"Fedra", desajustada por cambio de escenario
Aunque no sea posible juzgar las intenciones, es difícil ignorar que la Fedra de Martín Ayer, presentada en el teatro Benavente, por la compañía de Tony Isbert, es un reajuste de la propuesta que iba a hacerse en el «non nato» Teatro Cinco. Se adivina que el autor y director pretendía desconvencionalizar un espacio para presentar una actualización cinematográfica -casi ronconiana- del mito trágico. Esta línea de comportamiento, frustrada en el traslado a un escenario convencional, debilita grandemente el resultado.Martín Ayer carece de lenguaje dramático, en el sentido clásico de la expresión. Ha tomado el eje mayor del gran tema, lo ha actualizado, ha desdoblado el personaje del hijo y ha simplificado brutalmente el lenguaje. El resultado es malo. Pero sucede que se adivina en Martín Ayer un lenguaje dramático que iba por otro lado. Se adivina que ese esquematismo coloquial, ese alto ritmo de las visualizaciones, esa red, esas luces, esas sombras, esas plasticidades y esos cambios de ritmo que hay en su montaje tendían a plantear un cierto juego intemporal, un análisis de los valores de la expresión moderna, una petición de distanciamiento, que quizás hubiesen estado muy bien en el espacio escénico para donde fueron concebidos.
Sucede siempre, -y mucho más en trabajos de alta afinación- que un traslado de local altera seriamente las características de un espectáculo. En esta ocasión se llega a un cambio-límite. Es muy fastidioso adivinar, sin dificultad, que Martín Ayer se ha planteado su Fedra en términos de gran interés. Es tremendo comprobar que el duro salto a un escenario convencional, ha arruinado un espectáculo que no era así. En el Benavente parece frío, seco y voluntarista algo que podía haber sido rico y estimulante. Los propios actores sufren el rebuscamiento de una geometría escénica mal emplazada, sean cuales sean las razones que han impedido el funcionamiento del Teatro Cinco ya tenemos aquí una nueva víctima de la tristemente famosa ley de Policía de Espectáculos: la Fedra, de Martín Ayer.
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