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Editorial:

La presencia de Carter

ESTE PRESIDENTE que hoy nos visita, Carter, reúne en sí numerosos significados. Tiene la representación emblemática del pueblo americano, tan complejo en sí; y la de un poder militar y una riqueza económica-capaces de dominar el mundo. Pero es también un candidato a unas elecciones que prolongarán o no su mandato; y es un ser humano con toda su capacidad de aciertos y errores. Hace unos meses apareció con una personalidad sorprendente. Declaró una mañana que durante la noche -la noche de la intervención soviética en Afganistán- había aprendido más, sobre la Unión Soviética que durante los meses anteriores de ejercicio del poder y de años de actuación en la política, y comenzó a arbitrar una serie de decisiones que tomaron de improviso a sus aliados. No fue su única sorpresa: dejó perplejo a su país y al mundo con una acción militar en Irán, inspirada por la justa causa de liberar a unos rehenes detenidos contra toda regla justa internacional -como también contra toda regla justa se produjo la intervención soviética en Afganistán-, pero que apareció descabellada: como simple idea y como realización, puesto que terminó en un fracaso muy grave. Esta vez la sorpresa alcanzó a su círculo íntimo, hasta el punto de que el secretario de Estado, Cyrus Vance, prefirió dimitir antes que aparecer complicado en ella. Parece muy justo preguntarse si un hombre que tiene en su mano, teóricamente, la paz y la guerra en el mundo, y concretamente la paz y la guerra en los países de su alianza, puede permitirse el lujo de resultar sorprendente, y si la capacidad de convertirse en una sola noche significa una garantía suficiente en un mundo con una maquinaria política, militar y económica tan delicada como es este en que vivimos. Todo ello ha llevado a preguntarse a algunos de sus aliados tan antiguos, tan firmes y tan deudores si es posible distinguir entre esa alianza con Estados Unidos y la acción personal de Carter; y si en estos momentos su carácter de candidato presidencial no va mucho más lejos que su responsabilidad como presidente en ejercicio. Y se está realizando una profunda reflexión en algunos países europeos -sobre todo en Francia y en Alemania Federal- sobre la posibilidad de que Europa se independice en cuanto le sea posible, en materia de política internacional y de política económica -que cada vez resultan más ser lo mismo-, sin perder nunca de vista que la elección de campo en un enfrentamiento de bloques está ya hecha y es irreversible.Una reflexión más necesaria que nunca en España, y precisamente en el momento en que nos visita Carter, dentro de un largo y complejo viaje en el que se mezcla también, de una manera muy difícil de separar, su condición representativa de su condición de candidato. Italia, Yugoslavia, España y Portugal forman el complemento del viaje a Venecia para una cuestión específica: la de la respuesta de los siete países de mayor potencia industrial dentro del mundo llamado de Occidente -sin eufemismos, de los siete países más ricos del mundo- para enfrentarse con el tema de la escasez de energía y arbitrar o tratar de encontrar unas soluciones que han de ser inevitablemente distintas de las que hemos de encontrar los países que nos encontramos en una zona de pobreza. Hasta el punto de que los resultados de Venecia pueden inquietamos seriamente en el sentido de que aumente la distancia -el gap, en la jerga tecnocrática- que nos separa de los ricos. España está en un momento de opciones. Su condición de nación europea es simplemente obvia: estamos en Europa y tratamos casi desesperadamente de no salir de ella. Ya nos hemos encontrado -estamos topando ahora mismo- que el retraso en la incorporación en su momento -y parece clara la responsabilidad del franquismo- ha aumentado ese gap que nos distancia, y que hace ahora difícil nuestra aceptación, con una tasa de paro, una mediocridad industrial -en producción y en terminación de productos- y una especialización agrícola que hace que el club al que Postulamos nos considere peligroso para su propio equilibrio, que a su vez ha variado mucho de cómo eran las condiciones en la época de prosperidad. Es algo por lo que tenemos que luchar; y en caso de elección nos importa mucho más la integración con la comunidad geográfica y económica natural que con Estados Unidos. Es decir, que las reservas que tiene Europa en estos momentos frente a la alianza americana, en general, y a la personalidad de Carter, en particular, pueden muy bien ser las nuestras.

