramos. Cordeleros nietzcheanos, que andamos hacia atrás de tanto tirar de los hilos del recuerdo; personajes wildeanos, que tropezamos con el bordillo del futuro de tanto mirar hacia el pretérito; prometeos involuntarios, condenados a vivir encadenados al pasado protegiendo sus entrañas de las águilas; estatuas de sal de la añoranza; robinsones, en fin, que a nadie mal hacemos, como no sea a nosotros mismos (pues pasó .nuestra primavera y, cuando ya la madura edad nos pide el fruto frayluisiano, comprobamos que el único fruto que con el sudor sembramos nos lo están pisoteando), sólo pedimos que nos dejen vivir en paz en nuestra isla los basureros. El futuro será suyo. Pero el pasado es nuestro.

Fernando Castelló es periodista. Fue militante del PCE y líder del Movimiento Democrático de Periodistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de enero de 1984