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FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE BERLIN

Del sopor soviético al chino

El festival toca a su fin y lo hace con una cierta dignidad para sus organizadores y un notable cansancio para el resto del personal que, de sala a sala, y de salchicha en salchicha, deambuló durante doce días por esta ciudad amable, nueva, fea y repleta de norteamericanos con sus cámaras, siguiendo los pasos perdidos de John Kennedy y su visita al muro berlinés.Una de las últimas películas a concurso fue la italiana Cerdos con alas, de Paolo Pietrangeli, en la que se vuelve a demostrar que los cineastas italianos son los más listos de Europa. Política juvenil y radical y orgasmos conforman a estos cerdos que no paran de hablar de Wilheimm Reich y que consideran como a sus mayores -con la consiguiente tara decadentista- a aquellos que participaron en el mayo del 68. Los jóvenes airados de la Roma de hoy, los indios que tanto y hace tan poco dieron que hablar, hablan de sus preocupaciones cotidianas, tamizadas por el instinto comercial de sus guionistas. Si el establishment ha dado muestras suficientes de su inagotable capacidad de asimilación, el establishment italiano va más allá. uno llega a creerse que, en Italia, los acontecimientos y fenómenos sociales sólo ocurren para que inmediatamente después los guionistas puedan elaborar una historia cinematográfica.

En el marco del forum, y coincidiendo con su traca final, se proyectaron varias películas de muy distinta significación e interés: Mi amigo americano, de Win Wenders, proyectada en el último festival de Valladolid, muestra y demuestra el talento de su realizador -cuyo espaldarazo internacional fue en el festival de Cannes del 76- que narra un hermoso Thriller. La película, dedica da a Henri Langlois, acepta y asume los esquemas narrativos del género y se convierte, a nuestro juicio, en uno de los nuevos clásicos. Tenemos toda la muerte para dormir, de Med Hondo, es una coproducción francomauritana en la que el Frente Polisario ocupa el rol de protagonista. Filme esencial mente propagandista de la lucha y el movimiento de liberación, apenas aporta nada nuevo hacia aquellos que ya conocen su historia, aunque imaginamos que se integra con decoro en el ámbito de las relaciones públicas del Frente.

«Padre Padrone»

Padre Padrone, de los hermanos Taviani, última Palma de Oro del Festival de Cannes, supone un paso adelante en la coherente filmografía de sus realizadores y un hecho insólito en el palmarés del festival francés, más habituado a premiar los filmes más comerciales o de la esfera de influencia de los norteamericanos -como fue el caso de Taxi driver, en 1976-. El premio conseguido por Padre Padrone es, en definitiva, una consecuencia del prestigio y la capacidad de persuasión del que fue presidente del jurado en aquella ocasión, Roberto Rossellini. No es de extrañar que éste fuera su máximo defensor pues el filme de los Taviani, por su carácter didáctico y por su talante moral, se encuentra muy próximo a las últimas realizaciones y proyectos del fallecido director.

La soporífera película china

«Sin la Standard Oil, ustedes no tendrán nada más que sombras en el futuro.» Con esta frase se despide un ingeniero norteamericano de la República Popular China. Los pioneros, filme dirigido por Yu-Jen-Fu, trata de demostrar en casi tres horas de proyección lo equivocado que estaba el técnico petrolífero. El paciente espectador no trata de demostrar nada, solamente soporta el largo discurso chino sobre la necesidad de la lucha por la independencia económica con un estoicismo y educación propios de un pueblo que ha producido un milagro en su economía.

El cénit dramático de Los pioneros radica en las discusiones entre las dos líneas fundamentales de los obreros de la industria del petróleo: por un lado, los optimistas revolucionarios; por otro, la línea representada por Feng Chao, director adjunto, que prefiere construir unas instalaciones bonitas antes que eficaces. En fin, para qué les voy a contar más. Los pioneros, y con ella la cinematografía china, acaban de conseguir el que, en el futuro, el espectador de un festival de cine internacional tenga dos días de asueto: cuando se proyecte la película soviética y cuando se proyecte la de la República Popular China, países distanciados ideológicamente a raíz del XX Congreso del PC de la URSS y próximos por lo que respecta al talante soporífero de sus. realizaciones cinematográficas.

«El diablo», un fracaso

Probablemente el diablo, último filme de Robert Bresson, ha constituido, a nuestro juicio, uno de los mayores fracasos del certamen. Esperada con cierta ansiedad, lo cierto es que el autor de Mouchette o Cuatro noches, de un soñador, acaba de conseguir uno de sus peores filmes. Personalidad importante en la cinematografía europea -todavía es reciente su éxito en España con Lancelot du lac-, todo parece indicar que el maestro no estaba inspirado en esta ocasión. Jóvenes gauchistas y amantes de la naturaleza -seleccionados con un criterio estético a lo David Harnilgton- deambulan por la pantalla contándonos sus pequeñas frustraciones. Pero lo cuentan con muy poca gracia y con unas periódicas referencias a la contaminación industrial. Bresson se solidariza, pues, con Brigitte Bardot en su lucha por salvar a los bebés-focas, reflexiona un poco sobre Dios y sus circunstancias para que no nos olvidemos de la posible salvación eterna, y consigue aburrir al más pintado. Decididamente, hay años en los que la cinematografía francesa no está para nada.

«The late show»

The late show, del norteamericano Robert Benton, producida por Robert Altman, es un filme sobre las películas negras, realizado desde dentro de su espíritu y con el sano afán de desmitificar en cierta medida el género cinematográfico. Todas o casi todas las películas en las que interviene Altinan poseen un marchamo personal, del que tampoco se libra The late show. Sin embargo, en esta ocasión el discípulo no desmerece en nada del maestro, y Benton consigue lo que no consiguió Altman con su The long good bey, es decir, divertir. Art Carney y Lily Tomlin dan vida maravillosamente a un detective privado en el ocaso y a una diletante vital que buscan al secuestrador de un gato y se encuentran cinco o seis cadáveres. Una película comercial, estupendamente realizada y sin ningún afán intelectual, salvo el de divertir al espectador, lo que consigue con creces.

«New country»

New country, de James Szalapski, documental sobre la música country norteamericana, está también íntimamente relacionada con Altman, es más, sin el Nashville de éste, probablemente no hubiera existido aquélla. Szalapski trata de demostrarnos con eficacia que Altman es un gran conocedor de su país. Dicho con otras palabras, el documental demuestra que la realidad iguala o supera a la ficción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de julio de 1977