Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
REPORTAJE

El paro es la primera preocupación de los vascos, pero los factores ideológicos influyen más en el voto

Tres años, después de la aprobación en referendum del Estatuto de Guernica, y transcurridos treinta meses desde la toma de posesión del Gobierno autónomo presidido por el lendakari Carlos Garaikoetxea, el desempleo y sus secuelas sociales de todo orden continua siendo, según todas las encuestas y estudios realizados, la primera preocupación de los habitantes vascos de hoy. Sin embargo, y al igual que ocurriera en todas las elecciones celebradas desde el inicio de la transición democrática, los ciudadanos de la comunidad autónoma vasca son más sensibles, a la hora de decidir su voto, a la influencia de factores ideológicos que a cualquier otra consideración.

La profunda transformación de los factores en que se apoyo el auge industrial vasco -fundamentalmente, la existencia de una mano de obra y una energía baratas- ha determinado la rápida pérdida de posiciones de ¡a economía de Euskadi. Así, las provincias de Vizcaya y Guipuzcoa, que en 1973 ocupaban los lugares primero y tercero en la clasificación provincial de renta per capita, habían pasado seis años después -los últimos datos disponibles son de 1979- a ocupar los puestos noveno y sexto, respectivamente. La tasa de desempleo, que en 1973 era de un 3,11 % -dos puntos por debajo de la media nacional- es actualmente de un 18%, es decir, un 3% más que la media española. El incremento anual de la inversión, de +9,8% entre 19,70 y 1974, era para 1980 de un -32,61%.Datos de este tipo servían a Antxon Pérez Calleja, ex director del servicio de estudios de la Caja Laboral Popular, para concluir, en un congreso sobre política industrial celebrado en Bilbao hace un año, que la pérdida de competitividad de la industria vasca en su conjunto e, incluso, de viabilidad de sectores enteros era debida, tanto o más que a la falta de demanda, a una oferta industrial caduca. La ausencia de orientaciones políticas claras para dirigir el imprescindible reajuste -sólo posible desde una administración autónoma vasca y dirigido hacia el mercado mundial-, la cortedad de miras de un empresariado que prefería ceder en el terreno salarial a compartir las decisiones con los trabajadores, y la orientación un tanto corporativista de los recién legalizados sindicatos obreros, que habían visto reforzada su capacidad de negociación al calor de las expectativas abiertas por la agonía del franquismo e inicio de la transición -expectativas abiertas por más acusadas en una zona de vieja industrialización y gran tradición reivindicativa, como el País Vasco- serían, para Pérez Calleja, las causas determinantes de la actual crisis de la industria vasca.

En un estudio sobre Problemas del desempleo en Euskadi, el mismo autor había llegado, en 1978, a la siguiente dramática conclusión: "El problema (del paro en Euskadi) no sólo parece dificil, sino que no tiene solución alguna, por lo menos a corto plazo". De este diagnóstico de la situación parece que deberían deducirse unas expectativas y unas ofertas electorales que pusieran en primer plano cuestiones como la reconversión industrial, los subsidios al desempleo o el papel del sector público vasco en el relanzamiento de la inversión. Ciertamente, algo de ello hay en los programas de la mayoría de los partidos -y, bastante más que en anteriores ocasiones, en el caso particular del PNV-. Pero lo cierto es que su papel en la oferta electoral, tal como ésta llega a los ciudadanos (eslóganes, discursos, carteles), es extremadamente reducido.

Seguramente no sería justo, sin embargo, reprochar a los diseñadores de las campañas esta disociación entre las preocupaciones fundamentales de los ciudadanos y la oferta electoral. Porque lo cierto es que, tanto las elecciones celebradas en Euskadi desde el 15 de junio de 1977, como los estudios sociológicos más solventes hechos en los últimos años, han puesto de relieve que esa disociación forma parte del comportamiento electoral de los vascos de hoy. La sobredeterminación ideológica -efecto a su vez de la sobredramatización de la vida cotidiana vasca por el franquismo- sigue siendo el factor decisivo en la conformación de la actitud electoral de los ciudadanos de Euskadi.

El historiador Javier Corcuera, autor de una tesis sobre los orígenes ideológicos del nacionalismo vasco, considera que el reforzamiento electoral de dicha corriente respecto a las cotas alcanzadas en la II República es, en gran parte, consecuencia de la entrada en liza de la izquierda abertzale radical, fundamentalmente representada por Herri Batasuna. En 1977, antes de la formación de dicha coalición, los resultados reflejaban grosso modo los de las elecciones de 1936: un tercio para los nacionalistas, un tercio para la izquierda, un 20% para la derecha centralista y el resto abstención. En 1979, sin embargo, la abstención pasó del 23% al 35% y la izquierda no nacionalista descendió al 18,7%. Esta tendencia se agudizaría aún en las elecciones autonómicas de 1980.

