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TEATRO /'EL CEMENTERIO DE LOS PAJAROS'

El cementerio de Benavente

Benavente con algún ramalazo de Galdós (esto es, Benavente). Quizá estemos condenados a permanecer en el benaventismo por no haber sabido crear, o fomentar, o aceptar, otros pasos adelante. El cementerio de los pájaros tiene de Benavente el retrato burgués de una familia aprisionada, encadenada a su propia tradición, a sus costumbres, a la tiranía impuesta, a "lo que debe ser", al encadenamiento inevitable de unos con otros. Tiene las frases de autor, las ironías -alfilerazos-, la teatralidad de algunas escenas. De Galdós, el ramalazo de crítica real -no imaginaria o desde dentro, como la de Benavente-, la entrada abierta a la libertad.En esta pieza hay tres planos. En el más alto -invisible- sugerido por una escalera empinada que trepa chácena arriba, el anciano que ha forjado esta familia, que pesa sobre ella, que la tiraniza: bajo él, se vive en el miedo y en la obligación. Viven los que están en el segundo plano: dos matrimonios, hechos por las circunstancias, sin amor, forzados, El tercer plano son dos jóvenes; la hija de uno de los matrimonios, y el que viene de fuera, medio pariente: tiranía, conformismo y esperanza. El anciano agoniza: al fin, muere. Los del segundo plano se querellan entre sí, se disputan la herencia, la casa. Los jóvenes pretenden abandonarlo todo, empezar de nuevo, disolver la anómala, viciosa, enfermiza familia. No pueden. Una de las mujeres dispara contra el joven: le mata. Y asciende ella, escopeta en mano, hacia el plano superior: es la sucesora, la que obliga a la continuidad...

El cementerio de los pájaros, de Antonio Gala

Intérpretes, Irene Gutiérrez Caba, Encarna Paso, Miguel Ayones, Gabriel Llopart, Emma Suárez, Manuel de Blas.Escenografía, Gerardo Vera. Dirección, Manuel Collado.Estreno, teatro de la Comedia, 17 de septiembre de 1982.

Y aquí, claro, ve todo el mundo la metáfora. El anciano es Franco, la casa es España, etcétera... Yo pienso que si Antonio Gala quisiera significar una determinada situación española, una reducción escénica de los males que nos aquejan, tiene la sinceridad suficiente para hacerlo directamente. Pero también es verdad que si no juega aquí alguna metáfora, algún mensaje, la comedia se quedaría en un reflejo de costumbres imposibles, en un embrollo de familia -de ahí Benavente-, con un final meramente disparatado, como es ese disparo mortal con la escopeta de la vitrina -como en los típicos dramas rurales, en los que en cuanto se veía la escopeta en el decorado se sabía cómo iba a terminar todo- y una situación congelada, en la que todo vuelve a comenzar como era en un principio. Pero si ese final es una metáfora, nos encontraríamos con una obra de pesimismo definitivo, de libertad imposible. Sólo el conocimiento absoluto de que Antonio Gala está siempre de parte de la libertad y del amor nos impide apurar el sentido negativo de esa metáfora. Firmada la obra por otro, significaría que no hay esperanzas para la libertad, que la solución no existe. Firmada por Gala no significa nada más que el crédito que le demos a su entereza y a su posición personal en la vida: y yo, personalmente, se lo doy con gusto.

La obra está construida con talento teatral. Hay escenas excelentes -el rosario en familia, por citar una-, otras muy endebles -el diálogo de amor entre los dos jóvenes-. El diálogo es una curiosidad lingüistica. Un enlace incesante de proverbios, frases hechas, voces figuradas y familiares, eufemismos onomatopéyicos, ronroneos, breves metáforas: especialísimo y arcaizante. Yo sólo he oído hablar de forma parecida a una abuela sevillana y alguna vieja tía solterona. Gala sería muy útil en la Academia por este vocabularío (espero y deseo que algún día lo sea, por esa y por más razones).

Los actores defienden bien sus papeles. Encarna Paso, Irene Gutiérrez Caba, contribuyen con su arte y oficio excelentes a dar vida a sus personajes: la frescachona, la dominante... También Gabriel Llopart. Los hombres tienen papeles más pasivos, menos vitales. Por eso sufre más Manuel de Blas para interpretar un personaje desairado, descompensado. Los dos jóvenes, como no tienen arte y oficio -ya lo tendrán-, desmerecen del conjunto. El director ha dirigido bien a los que ya eran buenos y mal a los que no lo eran. El movimiento de escena es correcto, y si falla hacia el final es por la inverosimilitud de la resolución del drama. El decorado de Gerardo Vera da la sensación requerida de viejo caserón decrépito.

El estreno en Madrid se hizo el viernes por la tarde, con taquilla abierta y pocos invitados. Fue entusiasta. Lo fue sobre todo con Encarna Paso y con Irene Gutiérrez Caba y, desde luego, claramente, con Antonio Gala, que salió a saludar con sus seis actores, y para quien hubo vítores y bravos como no se oían desde los tiempos de Benavente (y de otro de sus epígonos, Buero Vallejo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 1982