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La corrupción y los nuevos caciques

Como viene advirtiendo con la necesaria insistencia el profesor Tierno Galván, el problema de corrupción no tiene en España una mera dimensión cuantitativa. O dicho de otra forma no se trata tanto del número de personas corrompidas o corrompibles de si extensión subjetiva, sino de un dimensión mucho más grave y de innegable transcendencia socio-política: es una corrupción estructural.La sistemática e implacable persecución de la libertad de expresión a través de la censura y de leyes y tribunales especiales (especialmente represivos), el no menos sistemático saboteamiento de la solidaridad social -y de la simple solidaridad humana- ahogando y reprimiendo cualquier empresa comunitaria (política, sindical, cultural) no coincidente con la «ldeología oficial» la casi absoluta ausencia de controles internos y externos, institucionales Y sociales sobre los procesos económicos, financieros y administrativos,- la estúpida condena de la llamada «crítica destructiva» (que es «la critica», a secas) y el elogio y estímulo de la «crítica constructiva» (o calificada y matizada complicidad con los poderes establecidos), la permanente «caudilización» (o patrimonialización providencialista) del Estado y de sus instituciones y órganos básicos; son factores, no exhaustivos, que abonan y determinan la corrupción estructural a que nos referimos. Si a tales o parecidos factores incorporamos las notas cualificadoras de cualquier estructura capitalista «tardía y caducante » que, en el plano axiológico, destaca sobre los demás valores personales y convivenciales el de la posesión de bienes y riquezas a través de una dura competencia insolidaria, obtendremos un cuadro bastante aproximado de la actual realidad española.

Dentro de está realidad juegan -como es lógico- un papel fácilmente protagonístico los antiguos y los nuevos caciques, cuya capacidad de adaptación al medio urbana los singulares y complejos imados de la sociedad industrial y de consumo sólo puede ser Ida por la de la pro estrucIber capitalista que los a a quien Costa insertaba al ca dentro de un sistema compuesto, fundamentalmente, por tres elementos: l.º) Los oligarcas, que constituyen la «plana mayor» viven en Madrid: 2.º) Los caciques «stricto sensu»,-que actúan como delegados locales o comarcales de los primeros y, entre los que existe una jerarquización cuyos grados corresponden al ámbititerritorial de su «competencia», 3.º) Algunos titulares de órganos provinciales o locales de la Administración del Estado que sirven, informalmente, como medio, de relación entre la oligarquía central el caciquismo periférico.

Como es natural, los caciques cuentan con unos soportes sociopolíticos necesarios: la impotencia, ignorancia o apatía de sus «clientes» (esto es con una «cultura de súbditos»). la connivencias -o subordinación- de las autoridades locales, que les presta impunidad o al menos capacidad de ocultación- y una cierta «influencia» en los medios de comunicación que existan en su territorio. En el plano económico no cesan de reclamár «derechos especiales» y, mientras defraudan al Fisco y a la Seguridad Social, difunden en su contorno la idea de que todos los males provienen del abandono o la injusticia de los poderes públicos. En el plano político, sólo son modestos -aunque ardientes- partidarios del «orden» y de la «patria», a los que utilizan como escudo de preservación y reforzamiento de sus privilegios: hacen profesión de obediencia al poder constituido, pero no están dispuestos a aceptar la más leve empresa comunitaria. Aunque son alérgicos a la cultural -porque, instintivamente presienten sus peligros- no dejan de ayudar a alguna escuela o de sostener algunos becarios, pues, para ellos, es de vital importancia solapar tras una máscara agradable el sistema de dominio y opresión sobre quienes les rodean.

Los nuevos caciques son la traducción polo-financiera al medio urbano e industrial de nuestro antiguo -aunque persistente- caciquismo rural. Se trata de individuos que, aprovechando su «posición» en la Administración, en las grandes empresas. en los sindicatos, en instituciones de toda índole (civiles, militares y religiosas) y constituyendo alianzas de intereses con grupos y sectores determinados (comunidades «de interés» que, no en escasas ocasiones, se subliman bajo la forma de comunidades ideológicas) comprometen, con una increíble audacia, el prestigio de las instituciones a que pertenecen y en eso se apoyan para pensar que su impunidad está asegurada: el temor a una investigación a fondo, con el consiguiente escándalo, hará que se piense «más de dos veces» el Inicio de la misma. Por otra parte, la culpa que, sin necesidad de cohecho o soborno, por mera negligencia, pueda alcanzar a grandes mandarines de la Administración o de la política constituiría también una buena «complicidad para el encubrimiento».

Este repugnante pulpo continuará degradando y asfixiando nuestra convivencia -y las propias raíces del Estado- si no vamos, decidida y limpiamente, sin trampas, sin perífrasis, sin necias logomaquias de cualquier signo, al establecimiento de una auténtica democracia. Cualquier actitud de exclusión, la reservisión, cualquier arbitraria reserva de poder, cualquier contemporización con posiciones totalitarias, cualesquiera manipulaciones -electorales o no- de la libre y legítirna expresión de la voluntad popular no significará otra cosa -entiéndase bien- que un claro compromiso con la corrupcion.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0010, 10 de noviembre de 1976.

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