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Editorial:

Simón Bolívar

EN AMÉRICA Latina se celebra hoy el 150 aniversario de la muerte de Simón Bolívar, el Libertador: muy lejos de lo que su sueño de unidad y libertad quiso instaurar. Ya en su final vio cómo todo se desmoronaba y profetizó un futuro de deudas y pobreza, donde la clase baja caería en la desigualdad, mientras «los, generales y los ambiciosos» no dejarían perder su poder: «El país que depende de un solo individuo, corre cada día el riesgo del jugador». Ha sido esa pesadilla del final de su vida, y no los sueños de su juventud, los que han prevalecido.Bolívar mismo cayó en algunas de las trampas que las situaciones históricas tienden a los grandes hombres. Partió de la reacción contra la herencia de la descolonización española: inmensos ricos y tremendos pobres separados por un amplio y hermético sistema de clases sociales; luchas feudales por el poder, utilización de la religión y la Iglesia como arma del despotismo; superstición, analfabetismo, pobreza mental. Su pequeña biblioteca política -Spinoza, Hobbes, Montesquieu, Maquiavelo y Voltaire, según los historiadores-, su fascinación parisiense por el primer Napoleón -el que todavía arrastraba las ideas de libertad y de igualdad de la Revolución-, su formación liberal española, le hicieron creer en la necesidad de un impulso liberador en el que se comprendiera, al mismo tiempo, la guerra contra la colonización y la revolución social. En el discurso de Angostura expresó ya una forma de concepto de la política y la sociedad que luego desarrollaría su propia biografía: el deseo de libertad está en la naturaleza del hombre, desde su nacimiento, pero la «apatía» o quizá una «propensión» le llevaban a soportar las cadenas impuestas por otros: hace más falta la fuerza para mantener la libertad que para sostener el peso de la tiranía, a la que conducen los pueblos, y no los sistemas. En esta ideología estaba ya implícita su creencia en una forma de dictadura moderna, pasando por la creencia de ser un predestinado y un elegido de Dios. Una dictadura reformista, unitaria; pero sin «descender» al trono -«El nombre de Libertador es más glorioso que cualquier trono»- y decidido a no ser «tirano ni déspota»: la ejerció poco tiempo, se amargó y decepcionó en ella misma, se retiró y aun murió inquieto por la desmesura entre lo que había pretendido y lo que había sucedido, pero sin renunciar a su propia grandeza en esta ilusión: una de sus últimas frases, según Emil Ludwig, fue esta: «En el mundo sólo ha habido tres grandes locos: Jesús, Don Quijote y yo».

El tiempo ha depurado y seleccionado el perfil de este gran hombre; queda sobre todo de él -y es lo que se celebra ahora- el recuerdo de sus galopadas heroicas, de su esfuerzo por la unidad de América; la lucha contra las formas internas y externas de opresión, su rebeldía ante la situación trágica del hombre americano, su inspiración de libertad y de igualdad.

Quedan también unas estatuas, unas placas conmemorativas, unos nombres de plazas, de museos, de universidades; una utilización muchas veces hipócrita de su nombre y su doctrina, pero muchas más veces invocada por el que sufre, por el que todavía advierte, aún inconscientemente, la naturaleza de la libertad que él proclamaba como parte misma del ser humano.

En torno a estas conmemoraciones, una gran parte de América Latina es hoy presa de dictaduras de distintos órdenes, de luchas civiles, de intromisiones extrañas; parte de sus centros de decisión están fuera de su territorio, sus instituciones supranacionales están anegadas por los grandes intereses. Pero el nombre de Bolívar sigue sirviendo para quienes se enfrentan con todo ello y quieren restaurar el viejo sueño lejano del Libertador, el sueño actual de los que quieren el derecho no sólo al pan, sino también a la dignidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de diciembre de 1980