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Tribuna:

La callada tenacidad de Víctor Manuel

Emerge Víctor Manuel del enorme tazón en el que toma un té matinal y me habla por encima del filo vidriado de la cerámica: "El nuevo disco saldrá a finales de enero. Tiene diez canciones y en él hay un esfuerzo muy grande de tirar hacia delante y hacer cosas nuevas, sobre todo musicalmente". Es aún temprano, el día está nublado y por los ventanales del chalé entra una luz húmeda y ceniza, a juego con la memoria norteña del cantante.

"Aunque siempre hay ciertas imposiciones por parte de las casas discográficas, yo he trabajado cómodamente en estos cuatro últimos elepés con la CBS. He hecho en ellos lo que yo quería hacer en cada momento, todo lo que yo daba de sí. Es decir, que alguno puede pensar que he hecho una canción fácil por dejadez, y es porque no sé hacerlo mejor, sencillamente".Tiene aspecto quieto y confortable, 35 años y saludable cara de manzana, uno de esos rostros de carne suave, algo campesinos, en los que echas de menos el remate de dos vigorosas mejillas enrojecidas. Pero la vida urbana ha debido ir empalideciendo a Víctor, que abandonó su Mieres natal a los dieciséis años para venir a la conquista del mundo. "Yo me pasé dos o tres años, desde los once a los catorce, ofreciéndome por carta a todas las casas discográficas madrileñas: 'Canto mejor La novia que Antonio Prieto', les decía. A mí me atraía muchísimo aquello de la música, imitaba a Joselito y tocaba la armónica en las fiestas del colegio. Quería ser artista y hacer otras cosas, esas cosas que veías en el cine: viajar mucho, ser famoso, cantar... Todo sin ningún fundamento, porque yo creo que no sabía cantar, que lo hacía mal". Padeció unas tempranas dudas vocacionales y coqueteó con la fulgurante idea de convertirse en futbolista, "pero enseguida me decidí por la canción: yo jugaba al fútbol, pero en ese terreno no tenías prácticamente reconocimiento, porque tampoco eras en eso el mejor del equipo, sino uno más; y cuando me empecé a meter en concursos de canto y todo eso, ahí sí que encontré reconocimiento: estaba yo solo en el escenario y la gente me aplaudía muchísimo, porque eraun crío y porque era del pueblo y eso hacía gracia; aquellos aplausos eran deslumbrantes, y a partir de entonces tuve clarísimo que quería ser cantante".

De primeras parece tan buenecito y cándido que te entran deseos o bien de cobijarle en tu regazo o bien de zarandearle por los hombros para que saque algún demonio necesario. Pero a poco de estar con él te das cuenta de tu error y adviertes su socarronería, su reposado desparpajo y la inconmovible tenacidad del hombre que no necesita andar a gritos para comprobar quién es. Una tenacidad con la que ha aprendido a cantar y con la que ha salido de su astronómico despiste de adolescente a la caza de la gloria: "Sí, he estudiado mucho y he buscado, hasta llegar a un momento en que pensé que había encontrado mi forma de expresión, en 1967, con la canción El cobarde. Pero antes, hasta llegar ahí, hay una sarta de canciones impresentables". Como aquella que compuso en honor a Franco: "Sí, sí, le hice una canción a Franco; yo tenía una ingenuidad política total, y entonces, a mis dieciocho años, se me ocurrió la idea de hacer un elepé con canciones dedicadas a hombres famosos: Franco, Picasso, José Antonio, imagínate...". Después, poco a poco, iría Víctor conociendo y definiéndose, hasta llegar al compromiso político, y, con él, su hundimiento como cantante. "La verdad es que nunca me sentí especialmente mal en esos años; era una situación aceptada por mí, elegida por mí. Aquellos fueron unos años absoluta mente enriquecedores a nivel personal, pero ahora veo que fueron negativos desde el punto de vista artístico. Coincidieron muchas cosas: la militancia en el PCE, el activismo... Hacía canciones de francotirador, coyunturales, que sólo servían para una semana". Hasta que tocó fondo: era el año 1978. "Yo iba a una velocidad espantosa, con reuniones a todas horas del día, con una grave desconexión familiar. Además, había nacido mi hijo David, y yo necesitaba estar más tiempo con él, más tiempo con Ana. Analicé la situación y pensé que esa labor de movilización que hacíamos iba a desaparecer en breve, que lo que nosotros decíamos en un escenario lo dirían los políticos en el Parlamento".