En opinión de Corcuera, la presencia de HB, al recoger la radicalización social y expresarla en clave nacionalista, no sólo debilita a la izquierda, sino que fortalece indirectamente al PNV. HB tendría, en ese sentido, el efecto de desviar los problemas de la sociedad vasca del terreno que le es propio al nacionalismo como globalidad ideológica, en el que la hegemonía del PNV es incontestable. El que partidos como MCE y LCR, cuya influencia política y social en Euskadi en el final de la dictadura fue indiscutible, hayan acabado por dar su apoyo electoral a HB, ilustra de manera concreta este fenómeno.

Prueba de la preponderancia del factor ideológico en la configuración del panorama electoral vasco sería la actitud de los inmigrantes (que suponen, en primera o segunda generación, entre un 45% y un 50% de la población actual de Euskadi). El estudio Abertzales y vascos, realizado hace dos años por los profesores Pérez Agote, Garmendia y Parra Luna ha puesto de relieve que son precisamente los inmigrantes con un menor nivel de identificación vasquista quienes, políticamente, se proclaman más nacionalistas y más independentistas. La percepción de las contradicciones y conflictos propios en clave de inadaptación tendería a superarse, según la publicación citada, mediante la adscripción a partidos percibidos como los más radicales.

En un estudio sobre los barrios de Bilbao, realizado hace poco más de un año por el profesor Larrea Gayarre, llama la atención que en el de Ocharcoaga (construido en los años sesenta para albergar a los miles de inmigrantes que ocupaban las chabolas del cinturón de Bilbao), la polarización del voto no se produce tanto entre el PNV y el PSOE o entre el PNV y HB -que serían los dos modelos preponderantes- como entre el PSOE y HB. Aunque es imposible asegurarlo, tal polarización reflejaría, en el sentido de otra hipótesis apuntada en Abertzales y vascos, que es precisamente la fracción menos integrada, menos vasquista y menos madura políticamente la que busca su identificación mediante el voto independentista radical, mientras que el sector más maduro y, mejor adaptado a lo vasco orientaría su opción hacia la izquierda no nacionalista.

El significado del voto HB

Pero, naturalmente, la psicología no puede explicarlo todo, es decir: tales reacciones psicológicas en busca de una rápida autoidentificación y reconocimiento social apenas tendrían reflejo electoral, si no fuera porque se apoyan en fenómenos sociales más profundos. Más concretamente: si el ascenso global del nacionalismo -que entre 1977 y 1980 vio incrementar su peso en 203.000 votos- se debe en gran parte a los más de 150.000 votos aportados por HB, no hay que olvidar que, según el estudio antes citado, el 42% de los parados declaraban, en junio de 1980, su intención de votar a dicha coalición. El mismo dato leído verticalmente indicaría que el 12,5% de los votos de HB provenían de trabajadores sin empleo. El dato indicaría que en la formación del voto HB existe una componente de protesta radical contra una situación social injusta.

Sin embargo, quedaría por explicar por qué, en Euskadi, cuatro de cada diez parados estarían dispuestos a dar su voto a una coalición que, no sólo no presenta un programa electoral contra el desempleo, sino que se abstiene de presentar cualquier clase de programa (a no ser que se considere tal la enumeración de los puntos de la alternativa KAS -amnistía, expulsión de las fuerzas de seguridad, etcétera-. Pero los propios dirigentes de HB han reconocido que no se trata de un programa electoral, sino de "una propuesta para la normalización -es decir: pacificación- de Euskadi").

Como quedarían por aclarar, entre otros enigmas, las razones de que entre las peticiones públicas de voto para HB, realizadas estos días, figure, junto a la extrema izquierda marxista (MCE y LCR), el sector más conservador del nacionalismo vasco, representado por el colectivo "Euzkotarrak", formado por disidentes del PNV en desacuerdo con la línea represetnada por Arzallus. Es posible pues, que haya que recurrir a otras categorías no estrictamente sociológicas -por ejemplo, las apuntadas por Juan Aranzadi en su estudio sobre Milenarismo vasco- para explicar comportamientos electorales como los señalados.

