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REPORTAJE

La vida cotidiana de un sindicalista

En cinco años, los asesores sindicales han pasado de la fábrica o el tajo a recorrer cada día los laberintos de la Administración laboral

Barcelona
Hábiles negociadores, aunque de escritura a menudo inexperta, los asesores sindicales se han convertido en los últimos cinco años en constantes visitantes de los pasillos y ventanillas en los que se decide la conflictividad laboral. Ni el vuelva usted mañana, ni la compleja trama legislativa que en el último período ha caracterizado las relaciones laborales, han conseguido paralizar la labor, del sindicalista medio, en su personal y colectivo empeño de hacer confluir el sindicalismo asistencialista y la tradicional reivindicación. No ha olvidado su origen en la fábrica o en el tajo, secretos lugares donde la burocracia aún no existía y en los que con frecuencia sueña. Formados hoy en la improvisada práctica del laberinto administrativo, los sindicalistas de diferentes siglas recorren todos los días en Barcelona el triángulo geográfico formado por los edificios que albergan la Administración laboral.

"En 1977 entré en el terreno de conocer la legislación laboral y desde entonces la práctica legislativa ha sido para mí la tarea más ingrata del sindicalismo, sobre todo, por el contraste con la etapa reivindicativa anterior. El asesoramiento sindical, sin embargo, ha significado una importante vía de conocimiento de la realidad". De esta forma define su actividad Francisco Puerto Otero, de 36 años, andaluz de origen y padre de dos niñas de tres y cinco años. Puerto es un cuadro medio del sindicato de Comisiones Obreras (CC OO) de Cataluña, miembro de la secretaría de empleo de la Comisión Obrera Nacional de Cataluña y de la federación de construcción de este sindicato. Vive en Barcelona desde 1966, donde llegó "en el Sevillano, tren muy conocido entre los inmigrantes andaluces en aquellos años y aún ahora, con doscientas pesetas en el bolsillo y lo puesto".Puerto utiliza expresiones variopintas, se inventa en más de una ocasión su propio idioma, pero habla sin dificultad un catalán poblado de zetas y de una peculiar alegría que recuerda las marismas sevillanas. Es popular en todos los pasillos de la Admínistración laboral. Los recorre desde hace años con una inmensa cartera repleta de papeles muy diferentes a aquellos panfletos de la clandestinidad que llamaban en las líneas finales a una "acción democrática nacional" que nunca llegó a realizarse. Hoy dedica gran parte de su vida al asesoramiento sindical y al trabajo institucional.

La conciencia política asomó por vez primera a los oídos de Francisco Puerto a los siete años a través de la Radio Pirenaica, de la que se declara hijo adoptivo. En Las Cabezas de San Juan, un pequeño pueblo agrícola de Sevilla, enclavado en las proximidades de las marismas arroceras de¡ Bajo Guadalquivir, Puerto pedía a su padre, jornalero agrícola, que le dejara acompañarle por las noches a escuchar la Pirenaica junto a otros campesinos. Corrían los años cincuenta.

Coincidió aquella conciencia con un temprano despertar al mundo del trabajo. "Sólo fui a la escuela un curso, entre los seis y los siete años. Después, por necesidad de mi casa, empecé a trabajar en lo que en el pueblo se llamaba liar cigarrillos, un tabaco que se vendía de contrabando, procedente de las plantaciones de Sevilla y que los jornaleros compraban por una peseta veinte cigarrillos".

Son las diez de la noche en el reloj de la Puerta del Sol

A los nueve años combinaba este trabajo con la venta de panecillos. "Salíamos a las cinco de la madrugada a pregonar a los trabajadores el popular bollo, que ellos se llevaban al campo para almorzar. El pregón duraba hasta las diez de la mañana y, después, a lo del tabaco. No levantábamos cabeza hasta las diez de la noche, cuando oíamos por la radio aquella voz que aún recuerdo tan claramente: 'Son las diez de la noche en el reloj de la Puerta del Sol'".Todavía conoció Francisco Puerto dos nuevos oficios antes de comprar, a los diecinueve años, el billete del tren conocido por el Sevillano, que le llevaría hacia Barcelona. Con veinticinco clases de dulces diferentes y una reolina, transportó un carrillo ("que fue mi sombra durante varios años desde que a mi cuñado se le ocurrió invertir en él sus ahorros") por todas las calles de su pueblo, "hasta que la gente entraba en el cine". Fue en aquellos años cuando Puerto aprendió a leer por su cuenta, ayudado por los catones y cartillas de la época.

