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Tribuna:

El error del señor gobernador

La contestación del señor gobernador del Banco de España a mi artículo «El salario del miedo» tiene el indudable valor de fomentar la polémica sobre la interpretación de la crisis. Vaya por delante mi agradecimiento a sus observaciones, que también lo son a su propio discurso, así como el que haya tenido la amabilidad de facilitar a la opinión pública un cuadro que viene a avalar mis tesis.En efecto, del análisis de sus afirmaciones se desprende:

1. Que se pueden manejar tres fuentes para hablar de crecimiento salarial. Dos provienen del INE (la encuesta de salarios y la contabilidad nacional);, la otra, del Ministerio de Trabajo (la estadística de convenios colectivos). Las otras dos que se citan (las series de la OCDE y la del Banco de Pagos) son cálculos de organismos que trabajan con materia prima española.

El problema estriba en cuál es la mejor fuente. Para responder a esta cuestión, quien tiene la palabra es el INE. La encuesta de salarios ha sido objeto de críticas metodológicas serias en sus tres variantes; la de convenios presenta limitaciones, pero las señaladas en la contestación del señor gobernador se han corregido a partir de los pactos de la Moncloa, que, como es sabido, se negociaron sobre masa salarial. Un dato complementario es que la muestra respectiva es de 3.614.000 asalariados en la encuesta del INE ( segundo trimestre de 1980) y de 5.912.000 en los convenios (noviembre de 1980).

2. Que el índice de precios industriales es un divisor muy discutible para deflactar, y no soy el primero en decirlo. Aplicando el índice de precios al consumo, salen resultados mucho más próximos. Por eso, no se comprende cómo la respuesta a mis argumentos puede ser decir que el abanico de crecimiento salarial oscila entre un 86% y un 7%. Habrá razones que lleven a escoger una cifra como la explicativa.

3. Que la caída del empleo sigue sin explicar el estancamiento de la participación de los asalariados en la renta nacional. Para hacer aceptable la hipótesis de la explosión salarial, el empleo tendría que haber caído entre un 8% o un 9%, y no un 3,5%. Por otra parte, si hubieran crecido tanto los salarios, al representar los mismos el 70% de la demanda final, el consumo habría crecido de tal manera que la actividad económica -el PIB- hubiera aumentado en un 6% anual acumulativo. Ojalá hubiera sido así, pues no hubiera habido paro ni estancamiento.

Pero vayamos al fondo de la cuestión. Parece que lo que más ha molestado es mi afirmación sobre la falsedad de los datos.

Mi frase literal era «que estos datos, según las mismas estadísticas del Banco de España, son falsos». Conste que sólo he utilizado informaciones que aporta el banco, aunque éste no sea el responsable de su veracidad y fiabilidad. Lo es su elaborador, el INE. Por tanto, si falsedad es, según el diccionario de. la Real Academia, «incierto y contrario a la verdad», las conclusiones en forma de cuadro son falsas. No he escrito que sean mal intencionadas, que es otra cosa. Pero el problema reside en que el cuadro de «tecnología suiza» es la piedra angular del discurso del señor gobernador, y así lo ha captado la Prensa y la opinión pública, por la masiva difusión que se le ha dado.

Para hacer un examen sobre la variación de la situación de España en el período 1973-1980, y examinar la variación de su situación en la relación real de intercambio, habría que haber tenido en cuenta no sólo los salarios, sino también la productividad y los aumentos de precio por encima de la media de los inputs importados (en este caso, el petróleo fundamentalmente). Para ello, es preciso, previamente, una depuración de la EPA (Encuesta de Población Activa), que ha sufrido, variaciones en 1976, en 1978 y en 1980, ya que se ha sacado a los que hacen el servicio militar, ajustándose a la baja, y se ha extraído a los menores de catorce y quince años. Igualmente, para utilizar la encuesta de salarios se debe escoger, en vez del avance, los datos definitivos, porque hay diferencias de cuatro a ocho puntos, y ajustar la serie de la contabilidad nacional. Con ello, se llega a resultados, una vez más discrepantes, pero que hay que tener en cuenta. La conclusión a la que se llega teniendo en cuenta estos factores es que en el período1973-1980, ha habido un incremento de la remuneración real del 4,5% anual entre 1973-1976, del 0,9% en 1977, del 4,5 % en 1978, del 1,4% en 1979, y de un 2,3% en 1980. Datos que ofrezco con carácter provisional, pero que me parecen mucho más ajustados con la realidad. Sobre todo, plantean unos crecimientos sensiblemente paralelos entre remuneraciones y productividad, con un empeoramiento producido por el encarecimiento del petróleo. Y lo más importante, señalar la incidencia del cambio de política económica a, partir de 1977, y sobretodo, a partir de 1979, con la aplicación del AMI.

