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Cartas al director

La pena de muerte

El 27 de septiembre se cumplirán dos años de las últimas ejecuciones acaecidas en nuestro país, cinco fusilamientos políticos que conmovieron a la opinión democrática de Occidente. No me quiero referir a aquellos procederes. Esos son hechos conocidos, y es de esperar que no tengamos que esperar decenios, como con el caso Sacco y Vanzetti, en Estados Unidos.Mi reflexión se refiere a una necesidad humanitaria ligada a un menester jurídico. La pena de muerte sigue en pie en España. La pena de muerte, monstruosidad histórica, fuente de injusticias y de farsas que, por encima de todo, es un hecho socialmente inútil por el cual se elimina al sujeto de la infracción y se protegen todas las estructuras que, marginando a grupos sociales enteros, conducen a los individuos al delito. La sombra de la horca o del garrote vil es fiel reflejo de una sociedad y de su historia. La Inquisición y la intransigencia, los crímenes coloniales y la esclavitud, el fascismo, la miseria y el hambre de pueblos enteros a lo largo de siglos son la verdadera materia prima de «la defensa de la colectividad», fórmula encubridora de la defensa de intereses más concretos.

Frente a los obeliscos de la muerte y la opresión, quizá algún día esta sociedad enferma se transforme y, entonces, tengan algún sentido valores como la solidaridad humana y la fraternidad. Ese día víctimas y verdugos habrán dejado de existir, ese día la buena gente estará en la calle intentando olvidar fechas como el 27 de septiembre de 1975.

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