Podrían adelantarse, sin embargo, dos consideraciones generales: que el atractivo de HB para un amplio sector de la población no depende de HB misma, sino de ETA: que en situaciones de crisis aguda, cuando todo parece imposible ("el paro no tiene solución"),

El paro es la primera preocupación de los vascos, pero los factores ideológicos influyen más en el voto

estrategia y utopía pueden acabar coincidiendo (y confundiéndose). Ambas consideraciones están relacionadas entre sí.En opinión del sociólogo Alfonso Pérez Agote, lo que fundamentalmente está en juego en estas elecciones, en Euskadi -y lo que preocupa a la mayoría de la gente- "no es tanto quién va a ganar o perder como la clarificación de cuál es el nivel actual de adhesión y rechazo a la violencia". En ese sentido, el índice más significativo será, para Pérez Agote, "el que resulte de la comparación entre los resultados obtenidos por HB y los de Euskadiko Ezkerra". Es decir: entre una fuerza explícitamente apoyada por ETA y otra que simboliza el paulatino alejamiento de la actividad armada.

Los datos disponibles sobre la evolución del nivel de aceptación de la violencia son poco clarificadores, sobre todo por el amplio porcentaje de personas que, en las encuestas realizadas, se niegan a responder a la cuestión planteada y por el método indirecto como se trata de obtener la respuesta. Así, en el último informe Foessa, un 50% de los encuestados consideran que los miembros de ETA son "patriotas" o "idealistas", mientras un 29% los consideran "manipulados" y un 13%, "locos" o "criminales". Sin embargo, sólo un 3,5% de la población, según la encuesta realizada por el equipo de Ruiz Olabuenaga, se declara partidario de la vía violenta para la independencia. Y tan sólo un 1,5% de los encuestados por los autores de Abertzales y vascos eran abiertamente partidaricis de la violencia, aunque el 3,8% se mostraba de acuerdo con la fórinula "más violencia que negociaciones" y otro 14,5%, con la fórmula "más negociación que violencia". Con todo, el 79,9% defendía la vía de la negociación pacífica.

Parece existir, pues, un desfase entre la adhesión y reconocimiento a los practicantes de la violencia (o, en todo caso, su exculpación: "rnanipulados"), y la aceptación de la vía por ellos elegida. También parece evidente que el rechazo político o ético de la violenciano equivale automáticamente a una identificación o apoyo a las víctimas de aquélla. Entre las distintas interpretaciones posibles sobre las causas de esa adhesión personal -que parece ser más decisiva a la hora de emitir el voto que el eventual rechazo racional de la vía violenta como tal- habría que tomar muy particularmente en consideración la adelantada, ahora hace tres años, por Luis Michelena. Para este catedrático y lingüista vasco, ETA actúa como un poder fáctico, y explícitamente militar. Un poder fáctico que, como todo poder, es capaz de suscitar, junto al rechazo de unos, el mismo tipo de identificación, en otros, que define la relación de fascinación entre el débil y el que posee la fuerza. Porque si es evidente que ETA es, en general, menos poderosa que el peor petrechado ejército del más minúsculo país, no lo es menos que, en el 90% de las acciones que emprende (una emboscada a una patrulla, un atentado contra un militar retirado o una explosión contra un establecimiento), la relación de fuerzas particular le es ampliamente favorable. De ahí su fuerza como efectivo (y determinante) poder fáctico y su atractivo como objeto de admiración y pidhesión pasiva. Desde esta perspectiva, la discusión sobre si el voto HB debe o no identificarse con la adhesión a ETA (a sus fines y a sus métodos) carece de significación práctica desde el momento en que, de todas formas, ETA considera que así es, en efecto.

Por ello mismo, en opinión de José Ramón Recalde, que fue director del Departamento de Derechos Humanos del Consejo General Vasco, la desaparición de la violencia política no será el efecto de ninguna alternativa milagrosa o decisión genial de los gobernantes, sino de "la paulatina tensión en la conciencia colectiva de los ciudadanos vascos de que la llamada vía violenta no es tal, sino un callejón sin salida". Es decir, según los autores de Abertzales y vascos -y la encuesta en que se apoya la obra-, de la comprensión de que "aquella violencia sanguinaria no vale ya prácticamente para riada positivo (como parece ya comprenderse mayoritariamente, según nuestra encuesta): la gente percibe que los medios violentos se convierten en fines o que la violencia, como la droga, crea dependencia. La violencia se resiste a morir... por institito de conservación".

Pero, precisamente porque HB extrae su capacidad de atracción de su papel vicarial, ese instinto de conservación le afecta decisivamente, hasta el punto de determinar en gran medida su actuación política práctica. Sólo desde esa perspectiva podría tener explicación su silencio ante atentados producidos en el inicio de una campaña electoral en la que aparece como posible una victoria de la izquierda.

