Tribuna:Tribuna
i

Soñar

El pasillo era largo y yo caminaba despacio, estrechando el magnetofón contra mi pecho, temblorosa, pues sabía que al final, al otro lado de la última puerta, estaba esperándome la exclusiva periodística más fascinante de toda mi vida. Agoté el corredor, llegué al límite de la alfombra, golpeé con los nudillos y la puerta se abrió. Entonces, en el quicio, apareció William Holden. Vestía como en el penúltimo rollo de Picnic, con la camisa desgarrada, y tenía las caderas cimbreantes. Me abrazó y me dijo: "Cuánto has tardado en venir. Casi no llegas a tiempo".William Holden había muerto dos días atrás, víctima del alcohol y la desolación, y, desde luego, no creo que esa noche loca que nunca pasé con él influyer a lo más mínimo en su precipitada salida de este mundo. Pero quiero hablar hoy de los sueños, de mis sueños, de vuestros sueños, de los sueños de todos nosotros. De nuestros asesinatos y nuestros actos de amor nocturnos, de esa vida de gnomos camuflados que llevamos entre sábanas cuando nadie nos ve, ni nosotros mismos. Una existencia que desarrollamos a espaldas de las buenas costumbres.

Ahora resulta que las últimas investigaciones pretenden demostrar que los sueños no producen placer, ni siquiera cuando lo parece. Y que solo soñamos -¿es eso poco?- acerca de lo que constituye nuestra vida cotidiana o lo que nos preocupa. Lamentables conclusiones las del doctor Milton Kramer, que tiene nombre de paraíso perdido y apellido de padre preparador de biberones. El mencionado sabio ha descubierto el Misisipí, a la cabeza de su Centro de Desórdenes del Sueño, y quizás él mismo sueña con ordenar ese caos que se nos come por las noches para defendernos de la aplastante certeza, de la tremebunda seguridad de que nunca en la vida, ni en nuestro momento más bellaco, nos atreveríamos a rebanarle el pescuezo a un tipo como él, a alguien que vive de encerrar el delirio ajeno en frascos.

No obstante, sé que, en mis sueños, alguna noche me acercaré solapadamente al doctor Kramer, le hundiré un buen cuchillo de cocina entre los omóplatos y luego resoplaré, apaciblemente, antes de recibir a Robert Redford en mi salón de belleza para hacerle una limpieza de cutis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 25 de agosto de 1983.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50