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Crítica:

Pavlovsky presenta en Barcelona su largo cabaré 'de partcipación'

Pavlovsky en concierto es el último espectáculo de Angel Pavlovsky estrenado en la Cúpula Venus, de Barcelona, el pasado miércoles día 26. Se trata de un largo espectáculo -tres horas- de cabaré, en el que desde un sencillo escenario se invita al público a una participación, a la que éste se entrega con entusiasmo, sin resistencia.Pavlovsky ha transformado la morcilla en espectáculo. Lo que ofrece la Cúpula Venus es una inmensa y disparatada morcilla, nada improvisada, por otra parte, en la que se integran, como elementos de un discurso zigzagueante, desde el sonido de una botella que rueda por los suelos al espectador que no aplaude, como pide Pavlovsky, en el momento que él indica, aunque, todo sea dicho, esto es un caso extraño.

No hay que buscar más que lo que es: un espectáculo de cabaré al que el público acude con ganas de reír y participar. Se le ofrece precisamente lo que pide. Ni más ni menos. Las breves alusiones a la actualidad son el adobo de última hora: Soledad Becerril y las Malvinas, Margaret Thatcher y el Mundial no forman parte del montaje, lo sazonan y lo actualizan. Pero el grueso de la actuación es absolutamente intemporal.

El humor de Pavlovsky, con el que el público sintoniza, es tan sencillo e incluso más que el escenario y el decorado. Chistes más o menos alargados y desdoblamiento del discurso, enfrentando el lenguaje del Hola! con el taco salido de madre.

Hay luego un juego, también lingüístico, que pretende evidenciar cuanto de hipócrita hay en las declaraciones públicas del mundo de la farándula ilustrada: cobros, porcentajes, envidias encubiertas, historias artísticas inventadas e inverosímiles. El conjunto, pese a las tres horas de la duración del montaje, lo aguantó bien la mayoría del público, que incluso pidió un bis al finalizar el espectáculo. Guión no hay ni tiene por qué haberlo.

La provocación constante al espectador llegaría a ser agobiante en cualquier otro lugar, y el propio Pavlovsky la prodigaba mucho menos en espectáculos anteriores, potenciando otros aspectos, aquí descuidados; pero, a juzgar por lo visto, es lo que el público pedía, y ya se ha dicho que Pavlovsky en concierto es, fundamentalmente, la integración en el discurso de lo que pasa en la sala.

El actor se desmanda, pero el público le sigue; como en una de las últimas escenas, en la que pide que le muerdan y no menos de seis espectadores lo hacen a un tiempo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de mayo de 1982