Tribuna:TRIBUNA LIBRE
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Tiempo de tormentas y buena esperanza

Estábamos en el límite noroeste del Transvaal, cerca de la frontera de Botsuana. En el invierno surafricano hace un buen sol durante el día, pero anochece pronto y refresca bastante. Habíams cenado en un pabellón de caza, perdido en medio del monte, con el encargado de la finca, su simática familia y pocos más. Mi antiguo colega de Londres, el embajador de Wet, me fue explicando las costrumbres tradicionales: explicando las costumbres tradicionales: la carne se asa afuera, se come dentro, después de bendecir la mesa; después se debe pasar otra vez un cuarto de hora afuera, junto al fuego. Un joven de la familia tocaba admirablemente el acordeón, desgranando viejas canciones de los boers que llegaron tras semanas de camino, en carretas de bueyes, desde El Cabo, se escuchaban con sencilla emoción, se coreaban ocasionalmente; después supe que el muchacho era un pianista excepcional y que había perdido pocos meses antes a su madre. El efecto, en la noche clara africana. era impresionante. Se habló poco; De Wet me dijo. sencillamente. estas palabras: «Manuel, la familia es lo primero; buena o imperfecta, es siempre lo primero».Los largos viajes son propicios a la filosofía; en un continente como Africa, en todo caso, uno se vuelve más consciente de lo pequeño que es el hombre, y también de su capacidad de incomparable grandeza. De lo mucho que lequeda por hacer a nuestra Humanidad, para que tantos millones de seres lleguen a un nivel propiamente humano, y de las cosas grandiosas que ya se han realizado, elevándonos sobre el nivel animal.

Impresiona pensar lo que hicieron aquellos portugueses que costearon aquellos «mares nunca antes navegados», hace ya cinco siglos; los holandeses que hace más de trescientos años se establecieron allí, para crear una nación que ha sobrevivido a todos los avatares de la Historia, y que se llama a sí misma «los africanos»; como «los americanos», son también gentes venidas de otros continentes; los hugonotes franceses que trajeron las viñas, o los ingleses cuya visión imperial recuerda el sólido monumento a Cecil Rhodes, que domina la Ciudad del Cabo, y en la que campea, por encima de todas, la palabra «energía».

Vivimos en un mundo tormentoso, pero en el que parece haberse perdido el espíritu de esfuerzo, de sacrificio, de energía. Grupos inmensos de europeos parecen arrepentidos de haber sido los creadores de una gran civilización, avergonzados de su esfuerzo creador, y totalmente ajenos a un espíritu de lucha por defender lo que son y de energía por mejorarlo.

Por eso impresiona volver a las raíces, a los pueblos que respetan la familia, mantienen la tradición y están dispuestos a luchar por su futuro.

Intentar comprender

Únete ahora a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites
Suscríbete aquí

Alguien me ha criticado que vuelvo amigo de todos los países que visito. Y es cierto, y de los más diversos en costumbres y en sistemas de vida. Y me parece que lo primero es intentar comprender a los demás; sólo entonces se pueden valorar virtudes y defectos, siempre desde la realidad, no desde prismas ideológicos deformantes. Cada vez que alguien me dice que su ideología le impide visitar a un determinado país, pienso en lo absurdo de ponerse uno mismo orejeras, como los burros.

No es mi propósito tratar hoy de los problemas internos de Suráfrica, ni menos intentar dar consejos sobre una situación tan compleja. Es evidente que un país que más que dobla a España en tamaño, y tiene cerca de veinticuatro millones de habitantes, de los cuales 4,5 millones son blancos; 2,5 millones, mulatos; 800.000, de origen asiático, y unos dieciséis millones son negros (pero de varias tribus, razas y lenguas), tiene problemas muy diferentes que los de Noruega, y que. normalmente han de recibir soluciones diferentes. Soluciones que normalmente han de venir por el camino de la evolución, del ajuste, de la reforma, y que, por supuesto, ya sabemos cuáles serían por la vía del triunfo de la guerrilla y de la demagogia.

Después de ver lo ocurrido en Angola, o en lo que fue Rhodesia, o, para no ir más lejos, en lo que fue nuestra Guinea, habría que pensárselo mucho para continuar la actual política de presión, bloqueo y discriminación sobre Suráfrica. El continente africano, considerado por algunos hace un cuarto de siglo como el «continente del futuro», está en dramático retroceso. Sólo crecen la población global y los suburbios de las grandes ciudades; Africa,, que tenía 120 millones de habitantes en 1900,140 en 1920, 200 en 1950, ha rebasado los 400 millones de habitantes en 1980, y al ritmo actual se pondrá en 800 millones a finales de siglo. Pero, en cambio, la producción de alimentos se ha estancado, e incluso descendido, y los niveles sanitarios empeoran.

En Suráfrica, en cambio, hay una economía próspera, capaz de producir los mejores alimentos y toda clase de productos, de los cuales viven muchos de sus vecinos. Los negros surafricanos son los que tienen mejor alimentación, vestido, alojamiento y salarios de todo el continente. Y además, la República posee recursos minerales clave para la industria mundial, como el cromo, el manganeso, el paladio, el platino, el oro, el uranio, el carbón, etcétera.

