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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

¿Por que es progresista la ley de Autonomíá Universitaría?

Desde estas mismas páginas, el profesor García de Enterría pedía en días pasados al Gobierno y a los partidos que retiraran el «desgraciado» proyecto de ley de Autonomía Universitaria, que, retocado por ponencia y comisión, habría vuelto irreconocible el anteproyecto originario, redactado, según es fama, por tres prestigiosos administrativistas, buenos conocedores del francés. Por desgracia, la petición se apoya en un argumento falaz, sustentado sobre premisas falsas.La ciencia y la investigación son un oficio jerarquizado; por consiguiente, el «viejo profesorado superior o numerario» debe gobernar la universidad. Como la LAU lo sitúa en minoría, destruye la jerarquía de la profesión científica. Por este camino, nuestras universidades se convertirán en universidades «hispanoamericanas», meras fábricas de titulados sin interés por la investigación. Así razona, y esto profetiza, el profesor García de Enterría.

El argumento es falaz. No porque quizá la profecía sea realidad desde hace tiempo, sino porque entre investigación y poder no hay esa conexión directa e inmediata que se presume. Se trata de un non sequitur, cuya última raíz está en la buena salud de que goza un tópico interesado: el de que «la universidad no es un lugar donde simplemente se dan clases, sino, sobre todo, un sitio donde se hace ciencia y se enseña a hacer ciencia». Se sobreentiende que se hace ya lo secundario, la enseñanza, y que se deja de hacer lo principal, la investigación. Pero ocurre lo contrario, que si se investiga regular, se enseña, en cambio, francamente mal. Sin embargo, la universidad debe ser un lugar donde, sobre todo, se enseñe y, por enseñar bien, se investigue. Los alumnos no son un medio para la ciencia; más bien, la ciencia es un medio que hay que poner a disposición de los alumnos. Seguramente algunos la acabarán erigiendo en el fin principal de su actividad, dedicándose a la investigación.

La investigación se estructura en los departamentos e institutos de investigación, no en los claustros y juntas. Pienso que los directores de aquéllos deberían ser elegidos y con dedicación exclusiva. No meramente catedráticos, como la LAU prescribe. Y que en los claustros y juntas han de participar los profesores como iguales. Con ello se podrá controlar lo relativo a la docencia, sin que se rompa la jerarquía de la investigación. Pues esta jerarquía o surge naturalmente de la autoridad científica, o resulta una constricción burocrática oprimente y esterilizante.

Las premisas falsas

Dice el profesor García de Enterría que debe haber unajerarquía en la investigación, establecida de modo semejante a la que dicen había en los gremios medievales. No estoy nada seguro de la bondad de este modelo gremial: probablemente no sea mal sistema para filósofos y juristas, pero me temo que es nefasto para físicos y matemáticos. Pero lo que aquí importa esque además da a entender que actualmente funciona este modelo y que la LAU viene a hacer tabla rasa de tan venerable patrón. Pues bien: ocurre exactamente lo contrario.

De siempre y hasta ahora, para llegar a catedrático basta con ser doctor y ganar una oposición. Los catedráticos actuales la ganaron a una edad media de treinta años. Algunos fueron «maestros» universitarios a los veinticuatro, y otros, también raros, con cuarenta y más. Lo mismo se necesita para ser agregado o adjunto: tesis y oposición. No hay que haber sido adjunto para ser agregado, ni agregado para ser catedrático. Se hace una cosa u otra, según las plazas que el Ministerio tiene a bien convocar. De hecho, en el principio fueron los catedráticos, que luego crearon a los actuales adjuntos y agregados para no ser tantos. Paralelamente, se convirtieron en jefes de departamento.

