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Crítica:

Santonja

¡ Una imagen al viento! La exposición de Santonja me ha llevado a recordar el verso de Miguel Hernández o la empresa tenaz de aquel su animoso albañil («no le faltaba allento») que, instante tras instante, paso a paso («piedra por piedra, muro por muro»), pretendía edificar el vacío («levantar una imagen al viento») en perpetuo desarrollo, en auge sin plazo hacia lo aventurado, hacia lo desconocido, hacia lo porvenir («desencadenador en el futuro»).Algo tienen estas esculturas de imaen del viento, y no poco de proceso constructivo, en la acepción más recta del vocablo. Supeficies regladas que giran sobre sí mismas y albergan vacío. Giran sobre sí

Santonja

Galería Ynguanzo. Antonio Maura, 12

Santonja

mismas, se desarrollan sobre sí mismas y ellas mismas van construyendo su propia superficie, su propia trayectoria, envolviendo oquedad, a imagen y semejanza del viento.Todo su acaecer se funda en un proceso constructivo propiamente dicho, a merced de esta doble pauta: estratificación y modulación. La superficie en altura se va logrando mediante la paulatina adición de superficies horizontales sistemáticamente estratificadas, en tanto un módulo inflexible, encarnado o individualizado en cada una de las obras, dicta, estrato por estrato («piedra por piedra, muro por muro») la ley de un crecimiento sin retorno, de una columna sin fin.

Resulta, hasta cierto punto, milagroso que de un proceso tan elemental se deduzcan tan variados resultados. La mera superposición de los estratos horizontales, rigurosamente geométricos y rectilíneos es la que de hecho genera superficies en altura creciente e incesante curvatura, sin otra directriz que el módulo impreso por el hacedor en el orgien de cada una de las obras.

Nada tienen que ver, pese a ciertas apariencias, con las superficies curvilíneas de Pevsner y Gabo. Las superficies de éstos lo eran en sentido estricto, directamente elaborados en cuanto que tales. Santonja se vale, por el contrario de un proceso indirecto o perifrástico: cada uno de los estratos es horizontal y rectilíneo, produciéndose la altura por la suma de todos ellos y viniéndolos la curvatura de la ley que el módulo dictó en su origen respectivo: la estratificación origina el crecimiento superficial, y el módulo diversifica las aristas. Crecimiento superficial y modular. Esta preposición que define lo mejor del hacer de Santonja, puede igualmente dar pie a la objeción y sentar las bases de la crítica. Los estratos rectilíneos provocan a merced del módulo, superficie curvilíneas de incesante crecimiento: una suerte de escalas que, por extraño que parezca, sirven sólo para subir, nunca para bajar (seguro estoy de que ni el mismísimo Bachelard acertaría a resolver el enigma).

Y aquí viene la objeción. La verdadera escultura procura dimensiones complexivas, abiertas, no a uno (como a Santonja le ocurre), sino a todos los sentidos, a todas las orientaciones. Cuando, de otro la do, quiere nuestro escultor eludir ese tan patente giro unidireccional incurre en el volumen pleno, desvirtuando con ello el mejor de sus hallazgos: la creación de una superficie moduladora, estrato por estrato, del vacío circunstante, el arrogante alzado de una imagen al viento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de febrero de 1977

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