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Marcos Ana un poeta ignorado

Existen nombres en la poesía española actual ignorados por homenajes y antologías. Uno de ellos, un hombre cuya vida y poesía escriben un capítulo dramático en nuestra historia literaria, es un desconocido para el lector español; sus versos, poderosos y vibrantes, han traspasado las fronteras, se han hecho universales porque universal es su tema: la libertad.

Tras un seudónimo de poeta se oculta el hombre: Sebastián Fernando Macarro Castillo; tras su poesía, una vida que, recién descubierta, se vería limitada durante veintitrés años a los muros de un penal. ¿Qué puede cantar un hombre preso desde los dieciocho años?: «Veintidós años... ya olvido/la dimensión de las cosas, /su color, su aroma...» La poesía de Marcos Ana es la evocación de un mundo descrito a tientas entre sueños de libertad, es la palabra traspasada de agonía, evasión y denuncia: «No sabéis lo que es un hombre / sangrando y roto en un cepo, / si lo supieseis vendríais / ... / para salvar lo que es vuestro.» De esta forma sus poemas trascienden una situación personal para convertirse, como la libertad misma, en patrimonio de todos.

La vestidura formal de su poesía tiene ecos de aquellas lecturas devoradas con ansia en la celda: Hernández, Alberti, Salinas, Neruda... Escribe; tímidamente primero, alentado por compañeros que se sienten identificados con aquella voz brillante y sincera; escribe, y sus poemas rebasan los límites de la prisión, apuntados unas veces en cualquier trozo de papel, otras aprendidos precipitadamente por aquellos que alcanzaban la libertad, incompletos, alterados, pero libres del muro. En Madrid se dispersan en octavillas, alguien las recoge y atraviesan el Atlántico. En Méjico, Juan Rejano las edita con un expresivo título tomado de un poema: Te llamo desde un muro (México, 1959). Figura en diversas antologías, alcanza nuevas ediciones, como la titulada Raices del Alba (Moscú, 1960), se le traduce a varios idiomas..., pero persiste la incógnita qué aquejaba a Juan Rejano: ¿quién es Marcos Ana? Tras veintitrés años, Fernando Macarro, alcanzada la libertad, se descubre a sí mismo en el papel impreso; decide entonces hacer realidad el mensaje de sus poemas y se dedica intensamente a una labor en pro de los derechos humanos, fundando en París, junto a Pablo Picasso, el CISE; conferencias y recitales sustituyen a su antigua actividad poética, ya que, abandonada la cárcel, sólo escribe de forma ocasional. Su inhibición por preparar una edición corregida de sus poemas y el desconocimiento —intencionado o no— de la crítica, harán que este poeta siga pasando inadvertido para el lector español. Marcos Ana, poeta traducido al francés, al inglés, al ruso, al sueco, al japonés, es más que un seudónimo, es un hombre poblado de existencia y es, también, un desconocido.

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