Fue entonces cuando sobrevino la verdadera crisis. Empezó intentando recuperar su pasado y compuso media docena de canciones asturianas. "Pero me resultaron tan fáciles de hacer que me dio miedo: era hacer lo mismo que diez años antes, como si no hubiera pasado nada". Y abandonó esa vía. "Entonces escuché algunos discos míos y me di cuenta de que no me gustaban nada. Me dije: 'Yo tengo que componer de otra forma, porque ya se compone de otra forma'. Me dije: 'Los que nos dedicamos a la música de cantautor en este país hacemos en general un producto horrible, una canción parada en 1965, con los clichés franceses; no hemos salido todavía de Brel'". De aquellas angustias salió Un corazón tendido al sol, que obtuvo un estrepitoso éxito. "Aquel disco coincidió con la firma de contrato con mi casa actual, y se me abrió el mundo. En CBS estaba entonces un director mítico, Tomás Muñoz, que me escuchó, vino a casa a oír mis canciones y se entusiasmó con ellas. No sabes lo que era aquello para mí, porque yo entonces era un tío señalado con una cruz y arrinconado por la industria, en parte por mi culpa y en parte por la de la propia industria; yo era un tío tachado como no vendedor, porque no vendí un puto dísco desde 1972 a 1979, pero ni uno". Era el fin de una larga etapa, de una entrega militante con la que quizá quiso pagar la dudosa culpa de haber ambicionado el éxito en la adolescencia. "Sí, aquello fue el purgatorio. Me fue muy bien como cantante en los años 69, 70 y 71, y allá por 1971 me empezó a avergonzar el tener tanto éxito. Además, había también un sentimiento lícito y justo. Era el decirse: 'Bueno, ya he triunfado y esto es una chorrada; tiene que haber algo más, porque esto sólo no me llena'. Y entonces empezó el compromiso y el trabajar en una estéti ca de la fealdad, una fealdad deliberada; era el no gustar, porque gustar era como un pecado".

Fuera del PCE

Ahora Víctor Manuel y Ana Belén acaban de salirse del PCE con una carta abierta que ha levantado ampollas. "Sí, estamos fuera del PCE, y por lo menos de momento no hay posibilidad de apaño ninguno. Es el desenlace de una curva muy larga: decidimos dar este paso y escribir esa carta, aunque algunos mantienen que del partido hay que irse de puntillas. Pero yo creo que no, porque yo no he en trado de puntillas en el PCE; mejor dicho, sí entré así, pero ya se encargó la dirección de airear bien el hecho, para que se supiese que en el escaparate del partido estábamos nosotros. Y bueno, hemos representado ese papel, no digo voluntariamente, pero sí conscientemente, durante años, y ya está. Lo que pasa es que llega un momento en que estás siendo cómplice de unas situaciones que no sabes cómo explicar. O sea, que si yo no puedo pedir el voto para el partido y no puedo explicar esas cosas tan raras que hace la dirección de cara a la sociedad, ¿qué hago ahí?". Romper con ocho años de militancia siempre es doloroso, sobre todo si tus antiguos compañeros se encrespan y te atacan: "Lo que más te duele es que gente que te conoce más o menos pasa en un solo día de considerarte poco menos que un dios a considerarte un canalla. A mí eso me resulta incomprensible, me hago cruces de cómo la gente puede plantearse la vida de esa forma; pero lo entiendo, porque en todas las iglesias pasa lo mismo: fuera de ella vas al infierno". Víctor sobrelleva el escándalo con cierto escepticismo fatalista, "pero Ana sufre mucho, mucho más que yo; le crispa los nervios que haya gente que no entienda ese paso que has dado, que un tío pueda decir que te has aprovechado del partido".

Pero él sabe que todo eso pasará, y es hombre acostumbrado a la paciencia. Por ahora la música lo es todo para él, aunque a lo mejor algún día se decida a escribir, porque me apetece y creo que lo podré hacer más o menos bien". En otros tiempos compuso poemas, pero nunca sacará un libro de versos "porque yo eso no lo sé hacer; me gustaría llegar tan alto en la poesía que sé que nunca lo conseguiré". Porque Víctor, como aquel Víctor adolescente que aseguraba cantar La novia como nadie, sigue teniendo el prurito de ser el mejor. "Sí, tengo necesidad de ser el mejor; por eso trato de mostrarme a mí mismo en las parcelas que domino. Y, bueno, si tienes la sensación en un momento determinado de que ya no vas a ser nunca el mejor en nada, entonces te acomodas también a eso: no voy a ser el mejor, pero estoy seguro de que en mi barrio voy a parecerlo...".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de noviembre de 1982