En 'La isla del arroz'

Al carrito de dulces siguió, en la insólita carrera profesional de Francisco Puerto, el aprendizaje de panadero, oficio que desarrolló en Cotos. "Era una zona conocida por La isla del arroz, formada por cuatro o cinco pueblos y unos 30.000 habitantes, todos ellos dedicados de sol a sol a recoger arroz. Allí se refugiaban cincuenta o sesenta maquis que habían dejado las montañas. También había desertores del Ejército y toda clase de delincuentes".En La isla del arroz, ("un mundo extraño y autónomo donde sólo había dos guardias civiles que hacían la vista gorda con tal de que la gente trabajara, y raro era el día que no aparecía alguien ahogado o muerto de las formas más variadas"), Puerto aprendió el oficio de maestro de pala. Volvía a casa cada veinte días para "hacer la muda", compartía una habitación de tres metros cuadrados con otro panadero y trabajaba dieciséis horas diarias cuando el calor horroroso del verano alcanzaba en agosto los cincuenta grados. "Las condiciones de trabajo eran propias de esclavos, aunque la vida allí reunía las características de la aventura cotidiana: trabajábamos de noche y teníamos que dormir de día, si podíamos; de mayo a octubre, trabajábamos sin descanso, en función del horario de la plantación. No había fiestas y el salario era de 56 pesetas diarias sin manutención".

En 1966 Francisco Puerto había cumplido los diecinueve años y era maestro pala. En La isla del arroz ya no tenía nada más que aprender. Decidió marcharse a Cataluña, "al igual que muchos otros paisanos". La estación de Francia, de Barcelona, la diferencia de lengua y la falta de trabajo le causaron tal impacto que, años después, cuando era miembro del Club Manos Unidas, organizaba diariamente viajes a la llegada de los trenes de Andalucía para recibir a inmigrantes.

En Barcelona fue pulidor, vendedor de aspiradores y de otros muchos aparatos hasta que ingresó de forma definitiva en el sector de la construcción. Obtuvo en el servicio militar el certificado de estudios primarios y entró en contacto con Comisiones Obreras en los comedores universitarios de la calle Canuda, ya en 1970. "Tenía necesidad de organizarme porque sabía que, en solitario, aquella rebeldía que me inspiró la Pirenaica no iría muy lejos. Comía todos los días en los comedores universitarios. Compraba el periódico e iba lanzando cables a la gente que allí había mediante la lectura indignada, en voz alta, de los titulares de la guerra del Vietnam".

Le detuvieron por primera vez en 1971, cuando distribuíá octavillas convocando a la huelga general con ocasión de la ocupación de la factoría de Seat, en la que los tiros de la policía mataron al trabajador Antonio Ruiz Villalba. "Había 96 detenidos y el 97 era yo. Por aquellos días La Vanguardia había publicado que el conflicto de Seat estaba protagonizado por agentes de Moscú disfrazados con monos azules. Esta fue la razón de que todos los palos fueran para mí, porque no trabajaba en Seat, sino en un taller de Gracia".

Agentes de Moscú disfrazados con monos azules

A partir de ese momento, Puerto entró en la universidad política de la cárcel, con un corto período intermedio de libertad provisional. Ingresó en el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y visitó diferentes prisiones durante cuatro años hasta que, en 1976, le fue aplicada la amnistía. "Cuando salgo ya todo era distinto. Empiezo a buscar trabajo y no lo encuentro. Me toca iniciar otra temporada haciendo labores de venta hasta que empiezo a trabajar en la construcción con sucesivos contratos de obra". Desde 1976, Francisco Puerto está ligado al sindicato local de construcción de CC OO. Fue uno de los primeros liberados de su ramo y hoy cumple cinco años en su profesión de sindicalista. Conoce, con una peculiar erudición, nuevas aventuras en todos los pasillos de la Administración laboral.

