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Juan Lladó, una rara excepción de banquero

Liberal con profundo sentimiento religioso, encarcelado al finalizar la guerra, mecenas cultural... y, además, presidente de banco

"Aquí, hace pocos años, todavía se fabricaba la sal de fruta Heno, y se oían los rugidos de los leones del circo Price, encerrados en los sótanos. Todo lo cambió don Juan, que volvió a hacer de la casa de las siete chimeneas la joya del Madrid de los Austrias que siempre fue. Y ahora en ella hay grecos y goyas. Yo lo he visto". Lo cuenta un jubilado, enormemente digno, que toma el sol muchas mañanas en la madrileña plaza del Rey y que presume de haber conocido a don Juan. Y repite, con bastante desconsuelo desde hace unos días: "No parecía un banquero, no parecía un banquero...".

Naturalmente, don Juan era Juan Lladó y Sánchez Blanco, presidente de honor del Banco Urquijo hasta su fallecimiento hace ahora justo una semana. Un hombre desconocido para la gran mayoría de la sociedad, que asocia preferentemente el apellido Lladó al antiguo ministro de Comercio y hoy embajador de España en Washington, hijo mayor de Juan Lladó, el hombre que no parecía banquero y sin embargo lo era.Pese a este desconocimiento, muchos aseguran que Lladó ha sido una de las personas que más ha influido en este país, en los últimos cuarenta años, en las cosas verdaderamente importantes. Y ello teniendo en cuenta que sus relaciones con el anterior régimen no fueron nunca fluidas y lineales, sino llenas de picos de sierra marcados por desconfianzas y desentendimientos. "Don Juan fue un hombre que al acabar la guerra civil se encontró con su generación", cuenta uno de sus allegados con más de veinte años de trabajo conjunto. "Una generación perdida, que heredó un país rígido, poco proclive a ejercer la tolerancia, a generar liberalismo, en el sentido que siempre ha tenido ser liberal, no lo que ahora muchos entienden por ello. Y se dispuso a intentar cambiar ese estado de cosas, en el terreno económico, en la vida intelectual, en lo cotidiano, e indirectamente y a través de esos campos, en lo político".

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Juan Lladó no participó nunca en política. No es cierto que militara en el partido de Azaña como se ha dicho, ni siquiera se puede afirmar que fuesen amigos. Sin embargo, en un tiempo en el que ser liberal significaba no ser monárquico y defender el poder constituido democráticamente -Juan Lladó participó en la redacción de la Constitución de 1931 -, ello era suficiente para ser sospechoso. La guerra civil pilló a Lladó en Madrid, donde según todos los testigos ayudó a mucha gente en peligro a salir de él, a riesgo de su propia vida. El recordaba que en esta actividad le ayudaron mucho algunos empleados del Urquijo, afiliados a UGT. Luego hubo de trasladarse a Barcelona, donde vivió el final de la contienda y fue juzgado por el bando franquista en proceso sumarísimo por "auxilio a la rebelión". Como abogado se autodefendió; sin embargo, fue condenado y permaneció más de un año en la cárcel, conviviendo en ella con militantes de las más diversas familias del bando republicano. Luis Urquijo y Landecho, marqués de Bolarque, fue uno de los principales valedores a la hora de conseguir la libertad.

Liberal y católico

Tomar partido por la legalidad republicana fue, además de un detalle de buen gusto, una actitud coherente en la vida de Juan Lladó, que se destacó también en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera desde la Asociación Profesional de Derecho. "Don Juan siempre fue un demócrata sustentado en dos pilares: el liberalismo, que heredó de su padre, y un profundo sentimiento religioso transmitido por línea materna", dice un compañero casi de su misma edad. Y apoya su testimonio en muchos testigos. José Luis Aranguren, Javier Zubiri, Severo Ochoa, Grande Covián, Joaquín Garrigues, Ramón Carande, Dionisio Ridruejo, Trías Fargas, García Añoveros, los hermanos Solana, Ramón Tamames, José María Maravall, Julián Marías, Gonzalo Anés, Pi Suñer, Justino Azcárate, Dámaso Alonso, Pedro Laín, Luis Usera, etcétera, son algunas de las personas que se han reconocido amigos -en el sentido más profundo del término- de Juan Lladó.

Tras la experiencia de la cárcel, Lladó volvió nuevamente al Urquijo de asesor. Formaba parte de un consejo constituido por una buena parte de los discípulos de Flores de Lemus, entre los que destacaba Ramón Carande. Lladó fue pronto en ese consejo un primum inter pares. En los primeros años cuarenta es nombrado consejero delegado de la entidad financiera. Su primera decisión fue abandonar todos los consejos de administración de las sociedades a las que había estado ligado hasta el momento (Tranvías, Tabacalera,...) para dedicarse en exclusiva al Urquijo, lo que le diferencia del resto de los banqueros de aquella época y de la actual. "No entendían su forma de ser banquero", explica un economista que ha estudiado los años cuarenta.

