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MÚSICA CLÁSICA

Patrick O'Byrne gana el concurso de piano José Iturbi

Espléndidamente merecidos en sus tres primeros escalones y acaso con un punto de benevolencia en el cuarto, el. jurado resolvió conceder el primer gran premio del concurso internacional de Piano José Iturbi al neozelandés, Patrick O'Byrne, el segundo al ruso Youri Pochtar, el tercero a la estadounidense Mary Katleen Ernst y el cuarto a la francesa Anne Pellerin.La decisión es el resultado de tres pruebas eliminatorias. Concurrió a la prueba final, junto con los galardonados, el francés Philip Biros. Ocho aspirantes, de los 17, presentados, pasaron a la segunda prueba. Con los ya mencionados, los franceses Stephen Paulello y Gerard Fallour, y la española María Ángeles Iglesias.

O'Byrne obtuvo además los premios a la mejor interpretación de la obra obligada, -del valenciano Francesc Cuesta- de música española, de música contemporánea, de música francesa y premio especial de la crítica, el primero de ellos compartido en igualdad de méritos con Mery Katleen Ernst.

Una preciosa hechura de la Sonata en mi bemol del padre Soler, como despedida del concierto de clausura, era la prueba, innecesaria, pero expeditiva, de la talla del gran premio. En la escritura de apariencia liviana, donde la insinuación hace las veces del cuerpo, metales micro-sonatas, se acredita el maestro. Plástico -¿demasiado?- el Corpus de Albéniz; fascinante el combinado de mística y pájaros, modos arcaicos y ritmos exóticos, que es el regard des Ánges de la colección Vingt regard sur l'Enfant Jesus de Messiaen; exquisita la Albada y dansa de Acencio, y sencillamente magistral la Alborada del gracioso de Ravel.

Menos contundente en la clausura, la Séptima, Sonata de Prokofiev, ofrecida íntegra en la segunda prueba, había dado ocasión a Youri Pochtar para una exhibición sonora que levanitaba ampollas. De filigrana el Claro de luna debussyano, ceñido a una sola gama, en contraste con un Albéniz oído en pruebas anteriores entre la ternura y el delirio, y poderoso el Estudio opus 39/1 de Rachmaninoff, sin lugar para lo atormentado que, en un Listz previo, había sido plato fuerte.

Se dice que la sala del Centro Cultural de la Caja, en donde discurrieron las primeras pruebas, es acústicamente muerta -y lo es- y que el Bechstein gran-cola es un piano duro -y lo es-. Pues bien, la sala revivía con las descargas sonoras de Youri Pochtar y el piano se reblandecía como la cera bajo los dedos de Mary Katleen Ernst, intérprete de una Sonata Aurora de Beethoven como nunca aurorada.

Anne Pellerin limitó su actuación en la clausura a un Preludio de Bach, en solitario, con un abanico de grados dinámicos, acaso excesivo, y retales de la Suite opus 14 de Bartók, no más allá del ejercicio de alumno aventajado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de junio de 1983