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Editorial:

La fiesta de la canalla

EL ESPELUZNANTE asesinato múltiple perpetrado ayer en Bilbao, que ha costado la vida a un teniente y a un cabo de la Policía Nacional y a una mujer embarazada, lleva la siniestra marca de ETA Militar o de sus ramas competidoras en el negocio terrorista. Quienes suministran cobertura ideológica a los matarifes se lanzarán de nuevo a la misión imposible de afirmar que el derecho a la vida es privilegio exclusivo de una etnia o de los votantes de una ideología política. Mientras la abolición de la pena capital honra el texto de la Constitución de 1978, y mientras una vigorosa corriente de opinión -dentro y fuera del Gobierno- presiona para llevar a la práctica sin excepción alguna el mandato constitucional que prohibe la tortura y las penas o tratos inhumanos y degradantes, los carniceros de las diversas ramas de ETA siguen asesinando, secuestrando, torturando y extorsionando, con la bendición o la disculpa de personas que se proclaman defensoras de los derechos humanos de sus correligionarios, pero que niegan al tiempo, bajo las pulsiones de un nacionalismo racista, el derecho a la vida y a la libertad de los miembros ajenos a la tribu, culpables de no adorar a sus ídolos. Y, sin embargo, pese a que algunos traten vanamente de expulsar del recuerdo histórico común a los caballeritos de Azcoitia, a los liberales bilbaínos del siglo XIX, al socialismo vizcaíno, a Prieto, a Unamuno o a Baroja, todos ellos con idéntico derecho que Sabino Arana o José Antonio Aguirre a formar parte del pasado de esa comunidad, el País Vasco nunca pertenecerá a esas cuadrillas de criminales que nutren la utopía imposible de una nación independiente de Francia y España, monolingüe y totalitaria con los cadáveres de sus víctimas y con las ruinas de la democracia española.Ante el horror de la muerte, frente a los cuerpos sin vida de dos agentes de orden público y de una mujer embarazada, cualquier reflexión complementaria corre el riesgo de resultar innecesaria o de perturbar el duelo de los familiares, los amigos y los compañeros de las víctimas. Sin embargo, no es fácil eludir el contexto temporal del triple crimen, instalado en la semana que desemboca en la celebración de los comicios locales. La responsabilidad de la crispación de la campaña electoral en los últimos días tiene que ser distribuida, a partes iguales, entre el nacionalismo moderado, temeroso de perder su hegemonía en ayuntamientos y diputaciones, y los socialistas vascos, que tratan de mejorar sus posiciones municipales mediante la movilización emocional de la población política e ideológicamente marginada. Esos enfrentamientos, sacados de quicio por los unos y por los otros, ofrecen el peligro de hacer olvidar al el elemento básico que les une más allá de sus diferencias; esto es, su aceptación del marco democrático y de las vías pacíficas para solventar los conflictos y los antagonismos. La larga marcha hacia las libertades de nacionalistas y socialistas vascos desde el final de la guerra civil hasta el fallecimiento de Ajuriaguerra es el mejor ejemplo de que el entendimiento entre ambas fuerzas políticas no sólo es posible, sino que constituye una condición necesaria para la pacificación de Euskadi.

Los crímenes de las diferentes ramas de ETA, que ayer se cobraron en Bilbao tres nuevas víctimas, significan para ambos partidos el sangriento recordatorio de la acechante presencia de un enemigo común, enfrentado tanto a los nacionalistas como a los socialistas por el cultivo de la violencia asesina y la negación de la democracia. Las bases obreras del PSE-PSOE no se dejan engañar ya por la demagogia izquierdizante y seudorrevolucionaria de Herri Batasuna; los seguidores del PNV -y algunos de sus dirigentes y cuadros- tendrían que rechazar también definitivamente el engañoso parentesco nacionalista con esas minorías, de modo y manera que sea posible el progresivo aislamiento social de unos terroristas cuya comparación con Al Capone ofende ya a la memoria de los gánsteres: nos hallamos simple y llanamente ante la canalla.

El bestial atentado ha roto también el ambiente de fiesta popular con que Bilbao había recibido al equipo del Athlétic, merecido campeón de Liga tras su victoria en Las Palmas. Se diría que esa espontánea oleada de alegría ante la hazaña de los rojiblancos de Javier Clemente, que remontaron anteayer la ría en una gabarra en medio del delirio de los bilbaínos, ha ofendido la sequedad de alma de los asesinos, monocordes adoradores de la muerte, el dolor y la violencia. Y, sin embargo, el deporte sigue siendo en nuestro mundo una de las más nobles y limpias expresiones de los sentimientos colectivos. Al igual que ocurrió en Guipúzcoa los dos años anteriores, cuando la Real conquistó el campeonato liguero, el triunfo del Athlétic ha permitido esta vez a los vizcaínos celebrar un éxito simbólico y popular, situado por encima de las ideologías y los compromisos políticos. Crímenes como los perpetrados ayer muestran, en última instancia, el auténtico perfil de la triste fiesta de los asesinos, oblicuamente dirigida a la destrucción y la ruptura de la alegre fiesta de todo un pueblo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 1983