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Crítica:

La familia baila y el humanista escucha

Primera lectura: Comedia muy británica, de forma clásica, eminentemente conversacional, con las raíces bien clavadas en el naturalismo. Segunda lectura: comedia muy británica, con ondas de patetismo crítico, a caballo entre la sonrisa y el dolor, comedia con resonancias ibsenianas, strindberianas, pinterianas...Comedia hábil,que trasciende la peripecia de sus personajes para indagar las perturbaciones a que la crisis contemporánea somete a la institución familiar. La típica elipsis inicial de los autores ingleses contemporáneos plantea unos comportamientos irracionales a primera vista. Pero la suma de extravagancias se convierte en un método indagaiorio y la comedia -que crece mucho en la segunda parte- adquiere un rango iluminante de los caracteres, de su entorno social, denuestro tiempo y de nuestra crisis. Felicity Browne, como sus companeros de promocion, maneja personajes temerosos y, lejos de las alegorías, se plantea la dificultad de establecer relaciones humanas perfectas. Con un espléndido sentido del teatro, utilizando equilibradamente elementos cómicos y elementos patéticos -y aun burlonamente melodramáticos-, el diálogo revela las motivaciones, internas de los personajes en un magnífico equilibrio entre el soliloquio y el intento de comunicación. Y todo esto está hecho con amor. Con piedad, al menos. De alguna forma, en el curso de la representación, aquellos siete seres doloridos dejan de tener latitud propia para interdepender de todos los demás, incluídos los espectadores de cualquier lugar. Curiosa e inteligente comedia. Porque, ¿no quedamos en qué Inglaterra ya hizo, hace siglos, la reforma?

La familia baila de Felicity Browne, versión española de Mayte Villanueva y A

González Vergel. Dirección: Alberto González Vergel. Decorador: Emilio Burgos. Intérpretes: Carmen Bernardos, Lola Herrera«, Ana Marzoa, Rafael Alonso, Daniel Dicenta, Angel Rodal y José M. Navarro. En el teatro Benavente.

Para que esta lúcida comedia nos llene tanto ha sido precisará intervención mediadora de un di rector de rango intelectual: Alberto González Vergel, que es, también, coadaptador de la comedia. No ha intentado marcar un pastiche londinense ni los actores fin gen, un solo instante, un comportamiento sajón. Y esa «cercanía» se adhiere a la obra y nos la aproxima prodigiosamente. Comedia «existencial», González Vergel se ha entregado a clarificar lo único que en ella importa: el mundo interior de los personajes implicados. Raramente alcanza entre nosotros la dirección de actores esa finura relojera. Se habla aquí, en definitiva, de la condición humana y a ella ha atendido primordialmente el di rector. Yo diría que las eminencias, fueron Carmen Bernardos, en una composición dificilísima e ingrata, y Rafael Alonso, heredero de la gran tradición de los intérpretes humanistas. Todos hicieron cosas importantes: hablar por derecho, oír con atención -una ciencia bastante olvidada-, interrelacionarse, incorporar el clima y respetarse los tonos. La estupenda Lola Herrera sumó a todo ello un curioso y divertido ejercicio físico y Daniel Dicente templó con lucidez el peligroso tópico del personaje borrachón.

Con ira o sin ira mirar atrás y adelante es el más noble deber del teatro. Esta es una comedia de tiro largo. Una comedia que nos acompaña mucho después de la caída de su telón final. En el panorama de nuestros crispamientos esta hermosa meditación es una luz. Un bálsamo. Un análisis clínico de aquellos que llenaron de gloria a los viejos médicos humanistas. Este tipo de programación honra a una sala teatral

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de febrero de 1977