Ana Alonso, bronce en skimo: “Siempre he creído en mí”
La doble medallista en los Juegos de Milán - Cortina repasa su angustiosa carrera para llegar a los Juegos tras un atropello y los momentos de tensión por cometer un fallo en la final de relevos mixtos


Al teléfono, la voz de Ana Alonso suena apagada, cansada más allá de los esfuerzos concedidos en las dos pruebas de esquí de montaña de los Juegos que le han valido sendas medallas de bronce (sprint y relevo mixto). Su agotamiento es fruto del trabajo ingente desempeñado para poder competir en la cita de Milán-Cortina, del estrés emocional asociado a las dudas sobre la idoneidad de su participación, de la incertidumbre generada por su estado de forma brutalmente comprometido tras sufrir un atropello en bicicleta a finales de septiembre que le costó la rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda. La esquiadora granadina de 31 años sueña con descansar en casa mientras gira con sus preseas por Madrid cumpliendo con compromisos institucionales, peaje que acepta con elegancia, consciente de que su deporte se encuentra en la dinámica apropiada para crecer aún más en un país como España que se codea con la élite del arco alpino.
“Estoy mental y físicamente agotada”, reconoce, “pero realmente ha sido todo tan intenso que ni siquiera he llegado a asimilar lo conseguido. Como no he podido reposar, no siento el vacío propio de una persona que ha perseguido y logrado su sueño”. El sentimiento que sí logra identificar con claridad es el de orgullo. “Tengo momentos en los que sí me siento inmensamente contenta de mí misma, y sobre todo de no haber abandonado, de haber creído siempre en mí”, revela.
Si Ana Alonso (y su entorno) se aplicó en ofrecer una imagen de positivismo, relativizando todo lo posible el alcance de su lesión, la realidad de puertas adentro fue mucho menos amable: “Estos cuatro meses han sido muy, muy, duros en todos los sentidos. Las primeras cinco o seis semanas yo era absolutamente dependiente, no podía ni ducharme sola, con la pierna inmovilizada y el brazo en cabestrillo. Necesitaba mucha ayuda. Y fue muy duro porque no solo no podía realizar mi trabajo de entrenamiento, sino que estaba perdiendo mi fuerza y mi condición física mientras que el resto de mis rivales se preparaba mejor que nunca para los Juegos. Intentaba creer en algo que cada vez se me hacía menos creíble”. Ana Alonso estuvo a milímetros de rendirse. “A finales de octubre y principios de noviembre no hubo un solo día en el que no pensase en abandonar, dejarlo todo. Me decía: ‘Esto no tiene ningún sentido, no sé qué estoy haciendo…'. Tuve una época muy severa. Pasé de hacer tres o cuatro horas de fuerza a la semana antes de mi accidente a hacer 15 y en mi cabeza cuando hago fuerza no siento que me entreno… Al mismo tiempo, tanta carga me requería mucha energía, ha sido terriblemente duro. Afortunadamente, siempre he tenido ayuda, un hombro sobre el que llorar”, recuerda.
En última instancia, la esquiadora andaluza tuvo un pensamiento revelador, una verdad que le ayudó a desbloquear su dinámica de pensamientos destructivos: “Vi de forma clara que nadie gana una medalla en los Juegos por cuatro meses de entrenamiento, sino por el trabajo acumulado durante años”. Y, desde ese lado, la tarea estaba sobradamente cumplida, máxime tras un largo verano de preparación exclusiva de cara a la cita olímpica.
A ratos, Ana saca las medallas de sus cajas y las observa. Siente especial debilidad por la obtenida en el sprint, donde nadie la esperaba. Salvo ella misma. “Esta es la medalla más especial, porque una vez lograda todo el mundo se suma al carro y me asegura que creyó en mí, todos estaban seguros de que lo lograría, pero me mentían. Sí que es cierto que la gente pensaba que teníamos serias opciones de medalla en el relevo mixto porque Oriol es capaz de hacer magia con sus grandes remontadas y en cuanto pude ponerme los esquís y empezar a entrenar la mayoría me pedía que me centrase en el relevo, dando por hecho que el sprint era demasiado para mí. En la primera prueba de la temporada en Courchevel quedé 25º en el sprint y me dio una rabia tremenda. Y tristeza. No me apenaba que la gente no confiara en mí, lo que me apenaba era ver cómo en apenas un año había pasado de lograr podios en la Copa del Mundo a casi ni pasar la ronda de clasificación”, se sincera.