Esta importante transformación ocurrió al filo y a remolque de la «masificación» de las dos décadas pasadas, con el mínimo marco legal de la ley general de Educación y un importante, aunque insuficiente, aumento de presupuesto. Antes, los catedráticos eran el grueso del profesorado y daban casi todas las clases. Nombraban, aunque no siempre, un adjunto y un ayudante, pobre o nulamente retribuidos, dada su condición de meritorios y sustitutos. Después vieron crecer sus cátedras hasta convertirse en departamentos con muchas asignaturas, muchos grupos de alumnos y muchos profesores contratados, PNN que llevaron en adelante el peso de la docencia. Una cosa no cambió: siguieron designando a estos profesores, según su leal saber y entender, a dedo. Que yo sepa, les molestó no poder rechazar a los nacientes adjuntos numerarios, pero nunca la ausencia de un procedimiento público y objetivo de contratación de los diez, veinte o cincuenta PNN que hay en algunos departamentos.

De todo esto, no de una jerarquía inexistente, hace tabla rasa la LAU. Hace tabla rasa de los nombramientos a dedo. Hace tabla rasa Ae los profesores ayudantes y encargados de curso, a los que ni siquiera nombra. Establece un procedimiento público y objetivo para la selección de los profesores adjuntos. Y por primera vez ordena algo así como una jerarquía, una carrera con grados que no se pueden saltar. Según la LAU, hace falta ser ya adjunto para poder pretender ser catedrático. Otra cosa es que todo esto quede en letra muerta.

¿Qué pasará con los actuales «designados a dedo mediante contratos» (sic). De iure, los tales contratos son excepcionales y duran un año. Defacto, e ilegalmente, los contratados han mantenido una notable estabilidad, aunque no ciertamente envidiable. Conozco casos de expulsión por motivos políticos, pero no sé de ninguno por motivos académicos. No entro en si la estabilidad ha sido fruto de luchas y movimientos o de la puntería digital de los catedráticos. Alguien tenía que dar el 90% de las clases que el reducido número de maestros no alcanzaba a impartir.

Por fin, la LAU da a los PNN un plazo de cuatro años para «legalizar» su situación o salir de la universidad. Y justo en ese momento se acuerdan de que se va a bloquear el acceso a la docencia a las generaciones futuras, quienes aceptaron los nombramientos a dedo (no digamos las cátedras vitalicias) como algo natural.

Y otras inexactitudes menores

Lo más notable del artículo de Enterría no es, con todo, que su argumentación no se sostenga o sus premisas, de hecho, se contradigan con la experiencia. Las mentes más preclaras se ciegan en las discusiones y los entendimientos más lúcidos se dejan arrastrar por intereses y prejuicios. Lo más notable es que un tan fino jurista maltrate tan torpemente el texto que comenta, falseándolo con reiteración. Pase que no haya llegado hasta la fe de erratas para constatar que la letra de la ley no exime del grado de doctor a los adjuntos, en congruencia con el evidente espíritu que la informa. O que se declare, con la LAU, contra las universidades privadas cuando ésta las autoriza y las regula. Más difícil es intuir de dónde se ha sacado que el texto deja el gobierno de las universidades a los alumnos y a los profesores de «grado medio», cuando no se regula en él más que la composición de los claustros constituyentes, fijando para los demás la mínima condición de que sean profesores el 60% de sus miembros y se penalice la abstención electoral. Si no fuera porque él mismo lo dice, nadie pensaría que está hablando del proyecto de LAU salido de la comisión.

Alto funcionario del Estado, catedrático, cabeza de una numerosa escuela de administrativistas, titular de un floreciente bufete, miembro de tribunales internacionales, el profesor García de Enterría ha volcado su enorme prestigio en la petición de retirada de un proyecto de ley que evidentemente no ha leído con bastante atención. Hablar de oídas y sin suficiente conocimiento de causa es grave en cualquiera, más grave en unjurista que califica un texto jurídico, y más grave aún si cabe en quien sabe que su palabra será creída sin más por muchos que no dudan de que todo prestigio es un prestigio bien ganado. En definitiva, el profesor García de Enterría argumenta ab homine. Permítasenos, por tanto, la elemental justicia de haberle contraargumentado ad hominem.

Julio Carabaña es profesor de Sociología.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 16 de abril de 1981