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Reportaje:

Los accidentes de tráfico son pequeños autosuicidios

Durante el año 1975 las carreteras españolas presenciaron un total de 306.612 accidentes en los que, aparte daños materiales, 4.487 personas perdieron la vida. La Dirección General de Tráfico estima que la principal causa de accidentalidad fue la infracción de las leyes de tráfico, siguiéndole en importancia las circunstancias psicofísicas de los conductores y otros factores ajenos al conductor. Alfonso García Pérez conversó con José Luis Alvarez Alvarez, profesor de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid y sociólogo conocedor de algunas investigaciones sobre el por qué se muere en la carretera.

El accidente de coche más frecuente es el que produce sólo daños materiales. Pero por cada cien de estos accidentes, quince dan lugar a heridas y lesiones y uno da lugar a una o varias muertes.La revista Autopista publicaba recientemente un informe que aseguraba que el 96 por 100 de los accidentes es debido a un fallo humano y el 4 por 100 restante a fallos mecánicos. Los informes de la Dirección General de Tráfico, sin embargo, desglosan la cuestión de los fallos humanos en dos conceptos no fáciles de discernir: infracciones de los conductores al Código de la Circulación y circunstancias psicofísicas de los conductores. Mientras al primer concepto el informe de la DGT le atribuye un coeficiente 0,90, al segundo se le atribuye un 0,15. Ambas cifras son considerablemente superiores al 0,07 que se atribuye a los factores ajenos al conductor (Boletín Informativo, marzo 1976).

Sin duda, el fallo psiquico evidente, como cansancio, distracción, pérdida de reflejos, etcétera, no es tan frecuente como esa otra forma de fallar psíquicamente que es infringir unas normas y operar con un riesgo mucho mayor (adelantamientos sin visibilidad, en curvas, por la derecha, no frenar en los cruces, aprovechar al máximo pequeños márgenes, no respetar prioridades, etcétera.

Se atribuye a todo ese comportamiento más propicio al accidente una casualidad estrechamente ligada al estado de ánimo. El coche se convierte entonces en una prolongación del «yo» del conductor «El accidente tiene mucho de autoprovocación, de pequeño o grande -según los casos- autosuicidio», asegura José Luis Alvarez.

Conflictos personales

«Está clara la relación entre ciertas formas de conducir y la agresividad. Sin necesidad de recurrir a la anécdota -en París hace algún tiempo un individuo mató a otro por un problema de aparcamiento- hay una frecuente conexión entre el comportamiento al conducir, al aparcar, al adelantar, etcétera, y la agresión directa, bien a nivel de agresión o incluso de acción».«En el modo de conducir están presentes los conflictos del conductor en cada momento. Toda la gama de sentimientos psíquicos se proyecta en la conducción: agresión, sexo, dominio, afirmación del «yo», miedo, sentimiento de status social... Unas veces el conflicto tiene lugar fuera del vehículo, pero también la conducción en ciudades como Madrid provoca tal situación de stres que se originan regresiones en los conductores a comportamientos más primitivos, menos civilizados, que los que se seguirían fuera de esa situación exasperante».

El sexo también está presente. Algunos institutos de opinión franceses han detectado en los usuarios una verdadera erotización del vehículo. Se trata al coche con cariño, mimo, odio, de modo análogo al comportamiento masculino frente a la mujer. Otras veces se vengan con el vehículo conflictos interpersonales o de potencia, al poder encontrar en el coche la máquina segura que siempre responde al control de la mente, cosa que no es posible en la relación con las demás personas.

Ciertos expertos en psicología del comportamiento llegan a hacer previsiones de accidentalidad a tenor de la situación psíquica por la que pasa el conductor. Las velocidades más peligrosas, los arranques violentos, los giros incorrectos, el brusco cambio de vía y demás causas inmediatas de accidentes reales serían entonces los signos de otras pulsiones inconscientes o conscientes. El accidente se convierte así en algo que puede ser deseado y provocado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de julio de 1976

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