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Reportaje:Irlanda, entre el subdesarrollo y la violencia / y 3

IRA e Iglesia

Los refugiados políticos del Ulster han provocado en la República de Irlanda cierta inquietud política y no pocos contratiempos. La lenta politización de las masas populares tuvo mucho que ver con esta presencia. Y las fuerzas represivas debieron proveerse de una legislación sui generis para controlar el orden público. Irlanda busca, como en el pasado, las señas de su identidad. Y la religión católica, con una interpretación un tanto ultramontana, ha servido de base para semejante búsqueda, María Luisa Sánchez termina hoy su serie con unas consideraciones sobre la presencia del IRA y el poder de la Iglesia.

La falta de politización de las masas irlandesas muestra sin duda la ausencia de una auténtica vanguardia que supiera hacerse eco de las aspiraciones populares y convertirlas en elemento decisivo del equilibrio político. El Partido Laborista debió cumplir esta tarea en el pasado, pero no lo hizo; actualmente sus simpatías entre la población trabajadora urbana son limitadas y nunca ha conseguido el apoyo del sector campesino. El Partido Comunista es microscópico y ha concentrado el 90 por 100de su actividad en los problemas sindicales. El Sinn Fein, rama política del famoso IRA, ha dirigido siempre su atención hacia el Norte, y sus planes políticos para el Sur estaban siempre concebidos a largo plazo, cuando se realizara la supuesta unidad de toda la isla.Ha sido precisamente la división interna del Sinn Fein en enero de 1970 -como reflejo de la división en el seno del IRA a finales de 1969-, lo que parece haber empezado a cambiar, siquiera sea mínimamente, el estado de cosas anteriormente descrito. La facción oficial del Movimiento Republicano (IRA y Sinn Fein), tras un profundo análisis de la situación en el Norte y en la República, ha optado por una política de carácter socialista como única solución a l6s problemas del país. Esta nueva línea de actuación incluye una lucha simultánea en los 6 condados del Ulster y en los 26 de la República, el abandono momentáneo de campañas militares, la participación electoral a nivel local y nacional, la transformación de la guerra civil del Norte en la lucha de clases mediante la alianza con los sectores proletarios protestantes, la denuncia del neocolonialismo británico sobre la economía irlandesa, y la creación de estructuras de poder popular que permitan una mejora de las condiciones de vida de la población.

Todos estos objetivos necesitan una activa participación de las masas irlandesas del Norte y del Sur. Desde 1968, fecha en que los oficiales iniciaron la agitación política en la República, el grado de concienciación ha ido elevándose lentamente, y se han conseguido algunas ventajas, como por ejemplo la creación de comités de vecinos, tanto a nivel de barrio como de distrito y de región, funcionando incluso una Asociación Nacional que controla las cuestiones referentes a rentas, reparaciones, nuevas construcciones, problemas urbanísticos, etcétera... en todo el país.

El problema del IRA

La progresiva politización de los sectores populares, unida a la cada vez más estrecha colaboración Dublín-Londres respecto a la detención de miembros del IRA refugiados en la República, ha dado lugar en los últimos años a los primeros problemas de orden público desde los años 40. El Gobierno ha intentado atajar la «subversión» promulgando una enmienda a la ley de Orden Público, «Ofences Against the State Ammendement Act» (OAS), que ha despertado la indignación de las fuerzas progresistas por cuanto sus disposiciones van en contra de los más elementales principios del Derecho: la OAS dispone que cuando un oficial de policía declare ante un tribunal que a su juicio una persona pertenece a una organización ilegal, esta declaración será considerada como prueba suficiente para imponer el castigo correspondiente a tal delito.

Como era de esperar, el establecimiento de tal disposición en un país tradicionalmente democrático y respetuoso de los derechos del ciudadano, no ha he cho más que dar origen a fuertes campañas anti-Gobierno y a in contables actos de protesta. La relativa abundancia de preso políticos, encerrados en prisiones que datan -edificios y reglamentos- del siglo pasado y se halla en deplorable estado; la extradición de militantes republicanos reclamados en el Norte, y finalmente, la nueva ley que permite juzgar en el Sur a los miembros del IRA por actividades cometidas en el Norte, han constituido los temas protagonistas de la agitación en Irlanda en los últimos tiempos y amenazan con prolongarla dramáticamente, pues el IRA ha amenazado al Gobierno de Dublín de considerarlo "enemigo de guerra" si lleva a la práctica la última disposición.

