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Unicef alerta sobre los problemas que la gran ciudad plantea a la infancia

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), designó la jornada de ayer, domingo día 7, como Día Internacional del Niño, con un lema de reflexión para los próximos doce meses: los problemas que las grandes aglomeraciones urbanas -cada día mayores y más numerosas, en un proceso que arranca con fuerza hace cuarenta años- plantean al desarrollo de la infancia. España ha vivido un prólogo estremecedor a la jornada mundial del niño: dos hermanos de cuatro años fueron apaleados en Madrid -uno hasta la muerte- por el hombre que convivía con la madre de las víctimas, en un suceso muy definitorio de desequilibrios típicos de la gran ciudad.

Pero no es el gran suceso el que enmarca -por fortuna- la relación cotidiana ciudad-niño, sino un complejo entramado de peligros y carencias que se acentúan en los países del tercer mundo y en los cinturones obreros que rodean la gran ciudad.Joan Bel Geddes, experto de UNICEF, señala que, hace 30 años, la gran mayoría de los niños del mundo vivían en zonas rurales. Hoy, según cálculos moderados, por lo menos 156 millones de ellos habitan en los sectores pobres de las ciudades. Si esta tendencia continúa más de 750 millones de niños -aproximadamente la mitad de la población infantil mundial- habitarán en ciudades en el año 2.000 y, al menos la mitad, no habitarán viviendas adecuadas, sino que ocuparán pisos míseros, asentamientos de viviendas improvisadas y, en muchos rincones del planeta, estarán simplemente a la intemperie.

El mito de la gran ciudad

Hace más de cincuenta años, uno de los prototipos de la ciencia española -Santiago Ramón y Cajal- señalaba la relación directa que existía entre la ciudad y el desarrollo intelectual del niño. Su experiencia de infancia rural le puso a prueba, cuando acudió a Huesca para estudiar bachillerato, en el umbral de la adolescencia. Con independencia de aquella aseveración y cada vez con mayor evidencia, la ciudad ofrece una serie de atractivos que provocan fuertes movimientos migratorios: posibilidad de empleo, multitudes, frente a la soledad rural, espectáculos, posibilidad de consumo altamente diversificado, oportunidad de mayores ingresos, de educación media y superior, atención sanitaria y otros.La realidad para las familias que llegan a la ciudad -en muchas ocasiones con descendencia numerosa- suele ser muy distinta: trabajo pesado con largas jornadas, remuneración escasa, carestía de la vivienda y falta de servicios en las zonas suburbiales. En ese medio hostil para los mayores, nacen y crecen los niños que sufren directamente las carencias familiares y del entorno.

Las tensiones económicas y sicológicas destrozan muchas familias. Son muy frecuentes los casos de niños abandonados por sus padres mientras estos acuden a trabajar o a buscar trabajo. La escolarización suele ser deficiente en estas zonas y, en cualquier caso, las necesidades más perentorias empujan a las familias a hacer trabajar a los niños, en condiciones ilegales y extremadamente precarias, mucho antes de cumplir la edad legal establecida.

Por supuesto que el panorama no es el mismo en todos los países, pero el cuadro de situación -con todos los matices diferenciales que quieran aplicarse- resulta perfectamente válido para todas las grandes ciudades, incluido el mundo económicamente desarrollado.

Los últimos 30 años han introducido un cambio fundamental en el asentamiento de la población y, por lo tanto, de los niños. En 1950 el mundo rico tenía más habitantes que el mundo pobre, pero hoy la situación se ha invertido. Por primera vez en la historia la población urbana del mundo en desarrollo -señala Bel Geddes- está creciendo más rapidamente que la población rural. Y si lo que se hace ahora es demasiado poco, antes de que comience el siglo XXI más de la mitad de los niños del mundo exitirán en condiciones de creciente pobreza y desesperanza. Sólo si los gobiernos y la iniciativa privada deciden afrontar resueltamente este fenómeno, los niños urbanos del mañana podrán vivir y prosperar en agrupaciones humanizadas.

El mundo cambia muy rápidamente y los niños son las víctimas más numerosas e inocentes de la actual situación. No parece posible detener a corto plazo la tendencia a intensificar las aglomeraciones urbanas pero, sí lo es encauzarla con perspectivas positivas, para sus habitantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de noviembre de 1982

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