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Con Chicote desaparece una época de Madrid

Madrileño, madridista, trabajador y soltero empedernido, ha muerto Perico Chicote, el barman que ha dado de beber exóticos mejunjes -coktails, primero; cócteles después- a los elegantes de medio siglo de Madrid y a miles de sus visitantes distinguidos. Cuando, hace ya cinco lustros, un mexicano enamorado de Madrid, Agustín Lara, quiso dedicar una canción a la ciudad de sus amores, incluyó en la letra «...en Chicote un agasajo postinero, con la crema de la intelectualidad». Y durante muchos años, el visitar Chicote, el bar de Perico, era tarea obligada para todo snob latinoamericano que llegara a Madrid. Sobre Chicote y su bar, Fernando Casares ha escrito estas líneas.

El pasado domingo, a las cinco de la tarde, fue enterrado con Pedro Chicote un pequeño trozo de la historia entrañable de Madrid. Al popular barman, que ya llevaba varios años apartado de toda actividad y prácticamente recluido en su casa, se le paró el corazón al comenzar la hora familiar de la cena de Nochebuena.Chicote, Perico Chicote para varias generaciones del «todo Madrid», había nacido el 13 de mayo de 1899, en el seno de una humilde familia madrileña. A los ocho años trabajó en un mercado, y a los once como repartidor de telegramas. Fue en 1916 cuando entró en contacto con la profesión que habría de darle fama y dinero a lo largo de toda su vida, el incorporarse como ayudante de barman en el hotel Ritz.

Era el Madrid de la belle epoque, remanso de paz entre las capitales europeas, azotadas por la gran guerra, crisol de todos los servicios secretos beligerantes y escenario de fiestas fabulosas, a alguna de las cuales asistió la famosa Mata Hari. El Madrid de las tardes del Ritz, plasmadas en un famoso cuplé, donde bailaban los jóvenes elegantes de la época.

De las galantes tardes del Ritz, el joven barman pasó al bar Pidoux, clásico escenario también de escarceos amorosos en plena Gran Vía, y en 1931, en la misma avenida, abrió su propio establecimiento, Chicote, por el que han pasado celebridades y gente influyente bajo la República, la dictadura y la Monarquía.

Antes, durante y después de la guerra

Chicote, hombre cordialísimo y servicial con todo el mundo, no tuvo grandes apuros con el brutal, cambio de situación provocado por la guerra civil. Bajo la II República, por Chicote pasaban a tomar sus copas los diputados de Izquierda Republicana o los ministros, y hasta políticos de la CEDA o del PNV se pasaban por allí, a las horas propicias, para procurarse alguna emoción más fuerte que contar a los amigos de Valencia o Bilbao. Durante la guerra abundaban, como es lógico, los uniformes: comisarios, los oficiales de Durruti, las arriesgados y marciales pilotos de los chatos... A finales de marzo del 39 cambió la decoración, y Chicote puso en la fachada de su establecimiento el escudo nacional, conforme a la revisión de última hora, es decir, con yugo y flechas.Cambió la clientela, aunque no sus motivaciones. Nuevos uniformes, nuevos ricos y, como fondo ambiental, dos secuelas de una dura posguerra: el estraperlo y la prostitución de altura. Por Chicote pasaron los primeros frascos de penicilina y las primeras medias de nylon que se vendieron en España. Aquel bar se convirtió en centro de reunión de promotores de negocios más o menos lícitos. En los cuarenta y los primeros cincuenta, a Chicote iba a desembocar un curioso comercio import-export que, por vías paralelas a las legales, nacía en la calle de Serrano, en el bar Roma, amparado por fantasmales licencias de importación firmadas en un cercano Ministerio.

En aquellos años frecuentaban Chicote dos tipos de público: el que acudía a las horas del aperitivo y del café, integrado, sobre todo, por peñas de escritores, actores o aficionados al fútbol y el que recalaba por allí a la hora del coktail que, por mor de las influencias, ya era el whisky time. Ocupaban entonces las mesas bellas muchachas, probablemente con tragedia posbélica a cuestas, listas para ejercer el amor mercenario. Había hambre en España, pero en Chicote siempre había dinero.

El ocaso del desarrollo

Los años dorados de Chicote terminaron con la tecnocracia y el desarrollo económico. La Lola de Darío Femández Flórez vio llegar - en Chicote por la tarde, en Casablanca por la noche- a los americanos de las bases. Y el ambiente cambió. Los dólares de los mozos de la USAF no pudieron sustituir, pese a su valor, a los billetes de mil y a los regalos rumbosos que propiciaba el mercado negro.A partir del 55, Chicote vivió de su fama anterior, pero un poco lánguidamente. Las chicas tenían más años y los clientes también. Aquellos muchachos de Balarrasa y películas por el estilo eran ya unos otoñales poco dados a este tipo de galanteos. Pedro Chicote encontró entonces satisfacciones en el Real Madrid de Di Stéfano, aquel equipo que ganaba las Copas de Europa sin encontrar rival en el continente. Chicote fundó, junto con otros amigos - Gaviria y Padilla, entre ellos- el Hongo Club, una curiosa agrupación que tenía por objeto acompañar al equipo en todos sus desplazamientos europeos.

Chicote en todo este tiempo se había convertido en el restaurador de los actos oficiales organizados por El Pardo. Si en el estadio Bernabéu o en la plaza de toros de Las Ventas había furgones de su firma, posiblemente es que asistía al acto Franco y, como de costumbre, Chicote era el encargado de ofrecer la copa de «vino español». Tenía también a su cargo el bar de aquellas Cortes españolas ya tan lejanas. Los días de Pleno solía ir personalmente e invitar a beber gratis a los periodistas.

A lo largo de toda su actividad profesional, coronada con la presidencia de la Asociación de Barman Españoles, Chicote fue recogiendo botellas de licores exóticos hasta formar un museo de bebidas que, con sus 20.000 piezas, es posiblemente el más importante del mundo en su género.

Cordial, campechano y entrañable, Perico se ha ido a morir en el momento más entrañable del año, en Nochebuena. El domingo le despidieron muchos amigos de los que no olvidan los viejos y, para ellos, buenos tiempos.

Otras muchas personas, para las que Perico fue el amigo o el clásico confidente del otro lado de las barras que simplemente degustaron tinas copas servidas en su casa en momentos amables, le dedicarán un recuerdo: dos partes de cariño, dos partes de nostalgia y unas gotas del tiempo perdido. El cóctel de la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 27 de diciembre de 1977

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