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Crítica:MUSICA

"Los demonios de Loudun"

ANTECRITICA

Aldous Huxley, publica «Los demonios de Loudun», el año 1952. Nueve años después, se presenta en Londres el drama «Los demonios», basado en la obra de Huxley y original de John Whiting. Durante la temporada 1968-69, en Hamburgo y Stuttgart, tienen lugar las primeras representaciones de la ópera de Penderecki, acogida con no corta dosis de polémica, tanto por lo que se refiere a la obra misma como a su montaje, en su versión más cruda.Como es sabido, Huxley trata en «Los demonios de Loudun» un proceso habido en la citada ciudad francesa, en el siglo XVII, en torno -a un caso de prácticas demoníacas, del que fue objeto el párroco de St. Pierre du Marche (Loudun), Urbano Grandier. El tema había sido ya tocado, entre otros, por Alejandro Dumas y Alfred de Vigny.

La presencia de tres factores debió atraer la atención del compositor polaco hacia el asunto: lo sexual, lo religioso y lo político. También, el deseo de dar con nuevas soluciones de teatro musical ajustado a los imperativos de nuestro tiempo. El viejo esquema de la «ópera» fue roto por Penderecki aun cuando, en ciertos principios, acepte imperativos tradicionales propios del género: primero de todos, la necesidad de reducir el argumento a esquema y la supresión de algunos personajes con vistas a la mayor concisión y la más diáfana claridad narrativa.

Frente a Grandier -«parIanchín, perseguidor de muchachitas, casadas y viudas» como lo define Lonchampt- se alza el tremendo, personaje de Sor Juana de los Angeles, superiora de las Ursulinas, que llega a sentirse poseída por los demonios hasta provocar un estado de histeria generalizada, en la que religiosidad y sexo juegan su papel desencadenante y resultante a la vez. Al fin los enviados de Richelieu cargan toda su «autoridad» y la entera razón de su fuerza sobre el singular párroco, complejísimo don Juan vestido de hábitos.

El habitual realismo, no falto de magia, tantas veces cultivado por Penderecki, encuentra mil motivos de realización en un a historia que el propio compositor subraya en sus significaciones políticas. A fin de cuentas, en la obra de Penderecki se trata más fundamentalmente de la pasión del Padre Grandier que de cuantos acontecimientos rodean su turbulenta existencia, por fuertes que estos sean. Al final, quien empezó pareciendo miserable se erige en símbolo de luchador frente a un mundo dominado por la violencia y cruel hasta la náusea.

Se ha citado, frecuentemente, a Bosch o a Valdés Leal para explicar, en términos comparativos, la maléfica fascinación colorista de «Los demonios de Loudun». No falta, en efecto, sentimiento barroco en una ópera tan iluminada por la fuerza del tema como por la palabra -cantada y hablada- así como por la presencia de una música cuyo color y sentido de la continuidad participa tanto del mundo de lo escénico como de lo cinematográfico.

La carencia de significaciones propias de la música en cuanto, «lenguaje», subrayada, por -Levi Strauss, se «llena» en este caso por la presencia viva de una acción, evocativa de la realidad, instalada en el progecenio y en el «foso orquestal» con plenitud Vital. Desde la «actualidad histórica» con que Penderecki concibe «Los demonios» intenta como siempre, dirigirse al gran público. «Aun tratando de ser fiel a mí mismo -ha escrito Penderecki tengo siempre presente una gran masa de personas a las que me dirijo como hombre y como músico.»

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 1976