Si ganan los socialistas

En opinión del ya citado José Ramón Recalde, autor de una tesis sobre la teoría de la nación (a punto de ser publicada bajo el título de La construcción de las naciones), lo que está en juego en estas elecciones es la posibilidad, por primera vez en medio siglo, de un triunfo de la izquierda que, si va acompañado de un ascenso socialista en Euskadi, permitirá quizá "quebrar la línea asimilacionista de construcción del proyecto nacional vasco impuesta por la ideología dominante nacionalista, y sustituirla por una vía fundada no en las pretendidas esencias de lo vasco, sino en la plural sociedad realmente existente hoy".

En el mismo sentido, el historiador Javier Corcuera considera un dato positivo el que, por primera vez desde el inicio de la transición, "la atención del electorado no se limite a los problemas internos de Euskadi, sino que contemple estos en relación a la posibilidad de un cambio político general..." Esta dimensión de las elecciones "dificulta una nueva campaña centrada en la oposición Euskadi-Madrid" y, si los resultados confirman el progreso socialista, permitiría "sustituir la actual bipolarización nacionalistas-estatalistas por la oposición derecha-izquierda, que no sólo tendría un efecto racionalizador de la vida política, sino que favorecería la aparición de una alternativa progresista al actual proyecto nacional representado por el PNV". Para Corcuera, esa alternativa progresista "sólo puede venir de las fuerzas que consigan aglutinar en torno a un proyecto común partidos como el PSOE y Euskadiko Ezkerra".

Este último partido constituye en bastantes aspectos el reverso de HB. Con un origen común, sus trayectorias han sido tan claramente divergentes que cualquier posible encuentro entre EE y HB habría que interpretarlo como el producido entre quien va a un lugar y quien regresa de él. Del conglomerado de fuerzas que inicialmente convergieron en HB, los partidos ESB, LAIA y un sector de ANV se separaron hace tiempo de la coalición (si bien tales rupturas no tuvieron repercusión electoral alguna). Por el contrario, EE, nacida de la reconversión en partido de un sector de ETApm, ha conseguido aglutinar a sectores procedentes de diversas corrientes y, en particular, al sector del PCE que siguió a Lertxundi.

Su discurso político se ha centrado, en el último período, en dos ideas fundamentales: la necesidad de suscitar una dinámica capaz de dar salidas viables al problemas de la violencia y la necesidad de definir un terreno político de encuentro entre las corrientes socialista y comunista, por una parte, y la izquierda nacionalista y no nacionalista, por otra. Este último aspecto suponía un corte radical con la tradición asimilacionista del nacionalismo en general y de la izquierda abertzale en particular.

El punto de vista clásico de la izquierda abertzale era, no hace mucho, expresado por uno de sus principales ideólogos, Emilio López Adán, Beltza, de esta forma: "Creo que poco a poco se va decantando la idea de que un partido obrero independentista no puede representar a toda la clase obrera del País Vasco (y, a la inversa, tampoco lo puede otro españolista), y que la unidad obrera ha de hacerse partiendo de la existencia de dos clases obreras nacionalmente diferentes, cuyos combates tienen amplios intereses comunes, ninguna contradicción antagonista... y objetivos diferentes en diversos aspectos ligados a la cuestión nacional" (Beltza, Nacionalismo vasco y clases sociales, 1976).

Euskadiko Ezkerra, que cuenta con seis diputados en el Parlamento vasco (frente a once de HB y nueve del PSOE), es, sin embargo, el único partido que ha mantenido una línea ascendente regular en las sucesivas convocatorias electorales (61.000 votos en 1977, 82.000, en 1979; 90.000, en 1980). Pero, sobre todo, su peculiar situación en el mapa político le convierte, según confirman diversas encuestas, en la segunda opción electoral de una gran parte de votantes actuales tan heterogéneos como el PNV, HB, PSOE y PCE. De ahí, por una parte, el carácter de alternativa a largo plazo que trata de resaltar EE en su campaña, y, por otra, el papel de potencial armonizador entre diversas corrientes que puede jugar este partido.

Respecto a la campaña electoral como tal, es fundamental, en opinión del rector de la Universidad del País Vasco, Gregorio Monreal: "Que el imprescindible compromiso intelectual poselectoral que permita un rápido desarrollo del estatuto de autonomía no se frustre por una campaña visceral que haga imposible cualquier acuerdo posterior". Junto a ello, sería de desear, en opinión de Monreal, "que esta campaña lo fuera ante todo de educación del ciudadano en torno a cuestiones como la falta de soluciones milagrosas a la crisis económica, los reales riesgos existentes para el sistema democrático, la consideración de a quién favorece el redicalismo en este momento, y, sobre todo, para predicar la tolerancia que, si es necesaria en cualquier parte del mundo, es imprescindible en un país tan plural, por tantas razones, como Euskadi".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de octubre de 1982

Más información