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Un ministro de la lengua

Esperemos que no; esperemos que no sea un gesto desesperado el de lingüistas, escritores y profesionales de la comunicación que se han reunido en Salamanca para salvar el idioma español.A los españoles de esta hora nos es particularmente importante su salvaguardia. Porque la lengua no es para nosotros sólo un vehículo de comunicación; es más, mucho más: es casi el alma de nuestra democracia. Democracia de palabras es la nuestra, pues al oscuro rincón en que se almacenan los vocablos se acude a cada paso para apuntalar con los sonidos -el vestido de las palabras- lo que debiera resolverse con el pragmatismo de los hechos.

Antes, un anónimo pintor de las cavernas servía de mágico mediador entre la colectividad y su realidad; en aquel caso, la caza. Nuestra sociedad, que en ocasiones no ha perdido del todo la memoria de su pasado, parece querer servirse de un nuevo taumaturgo -el lingüista-, que medie entre la colectividad y la realidad que la circunda; esa realidad que comienza por la pura y simple convivencia.

Una política realista ante los hechos debería plantearse, por tanto, la necesidad de crear un Ministerio de la Lengua (para el que sugerimos las siglas MLE o MLC, por respeto a la Constitución), que limpie, fije y dé esplendor a nuestra democracia formal. Podría dotarse a este ministerio de dos direcciones generales: la una, de Estereotipos e Ideas Fuerza; de Creación Léxica la otra. Aquélla tendría que luchar por erradicar, de una vez, la pereza, la inercia y hasta la ignorancia que entraña la utilización de determinados términos. Debería explicar, por ejemplo, por qué se le hace a Martín Villa el dudoso regalo de denominarlo neofranquista, y se regatea ese calificativo a otros políticos con méritos muy superiores; debería dictaminar también qué quiere decir eso, que no hay quien lo entienda, de la «izquierda consecuente». De aquellos polvos de la «democracia orgánica» nos vienen ahora los Iodos que hacen posible la formación -me refiero al terreno de lo gramatical- de «izquierda consecuente». No es pequeño el trabajo que le acecha a esta nueva Dirección General de Estereotipos e Ideas Fuerza: tantas son las «instancias unitarias», «puntos programáticos», «operaciones remodelación», «credibilidad», «autoconvocatorias», «autopromociones», «prioridades», «expectativas», que bien se justifica en este caso el incremento de gasto público.

No me parece menos importante, sin embargo, la Dirección General de Creación Léxica. ¿No hemos visto cómo se ha estado a punto de acabar con el paro, gracias al sintagma «regulación de empleo»? Basta con pronunciar ahora las palabras mágicas del «crecimiento a toda costa» para terminar definitivamente, y de una vez, con el paro. Y no hay para qué dudar de que con el PEN o el PEG vamos a tener resueltos de un plumazo problemas tan arduos como los de la energía o de la economía.

¿No se figura el bienintencionado lector cómo el Ministerio de la Lengua puede llegar a solucionar por el mismo procedimiento problemas tales como el terrorismos, la vivienda, la gratuidad de la enseñanza, la seguridad social o hasta la absurda situación económica, que me cuenta un amigo, en que se encuentran los catedráticos y demás profesores universitarios?

No piense nadie, sin embargo, que en materia lingüística partiría este ministerio de cero. Es mucho y muy importante lo que se ha andado ya, y no hay por qué olvidarlo. Estamos en el más puro de los esdrujulismos -enfermedad de nuestra lengua, certeramente diagnosticada por el profesor Lázaro Carreter-: periodistas y políticos se reparten los honores de emplear los «pacordóñez», «rafarias», «eros», «barones», «grupo de los diez», «jóvenes turcos» y cosas tan ingeniosas como éstas, mezclándolas convenientemente con los «implícitos», «parámetros», «problemáticos» y «autonómicos».

Yo me quedo con «autonomista», que es palabra llana, mientras el nuevo ministerio sigue pensando cómo designar el vacío. ¿Puedo prevenir al lector de inventos corno estos? Porque los estereotipos aborregan, las ideas fuerza polarizan, pero son las palabras el remedio de nuestros males.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 08 de septiembre de 1980.

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