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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Una sanidad para la mayoría

PEDRO ZARCO y G. HERNANDEZ LESSEl artículo del doctor Rivera del 22 de julio sobre el "síndrome de los defensores de la sanidad pública" necesita, en opinión de los autores de este artículo, una contestación inexcusable. El propio título ya lo merece. Resulta que la defensa de la salud pública, algo que está implícito en nuestra Constitución, el derecho a la promoción de la salud, es un síndrome, o sea, una enfermedad.

Parece que no le cae bien al doctor Rivera la Constitución. Ya hace unos días al tomar posesión de su flamante cargo de presidente del Consejo General de Colegios Médicos (CGCM) hizo unas declaraciones claramente inconstitucionales.El "síndrome de los defensores de la sanidad pública" está caracterizado, como todo síndrome, por un conjunto de síntomas y signos: el síntoma debe ser la sanidad pública y los signos nosotros, sus defensores, con nuestras frustraciones, nuestra incapacidad, la afiliación o simpatías políticas de algunos y el compromiso apartidista de la mayoría, nuestro deseo de promoción por vías nuevas o anómalas (debe referirse a la vía democrática), etcétera, etcétera.

Doctor Rivera: dejemos la fórmula tan conocida del régimen anterior, de los insultos personales y vayamos a los hechos. Nosotros queremos racionalizar y apoyar nuestras instituciones. Tenemos una sanidad pública con «ingentes presupuestos" (de los cuales casi el 50%, se derivan hacia los conciertos -con clínicas privadas y gastos de farmacia, no lo olvide) que, naturalmente, necesita racionalización y clarificación, la misma actitud que la Diputación de Madrid ha preconizado en el Hospital Provincial. Nosotros, doctor Rivera, no estamos en contra de la medicina privada, simplemente defendemos una sanidad pública de su deterioro. La Seguridad Social, con sus defectos, es una herencia positiva del régimen anterior que queremos mantener a toda costa, así como el programa de residentes, las comisiones de especialidades, la optimización de la enseñanza de la medicina, etcétera, etcétera.

Y una de las cosas que queremos por encima de todo es la verdad. Decía Unamuno, en el célebre prólogo a Don Quijote y Sancho, que cuando algo no es cierto hay que gritar ¡mentira! y ¡adelante! Y es mentira, doctor Rivera, decir que usted sabe lo que cualquier paciente quiere : elegir el médico, exponerle largamente sus problemas, tener un examen detenido, resolver dudas nocturnas llamando a su médico por teléfono..., cuando oculta lo que el enfermo puede. ¿Quién puede acceder a esa medicina? Exclusivamente una minoría muy pudiente, que paga directamente al médico, y como el propio doctor Rivera sabe muy bien, incluso por anticipado. Nosotros abogamos por una sanidad para la mayoría, apoyada no en personas, sino en instituciones que garanticen las condiciones mínimas y aun máximas de la asistencia sanitaria, esto es: un lugar digno, un tiempo de dedicación suficiente al paciente, una técnica sofisticada cuando sea necesaria y siempre un control de calidad, como se hace en la mayoría de los centros médicos de Europa y Estados Unidos. Pero esto, para todo el ámbito del Estado español: red hospitalaria, ambulatorios que hay que reconvertir, medicina rural, medicina preventiva, etcétera, Una asistencia adecuada a la totalidad del país y no una asistencia limitada a una elite económicamente poderosa, que, por otra parte, ya la tiene.

Médicos frustados

En el país más rico del mundo, en Estados Unidos, hay más de diez millones de americanos sin asistencia médica. En nuestro país, que es mucho más modesto, queremos que nuestros recursos sanitarios lleguen al último español que le cupo en suerte nacer aquí. Pero, en cualquier caso, el modelo sanitario que se aplique es una opción política que decidirá el Parlamento.

Hasta aquí los términos objetivos en que se sitúa el problema. Pero hay algo más: el doctor Rivera ha sido elegido presidente del CGCM en unas elecciones en las que, como él mismo confiesa, la "opinión pública tiene pocas posibilidades de incidir", porque el cuerpo electoral está constituido por los 52 presidentes de los Colegios Médicos Provinciales: o sea, que son unas elecciones antidemocráticas, en las que no sólo la opinión pública, sino donde tampoco la opinión de los colegiados (medios anticonstitucionales obligados a cotizar para ejercer su profesión) tiene audiencia, ni mucho menos voto.

El doctor Rivera se ha aficionado a un tono provocador, madurado en la pugna personal contra la Diputación de Madrid, que lo ha sancionado por encontrar comportamientos y actividades fraudulentas. Cuando se pretende la descalificación personal y profesional mediante la invocación de posiciones ideológicas y políticas, se nos está remitiendo a los argumentos propios del más negro autoritarismo.

La actitud mantenida por el nuevo presidente de los colegios médicos nos confirma que éstos jamás han sido apolíticos, en contra de lo que sus propios dirigentes han tratado de hacer creer a los médicos a lo largo de los años. Es evidente, en este sentido, que el doctor Rivera está utilizando políticamente la estructura colegial en aras de su lanzamiento en el seno de Alianza Popular.

Se equivoca quien afirma que la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública tiene "muy pocas posibilidades de influir sobre los médicos españoles". Al contrario, cada día somos más los médicos que rechazamos unos colegios médicos antidemocráticos y no representativos, pues ya va llegando la hora de que dejemos de financiar las aventuras y veleidades de un tipo muy concreto de intereses médicos.

Si en algo hemos de darle la razón es cuando dice `que somos «médicos frustrados". Nosotros y la mayoría de los médicos españoles estamos frustrados, pero por motivos muy distintos. Nosotros porque hemos comprobado el continuo deterioro que sufre nuestra sanidad, la dificultad cada vez mayor que existe de realizar una asistencia digna y eficaz en los centros públicos, y a la vez el avance continuado de los sectores profesionales que han hecho del fraude y la corrupción su modo de vida (le recomendamos que ojee los artículos dedicados a la situación de la sanidad canaria o algunos expedientes a médicos que en horas de trabajo en los centros públicos se dedicaban a la medicina privada), no es de extrañar que haya frustración ante tanta corrupción y tan poco interés de la Administración en acabar con ella. También hay otros médicos frustrados, ahí están los más de 18.000 parados que han visto frustrada su posibilidad de ejercer la medicina, al lado de otros que acaparan más de tres y cuatro puestos, en la mayoría de los casos con horarios notoriamente incompatibles. Por fin, hay otro grupo, bien que reducido, de médicos frustrados, los que han visto que su negocio de derivar enfermos del área pública a la privada se ha cortado de raíz, los que han empezado a observar una actitud de control, de exigencia dé dedicación completa y de eliminación de las innumerables corruptelas en las que hoy parasitan. Por lo que puede observar el doctor Rivera los médicos frustrados somos todos, o casi todos, pero por suerte, por motivos muy diferentes.

No quisiéramos que el ciudadano medio español se sintiera al margen de la polémica sobre un tema que tan directamente le atañe, para evitar esa marginación emplazamos a la organización médica colegial a un debate público que sirva para plantear el modelo sanitario que conviene a nuestro país y perfile el tipo de relaciones que tienen que darse entre la sanidad pública y la medicina privada. Entendiendo que este debate sólo podría darse en un contexto en que los argumentos racionales y científicos primen sobre las arrogancias y los insultos.

Además de los doctores Pedro Zarco y G. Hernández Less, suscriben este artículo L. Villanueva, M. Sánchez, J. Toledo, J. L Pedreira, doctora B. Zancada y A. Fernández Liria, todos ellos médicos y miembros de la junta directiva de la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de agosto de 1982