Firmando libros
Que si Günter Grass, que si los Mundiales, que si el canon, que si los libros políticos, que si no vamos a vender una escoba. De modo que llego a la caseta, en la Feria del Libro, tardío y desganado, y me paso más de dos horas firmando sin parar y sin tiempo de beberme la cocacola que me ha traído el amigo Bruguera.
-¿Me firma usted un libro? Soy Marcial Lafuente Estefania.
M. L. Estefanía. Yo aprendí a escribir en sus novelas del Oeste. Yo quería ser de mayor como Marcial Lafuente Estefanla, y me había hecho, con tinta del colegio, un mapa del Lejano Oeste, la ruta de Tejas, la ruta del Oregón, el Cañón del Colorado, Dakota del Norte y del Sur, todo aquello, para llevar y traer mis personajes a caballo. No sospechaba yo entonces que mis personajes, o sea Pitita, no iban a montar a caballo.
Y en esto que la madre de Pitita:
-Anda, fírmame un libro y dame un beso. Epifanio no ha podido esperarte, porque has venido tarde.
Hombre, pues me hubiera gustado a mí charlar un rato con Epifanio Ridruejo sobre el lío ese del Coca-Banesto, que hemos pasado unas noches juntos paseando por Londres, el viejo zorro financiero y yo, Y en cuanto le sacaba el tema, Epifanio se envolvía en una toquilla y se echaba a dormir en un rincón de la discoteque. No saben nada estos banqueros españoles.
Todos los años me prometo no volver a la firma de libros, porque me parece un rito de aristocratismo literario y hortera para con el público, para contra el público, pero todos los años acabo volviendo. La primera columna de esta sección la hice sobre una firma de Marcelino Camacho en el Retiro. Era cuando los políticos estaban de moda. Ahora aburren al personal, como acaba de decir nuestro señorito, o sea Juan Luis Cebrián, en no sé qué provincia. Parece que por algún tiempo van a volver a confiarnos la literatura a los literatos. Y a las literatas. Porque aquí está Carmen Conde.
-Carmen, dame un beso en nombre de la Real Academia Española de la Lengua.
Y me lo da. Le dedico un libro. Luego está el personal, todo el personal, la hermosa gente, los que no tienen para un libro y me traen un ejemplar de EL PAIS para que se lo firme. Carlos María Ydígoras, que andábamos a puñetazos con la litera tura, hace veinte años, él y yo, y reaparece ahora, descamisado y sudante, como siempre, con nuevos libros y viejas voces. Hay estos amigos de año a año, de Feria a Feria.
Angelito Harguindey ha explicado muy bien cómo la Feria del Libro es siempre igual a sí misma y córrio en la caseta de Ediciones Paulinas nunca hay nadie. Ha descrito magistralmente las moquetas de Lara y los nadales de Umbral. La cultura a nivel municipal no deja de ser un eterno retorno. Y más allá de lo municipal, quizá no es nada más que masturbación y sintaxis. Muy metido en sintaxis viene Martín Descalzo a traerme una novela -Lobos, perros y corderos-, sobre un cura en la guerra civil, una obra de teatro sobre Galileo y unas cuantas anotaciones estilístIcas sobre mis libros:
-Tienes hallazgos admirables, Paco, pero caes en los mismos descuidos que reprochas a Baroja.
-Me parece que hablamos de cosas distintas, cura. Tú, por estilo, entiendes la palabra gramatical. Yo, por estilo, entiendo la palabra creadora.
-Le metes demasiado punk a tu gran prosa castellana.
-Consulta El Ruedo Ibérico, de Valle, cura, y verás si no está ahí todo el punk de la época. Los señoritos perdis y todo eso. Ha pasado como dialecto, pero en Valle ha quedado como literatura.
Nos firmamos e intercambiamos libros. La Feria del Libro no es sino una romería de escritores por la que pasa gente que va a sus cosas. Y finalmente habíamos de gatos, mucho más apasionantes y elocuentes que loslibros. Mira que les tengo yo oídas cosas buenas a Ortega, D'Ors, Quevedo, Juan Ramón y Gonzalo Fernández de la Mora, en el café. Pero nada como las cosas que le tengo oídas a mi gato.
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