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CARTAS AL DIRECTOR

Detenido por tocar el saxofón

Escena de la vida cotidiana: sábado, día 7 de julio, en las Ramblas barcelonesas, a las 7.30 de la tarde. El paseo está bullicioso. La gente ha salido a la calle. El espectáculo, como siempre, en las Ramblas es variopinto. En una de las sillas de madera que hay a la altura de la plaza Real, alguien toca el saxo. Lo hace bien, parece un experto; tiene «marcha». Se forma un corro de oyentes alrededor suyo. En todo un sector de las Ramblas se puede escuchar música alegre, simpática y, además, buena. Nadie protesta.Se acerca un furgón para presos de la Policía Urbana (092). La policía discute con el improvisado músico. Parece que altera el orden público. Quieren llevárselo. Nadie lo entiende. La gente protesta. Llega un coche patrulla de la Policía Urbana. Los ánimos se encrespan. Discusiones. Pero la policía va a su trabajo: detiene al músico, lo encierran en el furgón y se lo llevan.

Gritos. Dos hombres que estaban escuchando al músico se encaran entonces con los policías del coche patrulla y les piden explicaciones. Los policías no dicen nada; parece que no quieren discutir. Hacen ademán de marcharse. Pero antes de que se vayan, uno de los hombres se acerca a la ventanilla del coche patrulla y le grita al conductor: «Esto va a estallar algún día; y los culpables seréis vosotros.»

Muchos se preguntan de dónde nacen los sentimientos violentos de algunas personas en los países occidentales. No se comprende el terrorismo. Pero el Estado tiene el monopolio de la fuerza y la usa a su antojo. ¿Quién ha tirado la primera piedra en ese juego de la violencia? Bien mirado, tampoco el Estado es culpable. Se limita a cumplir con su función coercitiva «legal». Pero el Estado engendra violencia. Que nadie se sorprenda.

Cuando la policía ya se ha marchado, alguien echa pestes del nuevo alcalde, el socialista Narcís Serra. ¿A qué juega la izquierda española? ¿A quién engaña? ¿También es incapaz, como la europea, de ser algo distinto a un simple nuevo gestor del mismo Estado?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de julio de 1979