España encontró una alianza directa con Estados Unidos en los tiempos en que Franco no encontraba otra forma de salir de su aislamiento. Puede que fuera una política beneficiosa para España, si no tenemos en cuenta que se había cometido ya el error de que fuera la única política posible. Lo que Estados Unidos encontraba en España era una posición concreta, política y militar, dentro de una guerra fría que combatía, incluso con mucha más crudeza que ahora. Las condiciones de la estrategia global han variado desde entonces: no somos ya un territorio único, una especie de portaviones, como se dijo entonces. Tenemos otro valor. Pretendemos, por lo menos la generalidad del país, que nuestra aportación a la comunidad en que nos encontramos, pero también a otros sectores del mundo, sea la de la paz y no la de la guerra.

La modificación de condiciones del mundo desde el primer pacto con Estados Unidos hasta nuestros días hace que nuestro interlocutor americano prefiera trasladar esa alianza particular a la institucional de la OTAN: sin duda, esa opción estará en el lenguaje de Carter en Madrid. Seríamos menos caros para Estados Unidos, y representaríamos en la OTAN una voz muy favorable a Washington, en un momento en que abundan las disidencias. No parece dudoso que el Gobierno, según sus últimas explicaciones, en que los papeles han estado bien repartidos -un lenguaje moderado en el ministro de Asuntos Exteriores, una violencia verbal considerable en UCD-, se incline por esta solución y la plantee como panacea para resolver los otros asuntos pendientes con Europa: Comunidad Europea, Gibraltar, incluso representatividad con los países del Tercer Mundo. Pero suponemos que el Gobierno será lo suficientemente cuidadoso en sus conversaciones con Carter para no llegar demasiado lejos en ninguna clase de compromiso: ni en la, participación en la OTAN ni en los términos del pacto con Estados Unidos. Hay que seguir insistiendo en que son temas de gran debate nacional: más allá, incluso, del debate parlamentario. El ahogo de nuestra economía en el momento actual no debe ser motivo para agarrarse a ningún clavo ardiendo. Hay otras reflexiones que hacerse y otras vías en que ensayar.

Las perspectivas de nuestra relación con Estados Unidos no han cambiado sólo por el advenimiento de la democracia en España, sino por el nacimiento de ese «euroneutralismo» detectado por Brzezinski y, de alguna forma, materializado en el incipiente y contestatario eje París-Bonn. De la misma manera que se encuentra en fase de obligada redefinición el concepto mismo de Mercado Común, del sueño de la Europa unida se está replanteando ahora mismo el concepto del «atlantismo», de la solidaridad política y militar de Occidente, fraguada en la primera guerra fría.

Nuestro Gobierno, por otra parte, aún tiene por diseñar un plan de defensa nacional, que tiene sus puntos débiles en Canarias, estrecho de Gibraltar, Baleares y Ceuta y Melilla. La renovación de los tratados de amistad y cooperación con EE UU no puede dejar de contemplar el apoyo decidido de Washington a Hassan II y su abstencionismo en la cuestión gibraltareña. Finalmente, un nuevo plano de entendimiento entre Estados Unidos y España no puede seguir manteniéndose en base a unas contraprestaciones de bases militares y algunos créditos y material bélico de desecho. Deben considerarse los aspectos comerciales, nuestro, crónico déficit comercial con EE UU, el mantenimiento de nuestra independencia diplomática con los países latinoamericanos, el apoyo que nos es necesario en materia de tecnología e investigación y hasta la intervención en España de los servicios secretos estadounidenses, muy activos a la hora de desenmascarar agentes soviéticos, ciertos o inventados, e inexistente en cuanto a la prevención y desarticulación del terrorismo que padecemos.

En cualquier caso, Carter ha de ser recibido esta mañana con todos los honores que tiene la representación de un pueblo que ha sabido hacerse a sí mismo en doscientos años; con toda la solemnidad que requiere un gran país poderoso y fuerte. Pero distinguiendo siempre entre una relación bilateral, que fue la única posible en su tiempo y que no admite prórrogas, sino toda una nueva reedificación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de junio de 1980