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Marxistas y cristianos, hoy

En el informe presentado por Santiago Carrillo ante el X Congreso del Partido Comunista Español (informe posteriormente aprobado) se hace esta afirmación: «Otro factor de la escena internacional es el papel que está asumiendo el Vaticano en su apoyo a partidos confesionales y para devolver a la Iglesia su tradicional papel de grupo de presión interfiriendo en cuestiones internas de los países como la enseñanza, el divorcio y el aborto, lo que supone un freno a la lucha de los cristianos de Latinoamérica».Inmediatamente, el diario católico Ya contesta en editorial del 1 de agosto: «El PC niega a la Iglesia su condición de mentora de los temas morales y niega, por tanto, la libertad religiosa... El apoyo a los partidos supuestamente confesionales es algo que podrá ser discutible incluso cuando se plantea la realidad de ese apoyo. Ejemplos como los de Italia, con la Democracia Cristiana en el poder, y donde han pasado leyes como la del divorcio y el aborto, no abonan precisamente la tesis del apoyo del Vaticano a los partidos. O, seguramente, ese apoyo es tan débil que no sirve para nada. Imaginémonos en España...».

El tema «relaciones entre marxistas y cristianos» necesita un relanzamiento y una puesta al día. Quizá haya que establecer por anticipado una hipótesis de trabajo para ver si después cuadra la conclusión del silogismo.

Esta hipótesis de trabajo concierne tanto al marxismo como al cristianismo: no es lo mismo cuando a uno y a otro se les considera y se les evalúa en su situación fuera del poder que en su ubicación en el poder. Cuando en los años sesenta, siguiendo los consejos de Juan XXIII, los católicos abrieron confiadamente las puertas y las ventanas, sin miedo a aires supuestamente inficionados, se encontraron de frente con hombres de carne y hueso: que no tenían rabo ni olían a azufre. Cristianos y marxistas nos dimos un sincero apretón de manos, empezamos a dialogar sin miedo y no teníamos el menor temor de llegar a conclusiones imprevistas. A decir verdad, tanto el marxismo como el cristianismo salieron de aquella confrontación con un rostro diferente.

Sin embargo, los respectivos «aparatos» no se comprometían directamente: a lo más, dejaban hacer y estaban a la expectativa de los resultados. A decir verdad, por parte cristiana no faltaron representantes de todas las confesiones e incluso miembros de cierta altura en la jerarquía correspondiente. Por parte marxista, teníamos facilidad en dialogar con los occidentales y, superando algunas dificultades, con los ciudadanos de los llamados «países satélites»; pero yo al menos (que estuve presente en casi todos aquellos diálogos) nunca tuve el gusto de poder dialogar con un soviético de carne y hueso.

Dos corrientes distintas

Resultado de estos diálogos fue que la misma teología cristiana quedó profundamente marcada. Dos corrientes fundamentales la atravesaron en este sentido: la primera pretendía que el análisis marxista, en lo que tiene de científico, esa una mediación necesaria y casi única para la misma proposición teológica; era una especie de reduccionismo marxista aplicado al método teológico. La segunda solamente afirmaba que, hoy por hoy, la teología no puede pasar de Marx y de sus derivados, sin que esto suponga subordinación o reducción al marxismo como única o preponderante vía de reflexión teológica. Yo mismo seguí esta segunda corriente, rechazando el reduccionismo marxista de la primera.

Lógicamente, este reduccionismo produjo alarma en la conciencia cristiana, ya que la fe parecía padecer un complejo de inferioridad frente al marxismo, como ayer lo tuvo frente al cientifismo o frente a la razón. De aquí que se multiplicaran los tratados apologéticos defendiendo la viabilidad de la fe cristiana en un mundo marxista. Naturalmente, una buena parte del aparato eclesial se replegó a sus campamentos de invierno para reforzar los pertrechos en una lucha nueva e insospechada.

Pero, por otra parte, a otro nivel muy distinto, los distintos aparatos -cristiano y marxista- iniciaban, no un diálogo, sino unas negociaciones para mejorar las relaciones entre poder y poder. Tanto los Estados sedicentes marxistas como el propio Vaticano reconocían que tenían enfrente a una fuerza poderosa, con la que tenían que contar en caso de emergencia. Y así nació la ostpolitik vaticana y la política de apertura a las Iglesias por parte, sobre todo, de la Unión Soviética. Naturalmente, en estas negociaciones se hacen concesiones mutuas -do ut des-, en virtud de las cuales, por ejemplo, el Vaticano pondría sordina a su condena del comunismo y la Unión Soviética permitiría una acción eclesial directa del Vaticano, principalmente en las zonas soviéticas, donde el catolicismo es importante, y en los diversos países del Este, donde igualmente la Iglesia católica tiene firmes posiciones.

La Iglesia y el Partido Comunista

Pues bien, partiendo de esta hipótesis de trabajo, podremos hacer una evaluación de las críticas mutuas que se lanzan entre sí Iglesia y Partido Comunista. Cuando Ya, en el citado editorial, afirma que «divorcio, aborto y enseñanza son parcelas de primera categoría que la Iglesia no puede omitir en su enseñanza», lleva toda la razón. Y cuando Santiago Carrillo advierte que la Iglesia «está interfiriendo en cuestiones internas de los países como la enseñanza, el divorcio y el aborto», lleva igualmente más razón que un santo (¡con perdón!). Pero lo malo es que cada uno debe considerar desde qué posición está haciendo la acusación o la defensa. Si la Iglesia se presenta con ropaje de poder -como ha sido el caso del partido confesional de la Democracia Cristiana en Italia (que tantas ovejas ha dispersado del redil)-, entonces habría que impedirle tajantemente lo que no solamente es un abuso de poder o alianamiento de morada, sino una traición a su propio origen evangélico. Pero si la Iglesia actúa solamente desde su posición profética y evangélica, entonces al poder de turno no le queda más remedio que... rascarse cuando le pique (y eso, en virtud de la propia ley constitucional de libertad de pensamiento y de expresión).

Y lo triste es comprobar que, a lo largo de la lucha por los pobres del mundo, marxistas y cristianos se entendían a las mil maravillas. Pero cuando «lo marxistai se concentra en un determinado aparato, aparecen las disfunciones: mientras los respectivos «aparatos» establecen «cordiales relaciones diplomáticas», las bases luchadoras de antaño reciben a veces excomuniones por partida doble. Y es que Marx se equivocó: no son los proletarios de todo el mundo los que se unen, sino los aparatos de poder, cualquiera sea su origen y color.

José María González Ruiz es teólogo y canónigo de la catedral de Málaga.

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