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Sobre la crítica y los críticos

Estamos en época de festivales, tal como ha quedado ya claramente puesto de manifiesto. Estamos, pues, en época de masivas concurrencias que van a extasiarse ante la música creada por una serie de jazz-men más o menos inspirados y más o menos exóticos. El público que va a llenar los recintos donde estos festivales se celebran (la mayor parte de ellos al aire libre y algunos, plaza de la Trinidad, en San Sebastián, o Jardín des Arenes de Cimiez, en Niza, por no citar más que a dos, de gran belleza arquitectónica o rancio abolengo histórico) es variopinto, está visiblemente excitado ante el acontecimiento y presumible mente abierto a todo tipo de incitaciones artísticas. Este público festivalero es el que da a esa serie de conciertos un sabor peculiar y el que establece un nexo común entre todas las veladas que lo componen. Pero entre ese público asistente, están también los críticos: secta temible y temida, alabada y odiada, mimada a veces, despreciada muchas más y execrada casi siempre. Y sin embargo, su labor ha sido básica en el desarrollo del jazz, porque ellos se empeñaron contra viento y marea en conseguir que lo que les gustaba, gustase a una mayoría lo más amplia posible. Y para obtener estos frutos, recorrieron miles de kilómetros en difÍciles circunstancias, olvidando que existía la palabra comodidad, quemaron noches y noches en ver la, evolución de esos jóvenes leones, cuyo prometedor futuro se habían atrevido a pronosticar y se pelea ron con jefes de redacción, directores de programas, compaginado res, correctores (esos terribles nombres de los jazz-men americanos), para meter su comentario, publicar su gacetilla y conseguir que se pudiese escuchar un tema o leer unas líneas. Lo que importaba era el jazz.Vinieron luego las polémicas, las luchas -digamos- fratricidas, incluso los insultos. Algunos se opusieron a la evolución de nuestra música y pretendieron, ilusos, definir ellos mismos cuál era el verdadero jazz y cuál un pastiche; otros, más jóvenes, más revolucionarios, más anarcojazzistas deciden que sólo lo nuevo, lo último, lo que aún se está cociendo es lo válido; ni aquéllos miembros de la vieja guardia ni estos integrantes de una especie de rollo revolucionario tienen razón. Como tampoco la tienen los que astuta, instintiva e inteligentemente se quedaron entre dos aguas, ni los archivos transhumantes, ni los bancos de datos, ni los eternos despistados. Tampoco la tengo yo.

La razón, tratándose de jazz, la tienen los músicos que son los que hablan su lenguaje, dominan su técnica gramatical y enriquecen su léxico. Lo nuestro, lo que hacemos nosotros es hablar y escribir, pero sin que se pueda olvidar que somos nosotros los que corremos la voz de ese último músico recién salido del horno de la Berklee o de la JuIlliard, o los que citamos, comentamos y damos datos de los lanzamientos discográficos, lo cual -dada la nula promoción jazzística que se hace en nuestro país- es realmente importante en aras de la difusión y posterior venta de los mismos. Somos nosotros los que hacemos entrevistas, describimos el ambiente y la programación de los clubs, nos reunimos de tarde en tarde para charlar de una música apasionante y apasionada, bella, difícil y compleja y los que contamos las incidencias de estos festivales de verano, dos de los cuales, el de Sitges (del 14 al 19 de julio) y el de San Sebastián (del 20 al 25 del mismo mes.) están a punto de comenzar.

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