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Tribuna:SPLEEN DE MADRID

Pachá

Pachá es ese sitio nuevo donde hay que ir. Pachá antes fue teatro y antes cine y antes el Barceló de toda la vida. Ahora es una discoteca marchosa para gente jet y loquitos de la vida, y anoche nos echaron una de vampiros, o sea Drácula, con Lawrence Olivier, muy carroza y muy beato, y más personal. O sea que Pachá conserva el escenario/pantalla del pasado, cuando era una esquina chamberilera de otro Madrid.-Verás qué fino han hecho el erotismo- me dice Jorge Fiestas.

Y tan fino. Este Drácula les chupa la sangre a las jais sin salpicarles para nada la lencería anciano régimen. Una lengua lenguaraz y masculina viene a decírmelo:

-Es el mismo papel de Drácula que aquí hizo en teatro Pellicena. Pero el actor inglés está fatal. Una especie, cómo te diría, de Paco Morán sin arrugas.

Estos de la farsa es que se tiran a dar. A la peli le han metido un millonaje, pero es una historia para niños, suponiendo que a los niños se les siga aleccionando en la pedagogía del Coco. Lo que queda claro, como siempre, es que el vampirismo, esa creación de la anemia intelectual para lectores con falta de glóbulos rojos, no tiene marcha si no se le mete un poco -un mucho- de sexo, y sólo como metáfora sexual funciona ese metesaca de sangre entre el protagonista y sus bellas y asténicas víctimas, todas muy desmejoradas por el vicio. Que me perdonen los grandes críticos cinematográficos de este periódico, pero una señora dice a mi lado, tirados todos en grandes almohadones, entre María Asquerino y las bellas modelos de Pierre Cardin:

-A mí me cae este Drácula. Se parece de cara a Haro Tecglen.

Cuando se encienden las luces, lo que compruebo, yo que no creo en los vampiros, es que los vampiros somos nosotros, que los vampiros están entre nosotros, y que el vampirismo de hombre a mujer, sí, es una metáfora sexual, pero el vampirismo de hombre a hombre es una metáfora política. Pirracas, hermano pequeño de Forges, y seguramente el modelo secreto de su olvidado e inolvidable Blasillo, me pregunta por la tele si prefiero ser conde o Drácula:

-Conde, conde. Viniendo loque está viniendo, en España, sólo se va a poder parar de conde para arriba.

César Alonso de los Ríos me cuenta que el personal anda por ahí pasándose El crímen de Cuenca, tipo cinexin, por lo que tiene oído, como antes se pasaban Emmanuelle. El morbo, ahora, para las cenas matrimoniales del sábado /sabadete, es un buen crimen de Cuenca en doble ocho. Sangre. Lo que el personal quiere es sangre, en Cuenca o en el castillo de Drácula. El rollo va de sangre. José Luis de Vilallonga, en la barra de Pachá, me anuncia su nuevo libro, recién traducido del francés:

-¿Algo de vampiros, José Luis?

Porque este es otro que escribe con sangre. A la jet-society de la Costa Azul y a la jet-franquista de Puerto Banús les tiene pegados unos heráldicos arañazos que casi siempre se inyectan, como los cuernos de los maridos desaseados, que diría Segundo Pastor, el euitarrista. Vilalionga es algo así como el barón rampante de Italo Calvino, pero en más lavanda. Antonio Gala me dice que ha fírMado un papel, con otros, para que le hagan catedrático a Carlos Bousoño, que ha llegado a académico sin que nuestra Universidad, que se permite pegarle puertas a Tuñón de Lara, se las haya abierto al gran poeta/profesor Bousoño. La Universidad española está un poco vampirizada por el Opus. Las aristócratas están en la barra, o tiradas por el suelo. María Asquerino, escoltada por un smoking. Las modelos de Cardin, en la pista, esbeltas, exentas y ondulantes como flamencos en el zoo. Hay una morena delgadísima que me flipa. Pachá puede ser la última plataforma democrática y psicodélica de una democracia que se está quedando sin plataformas. Afuera, Madrid, en tomo, la noche, el ruido y la furia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de mayo de 1980