En la actual situación internacional sería de, locos apartar a Suráfrica del mundo occidental y sus intereses estratégicos y económicos. El control de la ruta de El Cabo es fundamental: cada año pasan frente al cabo de Buena Esperanza 24.000 barcos de todas clases, en su gran mayoría petroleros, como cada día del año hay un promedio de doscientos buques-tanque occidentales navegando por el océano Indico.

Control de la ruta de El Cabo

Los rusos son conscientes de que si cortan a Europa y América de los recursos minerales africanos, y si controlan las aguas del Indico y la ruta de El Cabo, habrán ganado ya la tercera guerra mundial. La ocupación de Afganistán habrá sorprendido a los que no recuerdan la historia de las tres guerras afganas, y también algo más reciente: ya en 1940, en los protocolos secretos del pacto Molotov-Ribbentrop, figuraba la siguiente declaración rusa de intenciones: «La URSS declara que sus aspiraciones territoriales se centran al sur del territorio nacional de la Unión Soviética en la dirección del océano Indico».

Los rusos han logrado el control del mar Rojo desde Aden; de sus accesos, desde Etiopía; disponen de bases más al sur, en Maputo, y, por supuesto, al lado opuesto, en Angola.

Han completado esta cadena de bases (reforzada por la amistad de la India, que contribuye a debilitar a Pakistán) con un colosal esfuerzo naval, con una armada de 2.400 buques modernos (cerca de 500 submarinos) y 2.500 barcos mercantes, movilizados permanentemente para la información naval. El almirante Sergio Gorshof, además de aclarar que Rusia ya no tiene una flota guardacostas para proteger los flancos marítimos del poder terrestre, sino un verdadero sea power, un «poder naval» capaz de controlar los mares y negar sus rutas al enemigo, declaró francamente, en 1975, que «el fin del poder naval soviético es la utilización efectiva de los océanos mundiales para la construcción del comunismo».

Pues bien, todo el mundo sabe que no es posible el control de las rutas del Oriente Próximo y del Indico, sin la plena colaboración de Suráfrica, y que la ruta de El Cabo, con un suficiente control antisubmarino, sólo puede ser protegida desde las bases surafricanas, entre ellas la de Simonstown, insensatamente abandonada por los ingleses, por razones políticas,

Mientras tanto, operan en Africa 45.000 cubanos, 2.700 alemanes del Este, 2.000 rusos y más de 2.000 otros súbditos de] conjunto de los países del Pacto de Varsovia, para no hablar de la propia actividad subversiva promovida o tolerada desde Angola, Etiopía, Zambia, Tanzania y Mozambique, y, sobre todo, desde Libia.

En estas circunstancias, todo aconseja a los países occidentales (y especialmente a España, que tiene allá toda clase de intereses, sobre todo pesqueros, muy importantes) entenderse y colaborar con un país como Suráfrica, que nos tiene simpatía, que está decidido a defenderse, para lo que ha sabido crear un poder militar eficaz y una industria militar moderna; que ayuda económicamente a todos los Estados negros de la zona; que va hacia la creación de una constelación de Estados, dentro de una eficaz unión aduanera, monetaria y militar, con plena autonomía en todo lo demás, y que no está dispuesto a ceder ante el terrorismo ni ante la retórica verbalista de ciertas organizaciones internacionales.

Terrorismo dominante

El terrorismo está dominado en todo el territorio, salvo algunas acciones esporádicas desde el sur de Angola y de Zambia, a las que el Ejército surafricano contesta con la misma eficacia que el israelí.

Queda el tema de Africa del Suroeste o Namibia, en el que la ONU se ha metido en un callejón sin salda, al reconocer al grupo terrorista SWAPO (que sólo representa parcialmente a una tribu, los owambo), y que nunca ha rebasado los 8.000 miembros, como único representante de un territorio de casi 900.000 kilómetros cuadrados (dos veces España) y cerca de un millón de habitantes. La política de sanciones contra Suráfrica, de continuar, a quien debilitaría económicamente es a los que Suráfrica ayude eficazmente, y privaría al mundo libre de una serie de recursos naturales que le son indispensables.

La nueva Administración en Washington es consciente de todo ello, y parece que se va a volver al sentido común; a las reformas, de una parte, y a la esperanza de todos en un futuro racional.

Bartolomé Díaz, el gran navegante portugués, logró hace quinientos años la proeza de descubrir la ruta del Indico, la famosa ruta de las especias, en medio de un fuerte temporal, que le hizo llamar cabo de las Tormentas a la famosa punta que lo separa del Atlántico Sur. Al regresar, ya con mejor tiempo. le dio el nombre definitivo de cabo de Buena Esperanza, que ha conservado hasta el día de hoy, a pesar de que los fuertes vientos y las tormentas vuelven a menudo. Lo mismo ocurre con nuestra Humanidad. siempre capaz de volver a las ruindades, pero también a las grandezas.

Manuel Fraga Iribarne es presidente de Alianza Popular,

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción