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Crítica:CINE

Una pareja particular

Eduardo Molinaro, convertido esta vez en director de vaudeville y, a la vez, amable fustigador de miserias y prejuicios humanos, se ha servido de la conocida comedia de Jean Poiret para traernos una visión del mundo, si no nueva, al menos particular Ya en la temporada anterior, el cine anglosajón nos ofrecía un filme en el que una extraña pareja de excelentes actores vivían su amor y fortuna, sus celos y sus lágrimas, en un barrio de Londres. Este otro de Molinaro cuyo argumento en forma de comedia titulada «La cage aux folles» incluía en su reparto al autor, es algo más risueño, menos agrio. Su éxito se debe, en gran parte, al buen trabajo de Ugo Tognazzi, que en los últimos tiempos parece haberse aficionado a vestir ropa de mujer con vistas a protagoniza empeños de esta índole.Así, convertido en misógino protagonista, vive su vida, esta vez, con su amigo francés, regentando entre ambos un local de travestis en Saint Tropez. El hecho de que tenga un hijo fruto de una juventud ortodoxa y que el muchacho, a través de su matrimonio, quiera entroncar con una familia apegada a la moral tradicional, pone en marcha un mecanismo que se evidencia al punto teatral y al que el realizador y su nutrido equipo de adaptadores no han querido o sabido dar forma nueva. Los equívocos se suceden, como era de esperar, y aunque el realizador los vaya salvando y busque la comprensión, cuando no el interés de los espectadores, salta a la vista que a no ser por el trabajo del reparto, todo el empeño satírico de la obra, su posible crítica, su escaso valor humano, se desvanecerían en un instante, apenas comenzada la comedia.

Vicios pequeños

De la comedia de Jean Poiret «La cage aux folles». Dirección: Eduardo Molinaro. Adaptación de Francis Veber, Edourd Molinaro, Marcello Danon, Jean Poiret. Intérpretes: Ugo Tognazzi, Michel Serrault, Michel Galabru, Claire Maurier, Remy Laurent, Benny Luke, Carmen Scarpita. Música: Ennio Morricone. Comedia. Francia. 1978.

En lo que se refiere al prolífico Molinaro, en otro tiempo gran esperanza de la nueva ola francesa, se le podría aplicar con toda justeza aquella frase que abría una de sus historias recientes: «Cualquier cosa podría ser otra cosa y todo tendría el mismo sentido.» De igual modo, cualquier argumento, cualquier tema ha servido y sirve aún a este realizador en sus últimos tiempos, una vez lejos de toda preocupación cinematográfica. Ya se trate de Paul Guimard, Paul Maurand o Poiret, como en este caso, o simplemente de ayudar a poner en pie las comedias de Luis de Funes, se diría que la vida para él sólo es cuestión de filmar y estrenar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de mayo de 1979

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