Apoteosis de "Quilapayún"
El grupo chileno actuaba por segunda vez en España (primera en Madrid)
El lunes 14, tarde y noche, el Pabellón Deportivo del Real Madrid se vio lleno hasta los topes. Un mar de banderas, una ola de gritos y un ambiente enormemente cargado, saludaban los dos primeros conciertos de la gira española del Quilapayún.
Hablamos con Eduardo Carrasco, director musical del grupo, en el mismo pabellón pocas horas después de su llegada a Madrid, y escuchando ya los murmullos del gentío que habría de asistir a su primer recital: «Cuando ocurrió el golpe de Estado del 73, nosotros nos encontrábamos oficialmente en Europa como embajada cultural del pueblo de Chile. A partir de ese momento, nosotros comprendimos que debíamos continuar representando la lucha de nuestro pueblo, que en este momento es la lucha por la solidaridad. Así, desde el 65 al 70, nuestro trabajo y el de otros muchos consistió en promover la unidad en torno al programa popular. Durante la Unidad Popular todos participamos en la propaganda, en la difusión de las medidas del Gobierno, de los logros de nuestro pueblo. En este momento, ahora, la resistencia sigue viva dentro y fuera de nuestro país, y nuestro papel es, como decía, de búsqueda de la solidaridad y al mismo tiempo de defensa de nuestros valores culturales frente a las agresiones. » Antes de aparecer el Quilapayún en escena, todo el recinto se vio inundado por gritos de El pueblo, unido, jamás será, vencido y de ¡Chile vencerá!: el acto sofidario ya estaba consumado. El resto del recital habría de ser la corroboración de este comienzo.«La canción chilena no es una tendencia desordenada, sino un movimiento organizado. Tratamos de discutir, de asignarnos distintas tareas, de interesarnos por lo que hace el resto de los compañeros. Es un movimiento orgánico que en su momento fue masivo, y que aún hoy subsiste dentro de Chile, en medio de unas enormes dificultades. »Cuándo el Quilapayún aparece sobre el escenario, los gritos se redoblan y el mismo Eduardo Carrasco explica la importancia del acto, su agradecimiento profundo y la enorme esperanza que el pueblo de Chile deposita en el proceso democrático del pueblo español. Inmediatamente, comienzan con Plegaria de un labrador, y a continuación Machu Pichu, pura música instrumental del altiplano, música más antigua que Chile mismo, y que todavía resuena en el espíritu de los pueblos andinos.
Con La muralla, sobre un poema de Nicolás Guillén, la participación alcanza uno de sus puntos más altos. Todos los presentes unen sus manos siguiendo la misma poesía: «Para hacer esta muralla tráiganme todas las manos: los negros sus manos negras, los blancos sus blancas manos.» A continuación, un poco de juerga con La bola. Un tema sobre el Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta, de Neruda, un instrumental doble, Yarably Huaina, y la apoteosis que marca el fin de la primera parte: Pon el alma llena de banderas, canción de Víctor Jara, que el grupo dedicó a su compañero desaparecido.
En el descanso se reprodujeron los gritos. Quilapayún había demostrado una gran profesionalidad y una versatilidad poco común. Todos los miembros cantan, tocan varios instrumentos y, lo que es más importante, buscan y consiguen no destacar líderes o «figuras» que se separen del conjunto. Su color es actualmente el negro. El recital, que duró casi dos horas, pasó como un ensalmo.
El acto, aunque hubo dos repeticiones, podía considerarse cerrado con El pueblo, unido, jamás será vencido. El Quilapayún (Tres Barbas) acababan una actuación que para ellos revestía un especial significado, un gran valor emotivo, según sus propias declaraciones.
El enorme despliegue de fuerza pública que rodeaba el pabellón no actuó en ningún momento, y el público volvió tranquilamente a sus casas tras vivir un ambiente tenso y emotivo. Quilapayún ha triunfado y convencido.
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