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Raymond Martínez, guardián de guillotinados

1.306 víctimas de la Revolución Francesa bajo el control de un oriundo de Valencia

Todas las tardes Raymond abre las puertas de uno de los lugares más secretos de París para servir de cicerone a los pocos curiosos que vienen a conocer el lugar donde reposa la mayor parte de las víctimas del terror revolucionario. A sus 73 años, este pied noir, de origen valenciano, explica, en un español impecablemente conservado, la tragedia de su exilio y el honor que siente al tener a su cargo a las mejores familias de Francia, la recompensa, según él, a 20 años de sufrimientos.

"Aquí se encuentra enterrada la verdadera Francia, la de los nobles, empezando por los de Noailles, que perdieron casi una docena de familiares en la guillotina", explica. Raymond no recuerda la visita del escritor franco-rumano E. M. Cioran, quien ha dejado en Confidencias una nota del lugar. "Cementerio de Picpus. Un muchacho y una señora ajada. El guardián explica que el cementerio está reservado a los descendientes de guillotinados. La señora interviene: '¡Nosotros lo somos!'. ¡Qué aires! Después de todo puede que diga la verdad. Pero ese tono provocativo me ha empujado en seguida de parte del verdugo".Al camposanto, efectivamente, siguen llegando cadáveres todavía, aunque de manera restringida. "El 17 de mayo pasado enterramos a la última persona fallecida, la marquesa de Fraguier, quien, como tantos otros, había pedido reposar junto a sus tatarabuelos". En las dos fosas comunes, al fondo, los ajusticiados en la cercana plaza de la Nación. En el resto de las cinco hectáreas, la tumba del general La Fayette, con una bandera estadounidense, que ondeó durante toda la ocupación nazi, y la de la fundadora de las religiosas de los Sagrados Corazones y de la Adoración Perpetua, además de varias decenas de mausoleos que acogen a los familiares fallecidos después.

Además de 40 monjas de esa congregación, dedicadas al mantenimiento de la capilla y a la oración en favor de las almas de quienes allí están enterrados, el cementerio de Picpus alberga a medio centenar de ancianas que han encontrado asilo "gracias a la generosidad del duque de Monchi, que es el presidente de la asociación propietaria del lugar". Con él tuvo que entrevistarse Raymond, hace nueve años, para obtener el trabajo. "No sólo le enseñé mis cruces de guerra, sino que me pidió las actas de bautismo y matrimonio eclesiástico. También me exigía una práctica católica diaria".

La jubilación no parece preocuparle. El matrimonio Martínez no tiene otro sitio mejor donde estar. "A lo mejor nos quedamos aquí para siempre", dice su esposa, Albertine. "Me han dicho", confirma Raymond, "que puedo quedarme hasta cuando quiera, que tienen confianza en mí". Como las piernas le van flaqueando, su hija Nicole le echa una mano para atender a los visitantes. "Es enfermera y no se ha querido casar para no dejarnos solos".

Raymond no oculta que su patria sigue estando lejos. En Orán, de donde tuvo que salir huyendo a principio de los sesenta, había ido a una escuela española, y ahora se siente resentido con los franceses, especialmente con De Gaulle. "No lo puedo explicar, pero noto aquí dentro que lo más importante para mí es Valencia y Argelia. Lo llevo en la sangre".

Ha estado un par de veces en España y se ha sentido en casa, pero ya es muy viejo para volver. "Yo no salgo nunca del cementerio. Alguna vez vienen españoles a visitarme. Es lo que más me anima". Ser guardián de guillotinados es para Raymond una sinecura, el premio a 20 años de sufrimiento. "Poca gente es capaz de comprender el drama de los que nos quedamos sin tierra".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 1983