La poca eficacia de las fuerzas de policía -que van desarmadas como en Gran Bretaña- ante estas circunstancias, ha llevado al Gobierno a echar mano en diversas ocasiones del Ejército (el más débil de Europa, 8.000 hombres y 4 aviones; en realidad sólo es útil precisamente como fuerza de orden interno), lo que ha causado cierta alarma en la población, cuando ve a las tropas disolver manifestaciones y motines que hasta ahora nunca habían tenido trascendencia.

La colaboración Dublín-Londres, por otra parte, repercute a ciertos niveles en la opinión publica irlandesa con más intensidad que en otros países, dado que el sentimiento nacionalista está profundamente arraigado en el carácter irlandés. Al no existir una independencia económica ni política, ni cultural, los diferentes Gobiernos irlandeses, eficazmente ayudados por un sin fin de instituciones, fundaciones y clubs, a cual más «patriota» y más «genuinamente irlandés», se han esforzado en crear y mantener una serie de mitos que simbolicen la independencia y reflejen su imagen, tanto para uso interno como para la exportación, dirigida especialmente hacia las comunidades irlandesas en el extranjero, cuyo dinero y apoyo podría necesitarse, quizá, en algún momento.

Estos símbolos van desde el culto a los héroes-mártires de la lucha por la liberación, cuyos retratos y estatuas presiden todas las actividades públicas irlandesas -incluidos los del propio ,Connolly del que, sin embargo, era imposible hasta hace poco encontrar alguna de sus obras, semi-prohibidas por su carácter socialista- hasta el mito del esplendor de la cultura céltica y su influencia en otras culturas continentales a través de los monjes irlandeses que recorrieron Europa durante la Alta Edad Media. Sin olvidar el himno nacional, que es tocado en los cines al final de cada sesión, con el público en posición de firmes.

El poder de la Iglesia

Uno de los fenómenos simbólicos mas curiosos es el de la lengua. Un pueblo sin lengua propia difícilmente puede presumir de nacionalismo; los irlandeses lo saben y por ello han llevado a las escuelas, a la calle y al papel impreso una lengua que debería estar en las viejas bibliotecas y en los museos a juzgar por el uso que de ella hace la población. El gaélico es la única lengua céltica considerada idioma oficial por un Estado. Los folletos turísticos aseguran que es la primera lengua de Irlanda, ocupando el inglés un segundo puesto. Sin embargo se da la paradoja que el gaélico es la lengua céltica hablada por menos número de personas: sólo 70.000 en toda Irlanda, frente a cifras más elevadas en Escocia y Gales.

A pesar de los textos bilingües en señalizaciones de carreteras, monumentos y disposiciones gubernativas, a pesar de que se exige su perfecto conocimiento para trabajar en la Administración, de que se enseña en las escuelas... los irlandeses hablan inglés, oyen y ven radio y TV en inglés, y en inglés se han expresado los genios literarios que Irlanda reivindica como suyos -Oscar Wilde, Bernard Shaw, Joyce, O'Casey, Samuel Bceket- y que al faltarles la lengua como característica definitoria, han dado gloria a las letras inglesas aunque nacieran y se educaran en Dublin, GaIway o Cork.

Con unas manifestaciones tan endebles de su cultura, habiendo tomado del invasor su lengua, sus leyes y sus costumbres, al pueblo irlandés le quedaba una única esfera en la que sentirse diferente: la religión. El irlandés ha vivido aferrado a su catolicismo como prueba indiscutible de su identidad, de su existencia como pueblo colonizado, pero jamás asimilado. De esta mezcla de la religión con la Historia y la política nace el poder de la Iglesia católica irlandesa. Sus directrices, ancladas en unos moldes que siempre han resultado anacrónicos, porque anacrónicas eran las estructuras que soportaba la isla, son hoy una pesada herencia que todavía no han conseguido borrar ni el «agiornamento» posconciliar ni la creciente secularización de la sociedad irlandesa de los últimos años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de julio de 1976