El bofetón de realidad en Courchevel acabó por convertirse en un revulsivo. “Ese día me pregunté: ¿Por qué tengo que resignarme a este resultado mediocre, por qué bajar los brazos y sumarme a la corriente de los que creen que no tengo nada que hacer?”. Quedaban muy pocas semanas hasta la cita olímpica, semanas que Ana Alonso exprimió al máximo. Pudo incluso desprenderse de la rodillera aparatosa con la que compitió en Francia, estrenar su nuevo modelo de botas, apenas medio kilo de carbono y un botín minimalista, todo medido al gramo como acostumbra, exquisita en los asuntos técnicos.
De natural comedida, Alonso estalló de júbilo al pasar a semifinales, agitando sus bastones como si fuesen aspas de molino. “Verme bien en cuartos de final me dio mucha moral, y mucha más verme en semifinales al lado de Emily Harrop y Marianne Fatton, las rivales con las que me codeaba antes del accidente: esto me empoderó muchísimo y al pasar la línea de meta solo pensé: ¡He vuelto! En la final me dije: ‘Ana, estás en unos Juegos y aquí solo importan las medallas’. Llevaba el dorsal 3, que indica el tercer mejor tiempo en semis, y creo que nunca he creído tanto en mí misma. Me puse el objetivo de ir de menos a más recuperando en las transiciones el tiempo perdido y llegó el resultado soñado. Yo nunca lloro, pero en los Juegos me dejé ir”, asegura.
El epílogo de sus Juegos, en el relevo mixto, arrancó como una pesadilla y se cerró con una sensación de alivio que apenas alivia la congoja sufrida. “Queríamos el oro, sin conformarnos con la plata o el bronce. No hice la mejor gestión de carrera posible, la verdad. Sabía que no podía pasarle el relevo a Oriol con 30 segundos de retraso, tenía que entregárselo con el menor tiempo perdido posible y aunque sabía que debía guardar fuerzas para la segunda vuelta, di demasiado en la primera. Y en la transición final, poner pieles, que se me da muy bien, lo hice mal, quizá por los nervios, el cansancio, el ruido ambiental… Perdí unos 11 segundos. Llegué un poco pasada de vueltas y lo pagué”, se sincera. Hubo más, un momento terrible, una pesadilla para cualquier deportista: al final de la segunda posta, Alonso sobrepasó totalmente la zona delimitada para realizar la última transición. “Fue horrible, pero no fui consciente en un primer momento. Había una segunda línea, un poco más lejos y fui hasta ahí sin darme cuenta de que esa era la línea de salida. Fue tras entregar el relevo cuando un técnico del equipo se me acercó desencajado y le pregunté: “¿Tan mal lo he hecho?”. Cuando me dijo que me había salido del margen reglamentario, quise desaparecer de la tierra, subir a lo alto de la grada y tirarme. Fue realmente espantoso. No paraba de pensar cómo pude cometer semejante error, después de todo lo que había pasado, de superar mil situaciones, me parecía tan absurdo, tan injusto… además, el sentimiento de culpa se multiplica cuando afecta a tu compañero, es mucho más difícil de digerir”, explica.
En ese momento, nadie sabía si la pareja española estaba eliminada o solo penalizada por un tiempo a decidir por los jueces. “Lo recuerdo como un momento de muchísimo sufrimiento. Lo cierto es que los cinco minutos que tardó el jurado en imponer la sanción fueron eternos y agravados por el hecho de que el reglamento no contempla la posibilidad de hacer la transición fuera de la zona, tan solo observa casos como que el pie pase la línea, o el bastón, o no lleves bien metida la piel de foca en el buzo. Así que no sabíamos a qué atenernos”. Finalmente, los tres segundos de penalización no impidieron que se colgasen el bronce.
Ana Alonso desea llegar a competir en los Juegos de 2030. Tendrá 35 años, pero sabe que la posibilidad de disfrutar una dedicación exclusiva le permitirá llegar en el mejor estado de forma de su vida.
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