Tesis conservadora

En el fondo, lo que oculta el modo de argumentar del discurso del señor gobernadores una interpretación monetarista de la crisis y de su terapéutica. Dado que lo que importa es la cantidad de dinero y el tipo de interés en relación con la inflación. La única salida es predicar a todos los vientos una apreciable moderación salarial. Sus defensores recuerdan a los antiguos galenos que prescribían siempre sangrías para todos los males. Es una tesis económicamente discutible y políticamente conservadora, pero que se puede defender abiertamente. Así lo han hecho el señor Reagan y la señora Thatcher, pro poniendo abiertamente desmontar las medidas de igualdad social y aplicando, fiscal y presupuestariamente una política de redistribución negativa de la renta y la riqueza. Están en contra de la salida negociada de la crisis y no les da vergüenza decirlo. Aquí se recurre a una culpabilización subrepticia de los salarios. por la vía de las cifras, actuando de una manera que no es científica. En efecto, lo científico hubiera sido formular una. hipótesis de trabajo y contrastarla con las cifras. Lo que se deduce del método empleado en el discurso es que se han buscado los datos que mejor podían cuadrar con la tesis previamente formulada. Eso, en la jerga profesoral un tanto anglosajona de los économistas, se denomina como una falacia.

La traducción, en términos políticos de lo que sostengo es que no se puede argumentar para el período 1973-1980 empleando una sola viariable. Entre 1973 y 1977 entra en quiebra irreversible el régimen dictatorial, y su sistema de encuadramiento laboral. Al mismo tiempo, no hay una política económica operativa que ataque de frente la crisis energética ni se aborde seriamente la distribución de esfuerzos para salir de la crisis. Después del 15 de junio, la gravedad de la situación lleva a una estructura democrática enormemente frágil (no había sindicatos consolidados), se tuvieron que adoptar medidas a través de la negociación. En su lugar, los acuerdos de la Moncloa fijaron el aumento salarial un 22%, y hay que recordar que en aquel momento se estaba fijando por el Banco de España una tasa de aumento de las disponibilidades líquidas (la oferta de dinero) que estaba a más de siete puntos por debajo de lo pactado.

Y eso generó más paro en 1978, por su dureza, que los aumentos salariales. Tras el fracaso de las jornadas de reflexión, y de una lucha sindical dura con pocos resultados, se llegó al AMI. Y desde entonces la negociación sobre el objetivo, de inflación se ha convertido en el elemento más poderoso de lucha antiinflacionista en España y de defensa del poder adquisitivo de los trabajadores. Incluso, es interesante ver cómo se está discutiendo en estos momentos en Bélgica o en Italia el mantenimiento de la escala móvil, o la prudencia gradualista del Gobierno socialista y de los sindicatos en Francia a la hora de fijar la elevación del salario mínimo. Al firmar el AMI y defenderlo, y al ampliarlo ahora con los Acuerdos sobre Empleo, los dindicalista de UGT, como pioneros, no sólo han defendido los intereses de los trabajadores, sino que han hecho una aportación esencial a la lucha antiinflaccionista y de salida de la: crisis. Frente a esto, en el discurso del señor gobemador se afirmaba lo siguiente: «Los salarios reales son un precio relativo fundamental, porque se han mostrado especialmente inflexibles en su comportamiento y porque son inmediatamente relevantes para el problema del desempleo, que es el más grave y central entre los que tiene planteados, la economía española. El hecho de que los salarios reales en la industria crecieran en España un 47% entre 1973 y 1978, frente a un crecimiento medio del 11,5% en los países industriales y del 26% en nuestro seguidor más inmediato, Italia, tiene, sin duda, mucho que ver con el nivel especialmente alto de la tasa de paro española; como tiene que ver el que, durante el período 1979-1980, es decir, en la segunda crisis del petróleo, nuestros salarios reales, en la industria crecieran un 7,6% frente al incremento medio del 0,25% en los países industriales durante el mismo período».

Sigo manteniendo que eso no es verdad. Y vuelvo a reiterar mi pregunta, hasta hoy sin respuesta: ¿Por qué el máximo responsable de la política monetaria del país centra su discurso en un análisis sobre la evolución salarial del pasado, hace abstracción de lo que, está ocurriendo en la negociación salarial y, sin embargo, no explica lo que ha ocurrido con el precio del dinero en la crisis, y cómo ha dirigido la política de inspección e intervención en los bancos y de otras entidades financieras,en crisis? El señor gobeirnador está emplazado a dar esta explicación en función de su alta responsabilidad.

Enrique Barón es diputado del PSOE por Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de junio de 1981

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