Un ugetista de acento grave

Un tono de mayor gravedad caracteriza a Florencio Gil Pachón, de 37 años, secretario de la Union Comarcal de Barcelona de la Unión General de Trabajadores de Cataluña y trabajador de. Hispano Olivetti. "Si no tienes una aspiración política o una compensación económica, te dicen que eres tonto por dejar aquí los mejores años de tu vida, pero hay que seguir adelante". Pachón -así le llaman en la fábrica y en los medios ugetistas -es vallisoletano de origen, está casado y tiene una hija de doce años.Conserva en su apariencia serena un genuino acento castellano que no se ha modificado desde que, en 1967, abandonó Villavicencio ("un pueblo agrícola donde los terratenientes lo podían casi todo"). No habla catalán, aunque lo entiende. "Creo que a la clase trabajadora no se le ha de marcar ningún plazo para aprender la lengua catalana, pero que, en cambio, la integración pasa por ese camino; es un proceso largo, sólo posible si, al mismo tiempo, se respetan los orígenes y las raíces de cada uno".

Pachón es un cuadro medio de la UGT catalana. No pretende "hacer carrera política" y compatibiliza su trabajo sindical con las tareas de especialista metalúrgico de Hispano Olivetti, empresa en la que trabaja desde que llegó a Barcelona. "Yo no quise dejar la empresa porque me preocupa mucho el vacío que se produce entre los cuadros dirigentes de los sindicatos y los trabajadores".

En la escuela, los niños cantaban el 'Cara al sol'

Hasta los trece años estudió en la escuela de Villavicencio, donde había un sólo maestro para 95 alumnos de todos los cursos. "Eran los años malos de la posguerra, cuando las cosas se desarrollaban desde la dinámica de un

La ciudad dormitorio

La vida cotidiana de un sindicalista

Florencio Gil Pachón ingresó en la cadena de montaje de Hispano Olivetti como mecánico especialis ta, en 1967. Desde su llegada a Barcelona, residió en Badalona y Sant Adriá del Besós (las ciudades del Barcelonés Norte han sido desde siempre frecuentadas por los inmigrantes de aquella zona de Valladolid"). No sintió como un trauma el contacto con la gran ciudad porque tenía como punto dé referencia los años pasados en Valencia y, además, "porque en el ba rrio donde hemos vivido desde siempre había fijado su residencia más de la mitad de los antiguo habitantes de mi pueblo que, en los años sesenta, sufrió un proceso migratorio muy fuerte". A su inu jer, Africa, le costó mucho má adaptarse. "Tuvo una crisis muy fuerte cuando estuvo embarazada y quería volver al pueblo, pero yo ya me sentía integrado aquí".Los primeros contactos con el movimiento sindical surgieron e la propia fábrica. "Entonces no era un problema de siglas. Los convenios se negociaban por los jurado de empresa y los conflictos eran precisamente entre nosotros y ellos hasta que, en 1972, cambió algo la situación con la entrada de gente de Comisiones Obreras en los jurados. UGT nunca estuvo a favor de ello, pero allí se situó gente de CC OO que yo respeto". En 1975, Pachón se afilió a la UGT, poco tiempo después de un largo conflicto laborial en Hispano Olivetti, a consecuencia del cual 57 obreros fueron despedidos. En 1980 ingresó en el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC).

Desde ese mismo año es secretario de Barcelona de la UGT, condición que, a su pesar, le obligó a abandonar la secretaría de la sección sindical de UGT en Hispano Olivetti, por la acumulación de trabajo. Considera prioritario el trabajo sindical al político ("he sido siempre muy puritano en eso").

Rechazó la posíbílidad de solicítar la excedencia en su empresa. Por ello es mecánico especialista y dirigente sindical desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. "A veces llego a casa de madrugada. Te dicen que eres tonto, si no tienes una compensación economica o una aspiración política, pero alguien tiene que seguir adelante".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de enero de 1983

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