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Más rigor en la concesión de trofeos

Hablábamos de la reforma del reglamento taurino, que se estudia por diversas comisiones y en el seno del Ministerio de Gobernación, pero en concreto no sabemos nada. La pregunta es en qué va a consistir la reforma; si de ella se derivarán más garantías de seriedad en la fiesta o un mayor juego de posibilidades en favor de los protagonistas del espectáculo -toreros y ganaderos- porque el articulado vaya a redactarse de forma que admita mayor flexibilidad en su interpretación. Alguien tendrá que informarnos en abstracto o en concreto y no debería ser a hechos consumados.

Un artículo fundamental es el 68, que se refiere a la concesión de trofeos, no tanto porque ajusta los premios a los merecimientos del torero, como porque de él depende la calidad de la lidia. Desde que se modificó el reglamento anterior -que atribuía al presidente la responsabilidad de la concesión de la primera oreja, la cual se otorgaba siempre a su criterio aunque fuera preceptiva la previa petición-, para redactar el artículo correspondiente en base a que se concederá este trofeo «ateniéndose el presidente a la petición mayoritaria del público», el toreo ha decaído y se ha perdido casi completamente la pureza de la suerte de matar.Es cierto que se conceden orejas por actuaciones que no tuvieron relieve, después de bajonazos o estocadas echándose fuera. Si hay una mayoría de espectadores que las pide y puede ser por la emoción de una voltereta, por reacción contra una facción de público que protestó algún pasaje de la faena, por un trasteo tremendista, etcétera- el presidente no tiene otro remedio que otorgarla, según establece el vigente artículo 68.En la novillada del domingo, a Poveda se le concedió una oreja después de un espadazo tendido que asomaba más de tres cuartas por el costado de la res. A Teruel, el día de su gran éxito en San Isidro, con ganado de Ibán, le dieron dos después de una estocada tendida y desprendida, perdiendo la muleta que había- precedido de un pinchazo bajísimo.-Y esto sucedía en Madrid, plaza la de más rigor en cuestión de trofeos.

El artículo 68 debe volver a su redacción anterior: a que se responsabilice al presidente de la concesión de la primera oreja -no digamos, ya, de la segunda, y del rabo- y que su criterio prevalezca sobre el del público, porque sus conocimientos reconocidos y su autoridad le obligan a obrar en consecuencia y a tener presente el mérito, del torero en relación con las características del toro, la pureza con que realizó las suertes y principalmente la ejecución de la estocada.

Mientras se sigan premiando los bajonazos, las estocadas atravesadas, los volapiés en franca huida o tapando los ojos al toro y tantos otros trucos como se ven todos los días, será imposible rescatar, la suerte suprema, que como las de capa y muchas otras ha entrado ya en el túnel del olvido.

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