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Samir Mayed: "Estaba decidido a acabar con Baruch Cohen, aunque fuese utilizando un cuchillo"

Cuando en aquella mañana soleada y templada del viernes 26 de enero de 1973 un hombre, joven y menudo, según los testigos, corría Gran Vía abajo en dirección a la plaza de España, en Madrid, los transeúntes debieron pensar que se trataba de alguien muy apresurado o, todo lo más, de algún ladronzuelo sorprendido in fraganti. Nadie sospechó que aquel estudiante palestino residente en Sevilla acababa de culminar una aventura sin parangón al asesinar a Baruch Cohen, alias Moisés Yshai Hanan o Euri Molo, de 37 años de edad, el más alto oficial de los servicios secretos israelíes muerto en acción desde la fundación del Estado hebreo en 1948. Pero antes de morir pronunció un nombre que sólo oyeron médicos y policías y que la Prensa española nunca publicó, el de su asesino: Samir Mayed Ahmed, que poseía un título de viaje jordano. La historia de este atentado, que nueve años después publica EL PAIS, es la de la crisis de conciencia de un palestino que, tras ser reclutado por un servicio israelí, se rebela contra sus nuevos patronos, representantes, según él, de un país, Israel, que oprime a su pueblo.

Baruch Cohen, que se hacía llamar Moisés Yshai Hanan, era un agente muy peligroso, un hombre cuyos planes podían perjudicar mucho a España y torpedear las relaciones entre Madrid y los países árabes.El 5 de julio de 1972 recibí en Sevilla, donde yo estudiaba medicina, un telegrama firmado por un tal Euri Molo en el que se me indicaba que debía esperar una llamada en la Telefónica esa misma tarde. Hablé con él y me dijo que venía de parte de mi familia, en la tierra ocupada por Israel, y que me enviaría un billete de avión para que me reuniera con él en Madrid.

Así ocurrió. Nos encontramos en el Hotel Luz Palacio, a las cinco de la tarde del día siguiente. Allí me entregó una carta de mi familia.

El texto de la carta no decía nada importante. Mi padre me pedía que ayudara al portador como a un turista que no conoce el país. Noté que la carta había sido escrita a la fuerza, ni siquiera estaba firmada. Era completamente distinta de las que me mandaba mi padre.

Le pregunté qué podía hacer por él. Y él me contestó preguntándome a su vez mi opinión sobre el problema de Oriente Próximo. Empezó a hablar de la fuerza de Israel y de que los árabes no tienen nada que hacer ante ella ( ... ), y por fin me habló de mi situación económica y me ofreció ganar mucho dinero.

"¿A cambio de qué?", pregunté.

"Sólo te pedimos información, de vez en cuando, sobre los árabes de España".

Dije que lo pensaría. Al día siguiente nos encontramos en la cafetería del Hotel Zurbano, siempre en Madrid. Yo había decidido seguir el juego.

"¿Y si me descubren?", pregunté.

"No te preocupes Samir, dijo él, te mandaremos a cualquier sitio del mundo. Además, aquí te ayudará mucha gente".

Dinero y una dirección

Me entregó inmediatamente cien dólares y, quedamos en escribirnos. Me dejó una dirección de París.El empezó a escribirme y me pedía siempre en sus mensajes que acudiese a un hotel y esperase allí una llamada telefónica. A menudo sólo me daban una orden: ir a otro hotel... para que me llamasen allí. Siempre me pedía las informaciones por teléfono. El hablaba árabe a la perfección.

Todos los informes que yo le di fueron falsos.

Le ví por segunda vez alrededor del 13 o 14 de septiembre de 1972. Me pidió entonces que fuera a la Oficina de la Liga Arabe en Madrid -entonces en la calle del General Sanjurjo, ahora José Abascal- para que hiciese un plano del local, y al día siguiente tuve que hacer la misma gestión en la Embajada de Irak, en aquel tiempo, en la calle de Velázquez. También me pidió que introdujese varias cartas por debajo de las puertas de algunas embajadas árabes.

"No puedo hacer eso", le dije. "Se me notará el miedo y me descubrirán".

"Bien", contestó él. "No te preocupes, sólo quiero que me informes de las reacciones entre los árabes cuando lleguen esas cartas".

Supe después que eran cartas de amenazas de muerte que recibieron algunos embajadores árabes acreditados en Madrid.

Interés por Libia

El 17 de noviembre de 1972 nos vimos otra vez en el Hostal Toledo, en la calle del Conde de Romanones, y me preguntó si yo conocía a alguien en la Embajada de Libia. Respondí que no y él me pidió que le relacionase con alguien que conociera a diplomáticos libios y pudiera proporcionar información sobre la residencia que tendría en España un dirigente libio que iba a visitar el país.Supe más tarde que la policía española había detectado en Barcelona un paquete-bomba enviado a un miembro del Consejo Revolucionario Libio, Abdel Moneim Al Honi, alojado en un gran hotel de la ciudad catalana, a la que había acudido para hacerse examinar la vista en la clínica del doctor Barraquer.

El 19 de noviembre me informó que debía enviarme a Beirut, "pero antes", agregó, "tenemos que entrenarte, debes aprender varias cosas".

Me enseñó a escribir con tintas simpáticas elementales a base de alcohol y aspirina y también a usar un sistema de cifra. También me entrenaron en el manejo de una emisora de alta frecuencia. Esto lo aprendí en un sótano comercial de una compañía llamada Iberia Mart, en la avenida del Brasil, en Madrid (*).

Se me informó de que antes de dejar España tenía que "demostrar mi valía".

"¿Cómo?, pregunté yo.

"Acabando con una persona".

Ellos me prometieron que me facilitarían el trabajo, me aseguraron que no me ocurriría nada y que me sacarían del país sano y salvo.

Yo iba a disponer de "todo lo que necesitaba de ahora en adelante".

Por entonces ya no podía resistir más. Estaba decidido a acabar con él aunque fuera utilizando un cuchillo.

La última cena

El día 24 de enero de 1973 cenamos juntos en la cafetería Nebraska, en la Gran Vía, y dimos un paseo. Me preguntó entonces si sabía manejar una pistola. Contesté negativamente. Me preguntó también si estaba dispuesto a cumplir con mi misión, y contesté que sí.Al día siguiente nos encontramos en la cafeteria Manila, siempre en la Gran Vía, a las diez de la mañana. Tomamos un taxi y fuimos al hotel Cuzco, donde él se alojaba, según supe entonces, en la habitación 1003. Pero estuvimos en la habitación 1001, donde se encontraba otra persona cuyo nombre nunca supe. Era alto, corpulento y rubio, y hablaba conmigo en español, y con Euri Molo, en hebreo. Me dieron una pistola cargada con balas de fogueo, según me contaron después. El me dijo que "había aprobado", y recibí allí mismo auténtica munición. Nos citamos a las diez de la mañana del día siguiente en la cafeteria Manila, junto a la plaza del Callao, y me pidió que no llevara encima la pistola.

Se me advirtió que sería "nuestro último encuentro", en el que me diría qué tendría que hacer exactamente y con quién debería entrar en contacto. Para mí era, pues, mi última oportunidad. No pude dormir aquella noche. Salí de la pensión donde me alojaba y fui a la Casa de Campo, donde hice un disparo con el arma contra un árbol para asegurarme de que funcionaba.

Llegué antes que él a Manila y le esperé sentado en la barra. Llegó, tomó un café y me hizo con la cabeza una discreta señal para que saliera tras él. Era mi oportunidad. Ya en la acera, me acerqué a él y disparé.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de mayo de 1982

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