Tribuna
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Para que no quede piedra sobre piedra

Cuando el emperador romano Nerón, en una de sus bacanales gastrolíricas, fue informado, allá por el año 71 antes de Cristo, de que los judíos de Jerusalén habían humillado a su representante, Cestio Gallo, llamó al general Tito Flavio Vespasiano, y en un arranque de cólera le dijo: "Ve, e inflígeles un castigo ejemplar que nunca olviden. Que de Jerusalén no quede piedra sobre piedra".En ninguna parte del mundo como en esa que constituyen hoy Líbano, Israel y Palestina (ausente), sigue más vigente y desenfadadamente aplicada aquella manera de enfocar las relaciones humanas tipificadas desde los tiempos del incendiario de Roma por el "que no quede piedra sobre piedra", o la versión contemporánea judía de "ojo por ojo, diente por diente".

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"Que no quede piedra sobre piedra, cabeza sobre los hombros" parece ser el objetivo perseguido desde hace siete años ya por las comunidades que comparten los escasos 10.400 kilómetros cuadrados que una vez fue un país llamado Líbano.

Pistolas desde la infancia

El asesinato del recién electo presidente libio, Bechir Gemayel, cuya elección a la Presidencia de la República, forzada hace un mes por las ametralladoras del Partido Falangista, abre lo que de todas maneras desde su elección parecía que habría de llegar: la última etapa, hasta el exterminio total, de la guerra civil inaugurada el pasado 13 de abril de 1975 con una misa.

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Hace unos días, el rey Hassan II de Marruecos, con una frase acertada, decía que "el libanés que no recibe una pistola desde su más tierna infancia vivirá siempre con un complejo de inferioridad". En Líbano no existen libaneses que no posean esa pistola.

El asesinato de Bechir Gemayel era, hasta cierto punto, previsible, de acuerdo con las costumbres no escritas de la sociedad libanesa actual. Con él se acelera el inicio de ese exterminio que se anticipa. La humanidad entera debe saber en estos días que en aquellos reducidos espacios, donde los problemas que se originan en la Biblia se mezclan con los de los tiempos modernos, está en marcha desde hace siete años una absurda batalla en la cual los hombres se matan como en los tiempos de la horda y del clan.

Y ¿qué defienden los unos y los otros? En realidad, y como siempre en los conflictos del Próximo Oriente, cada confrontación nos lleva siempre a los orígenes. En el caso de Líbano, éstos son la creación artificial por Francia y el Reino Unido de un país en 1943 con las comunidades en su mayoría heréticas, chiita, maronita, drusa, que desde los tiempos más remotos se habían refugiado en el monte Líbano.

El pacto nacional de 1943, cuando Líbano accede a la independencia, frustrando las aspiraciones de quienes abogaban por la integración en Siria, no es más que un modus vivendi interconfesional, mediante el cual los musulmanes (sunitas, chiitas y drusos) renuncian al arabismo, y los cristianos (maronitas, griegos ortodoxos, griegos católicos, romanos apostólicos, y así hasta dieciséis comunidades) desisten de la protección de Occidente.

Reparto político entre religiones

El inspirador del pacto es un banquero, periodista y ensayista, Michel Chiha, quien ese mismo año escribió: "Líbano es un caso singular, y la humanidad debe comprenderlo así". Esa singularidad se tradujo, a efectos prácticos, en un original reparto del poder político y administrativo. La Presidencia de la República, para los maronitas, la jefatura del Gobierno, para los sunitas, y la presidencia del Parlamento, para los drusos.

A partir de 1958, el general Fuad Chehab, elegido entonces presidente, después de una primera guerra civil ese año, introdujo nuevas complicaciones confesionales mediante las cuales todos los cargos de la Administración, de primero, segundo y tercer grado, serían atribuidos en virtud de la misma jerarquización confesional. Todo el andamiaje proporcional reposaba sobre un censo francés de principios de siglo, que daba mayoría demográfica a los maronitas, seguidos de los sunitas, drusos, chiitas, etcétera.

Pero con el transcurso del tiempo esa proporcionalidad se modificó sensiblemente en beneficio de los musulmanes. Evitar la realización de un nuevo censo fue la preocupación constante de la comunidad maronita, que consideraba casus belli la simple mención de la idea.

Desde que la resistencia palestina entiende, a partir del fracaso árabe en la guerra de 1967, que ella debe asumir por sí sola la dirección de la lucha por recuperar Palestina, y entiende que para ello deben quedar a su disposición todas las fronteras de los países árabes con Israel, un nuevo inconveniente de talla se introduce entre las comunidades libaneses, favorables o contrarias a esa acción palestina.

Subsidiariamente, la fuerza armada de los palestinos, y su utilización ocasional para inclinar conflictos interlibaneses a favor de los musulmanes de izquierda propalestinos, lleva a la comunidad musulmana a una doble reflexión: la posibilidad de utilizar en beneficio propio ese ascendiente para proponer con seriedad la revisión del pacto de 1943, que privilegia a los cristianos, y la necesidad de utilizar esta amenaza palestina en sus cabildeos con los cristianos.

En estos siete años de guerra civil, agravados por la invasión israelí, todos se han enfrentado contra todos y entre sí. Las motivaciones originales han quedado diluídas. Cada kaid tiene ya sobre su conciencia un peso de sangre suficiente como para predecir que les aplastará a todos. Líbano no es más que un conjunto de taifas armadas que a veces no disponen de más espacio vital que un edificio de apartamentos. La guerra sólo ha conservado lo irracional.

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