El pacto de las Jarillas

Sin embargo, la operación bancaria de más trascendencia de las que realizó Lladó fue el "pacto de las Jarillas" firmado en 1944. El primero de enero de 1918 nacía el Banco Urquijo sobre la base de la Sociedad Urquijo y Compañía, de tipo estrictamente familiar. A principio de los cuarenta se produce una escisión familiar en el Urquijo y el Banco Hispano Americano toma la participación de los escindidos. El marqués de Bolarque, presidente del Banco Urquijo, veinticinco años después del "pacto de las Jarillas", lo explicaba así en la junta general de accionistas: "Dictada la ley de incompatibilidades, el Banco Hispano Americano y el Banco Urquijo nos hemos dirigido a la autoridad competente, solicitando que se considere a estas dos instituciones vinculadas entre sí; y como no podía ser menos, la respuesta ha sido afirmativa. Los dos bancos están vinculados ya desde hace veinticinco años. La carta de esa vinculación es el llamado 'protocolo de las Jarillas', firmado por el marqués de Aledo y el marqués de Urquijo el 7 de julio de 1944. Se estableció entonces, como sabéis ya, un sistema de colaboración íntima, fundado en el pleno respeto a la personalidad de cada una de las dos casas y en la fisonomía preferentemente comercial del Hispano y preferentemente industrial del Urquijo".

La industrialización

El Urquijo se dedicará desde entonces al sector secundario, convirtiéndose en el primer banco industrial del país, línea en la que seguirá hasta la crisis económica de 1973, época en la que Juan Lladó es nombrado presidente del banco y Jaime Carvajal y Urquijo, consejero-director general del mismo. La idea de reindustrializar España, arrasada tras la guerra civil, fue obsesiva en Lladó. Fruto de esa obsesión fue el intento de crear en España una sociedad automovilística similar a la FIAT en Italia. La aparición de SEAT de la mano del Instituto Nacional de Industria, fue precedida del intento del Urquijo de hacer suyo el boom del seat 600.

Las relaciones del franquismo con Juan Lladó fueron difíciles no sólo en sus comienzos, sino en su largo recorrido. No podía ser de otro modo en un régimen que odiaba la cultura y perseguía a los intelectuales. Juan Lladó gustaba de decir que era algunas cosas "y además banquero". Su corazón estuvo siempre mucho más en la cultura que en las finanzas, aunque compatibilizase ambas. En las conversaciones con los demás consejeros del Urquijo afirmaba que "esta casa tiene que hacer cultura y además, dar dinero".

Muchas de las personas citadas anteriormente participaron en la aventura intelectual que supuso la Sociedad de Estudios y Publicaciones y luego la Fundación Banco Urquijo. Catedráticos que fueron alejados de sus cátedras por motivos políticos, científicos con dificultades económicas para sobrevivir, filósofos nada pragmáticos y difíciles de entender (por ejemplo, Zubiri), tuvieron abiertas las puertas del Urquijo para sus investigaciones. Tamames publicó en su seno La estructura económica de España, Carande investigó su obra sobre Los banqueros de Carlos V, y Trías Fargas volvió del exilio de la mano de Lladó, por poner ejemplos significativos. El banquero era muy consciente de que su generación necesitaba de libros además de automóviles y créditos.

Todo ello hay que contemplarlo desde la perspectiva de los años cuarenta y cincuenta. Ahora hay más fundaciones de capital financiero que apoyan la cultura. Entonces, la Sociedad de Estudios y Publicaciones actuó en solitario, atrayendo las iras de los falangistas gobernantes. El propio Franco llamó en más de una ocasión a Lladó apercibiéndole sobre la actividad intelectual del banco. Al general le era muy difícil comprender cómo en la banca, matriz del capitalismo, se daba cobijo a tan peligrosos ejemplares políticos como Carande, Marías, Ochoa o Grande Covián.

Fundador de 'Cruz y Raya'

Sin embargo, el hambre cultural de Lladó tampoco era nuevo. Fuee fundador y financiador de la histórica revista Cruz y Raya, que dirigió José Bergamín, junto con un grupo de católicos progresistas como Semprún o Falla. Mucho más adelante creó Moneda y Crédito, y cuando el anterior régimen permanecía aislado del exterior y boicoteadas sus instituciones, firmó acuerdos de colaboración con la Fundación Ford y con la Universidad de Oxford.

Estas vivencias fueron las que ocuparon los últimos años de su existencia. Cuando se jubiló en 1978 -a los setenta años, otro rasgo inusual en los banqueros- y fue nombrado presidente de honor del Urquijo, acentuó su interés por la cultura. Acudía todos los días al banco, sobre las once y media de la mañana. Despachaba sus asuntos y aconsejaba en los grandes temas a los directivos del banco. Las tardes las dedicaba por entero a acudir a conferencias, leer libros o conversar con sus amigos. Siempre trabajó "peripatéticamente", de pie y sin papeles; presumía de no conocer la operativa bancaria moderna. Era intuitivo más que científico. Acudía a descansar a temporadas a su finca La Alcaidesa, en San Roque. Pero jamás se hubiese perdido el homenaje a Ramón Carande.

Toda una personalidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de julio de 1982