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Una estatua escondida por la vergüenza del dopaje

Un monumento de medio cuerpo dedicado al goleador histórico de la selección peruana aguarda ser develado. Su escultor es una víctima colateral de la onda expansiva que produjo su sanción por dopaje

Estatua de Paolo Guerrero
Jose Carlos Vargas junto a la escultura del futbolista Paolo Guerrero, en su taller de Lima, el 20 de septiembre.Ángela Ponce

Desde el verano del 2018 hasta julio de este año, José Carlos Vargas Mendoza tuvo en secreto a Paolo Guerrero ante los ojos del mundo. Durante todo ese tiempo, prácticamente la espera entre un mundial y otro, lo mantuvo cautivo debajo de unas escaleras de fierro, envuelto en una manta y en plástico de burbujas.

En ese mismo lapso, cada vez que Vargas Mendoza se asomaba por la calle era atormentado por sus vecinos con una pregunta inocente: “¿Y para cuándo?”. Para salir del paso y no ser descortés atinaba a decir “pronto, pronto”, y seguía su camino. Solo él y unos pocos sabían la verdad: que el mañana era incierto y que probablemente no llegaría nunca.

Paolo Guerrero mide 1,2 metros, pesa doce kilos y está cubierto de polvo. Es de resina de poliéster, aunque posee un acabado que da la impresión al primer vistazo de estar hecho de bronce.

A los peruanos su pose, imperturbable, les remite a una escena feliz: la noche del 10 de octubre de 2017, cuando el delantero consiguió el repechaje a Rusia 2018 en la última fecha de las Eliminatorias. Lo logró con un tiro libre que, en realidad, fue la bendición de algún Dios piadoso: si el arquero colombiano David Ospina no rozaba el balón con sus yemas, el gol hubiese sido anulado, y quizá Perú, eliminado hace poco de Qatar 2022, llevaría 44 años desterrado de las Copas del Mundo.

Guerrero celebró: lanzó algunos carajos a la tribuna y después se besó el escudo, remeciendo al estadio Nacional. Ese beso rabioso, ese instante telúrico, ha sido representado en la estatua.

Hace cuatro años, el Paolo Guerrero de carne y hueso también la tuvo delante. En esta misma casa, en Chorrillos, el distrito frente al Pacífico donde creció antes de marcharse al Bayern Múnich a los 18 años, en el 2002. Vargas Mendoza, el padre de la criatura, disfruta al recordar aquella visita de media hora.

Estatua de Paolo Guerrero
Detalle de la escultura de Paolo Guerrero.Ángela Ponce

“Como todos, estuve sentado frente a mi televisor, viendo el partido ante Colombia. Que luego pasaran unos meses y que él estuviera en mi taller me parece surrealista”, dice mientras le pasa una brocha al monumento. Uno entre tantos, en esta casa-taller, donde habitan más estatuas que personas.

Guerrero, tímido fuera de las canchas, elogió su obra con una afirmación: “sí, soy yo”. Petronila Gonzales, ‘Doña Peta’, su madre, quien lo acompañó aquel día, fue más demostrativa: “Está muy bonito, joven. Lo felicito”.

El delantero, que por estos días da sus últimos fogonazos en el Avaí del fútbol brasileño, supo del proyecto por Rony Miranda, un gestor cultural al que le pareció una gran idea homenajear al capitán que nos había dejado a un paso de Rusia 2018. Fue él quien se lo encargó al escultor José Carlos Vargas Mendoza.

La idea era potente: inaugurarían la estatua en el estadio Nacional, en medio de una multitud. La original, pensada en bronce, se quedaría allí y una réplica sería puesta a disposición de la Municipalidad de Chorrillos para ser instalada en algún parque o plaza que, seguramente, sería rebautizada con el nombre del goleador.

‘Peta’ estaba de acuerdo. Tanto que dio su aval para que el menor de sus hijos les enviara fotos con el torso desnudo para que sus incontables tatuajes fueran tallados con autenticidad. Nada de garabatos. Arte para su retoño.

Las empresas, hábiles para olfatear las oportunidades, se sumaron al proyecto. Y cómo no, Latina, el canal de televisión que contaba con los derechos de transmisión del mundial. Un equipo periodístico visitó el taller de Vargas Mendoza y le realizó una entrevista en un enlace en vivo y en directo que navega sin rumbo por la Internet.

Todo iba de perillas hasta que una bomba explotó en Sudamérica. En el partido ante Argentina, el penúltimo del proceso, a Paolo Guerrero se le encontró una sustancia prohibida e impronunciable en el organismo: benzoilecgonina, el principal metabolito de la cocaína. Por ello, la FIFA le impuso un castigo y, con ello, le colocó una mancha en su hoja de vida para siempre: lo suspendió de la práctica deportiva a nivel profesional.

En Perú no fue un lío, sino un asunto nacional. Durante varios meses fue el tema más discutido en los programas del mediodía, los dominicales y en cualquier esquina. Se le dedicó portadas, reportajes, podcast, un libro y algunos bidones de lágrimas. Fue una cruzada, donde quienes se permitieron dudar de su inocencia fueron apaleados en más de 280 caracteres e incluso fueron encarados por una masa convencida de que se estaba cometiendo una injusticia.

Aunque no lo diga, Vargas Mendoza fue una de las víctimas colaterales de aquel suceso. De pronto, los auspiciadores se marcharon, nadie lo volvió a entrevistar y la develación de la estatua se postergó hasta nuevo aviso. Según dice, solo le pagaron el 65% de su trabajo.

Maqueta en yeso de la estatua.
Maqueta en yeso de la estatua.Ángela Ponce

Tiempo después hubo la posibilidad de llevar la estatua a un centro comercial para ser exhibida, pero un accidente lo impidió. “En ese 2018 fui premiado. Pasó una hecatombe de cosas malas. Esa vez la camioneta se chocó y el pedestal donde iba a ir se rompió. Menos mal, porque si no hubiese sido el final de la escultura”, cuenta, con sus reservas de optimismo.

Rony Miranda, quien costeó parte del monumento, se comunicó esporádicamente con él hasta que su número no volvió a aparecer en la pantalla de su celular. Voluntariamente le hizo un guiño al nombre de su asociación cultural que cobijó el proyecto: Spera.

Han pasado prácticamente cinco años y Vargas Mendoza, el escultor, ya se cansó de esperar. En julio pasado, Keyzzenovich Dávalos, antiguo socio de Miranda, le propuso inaugurar la estatua en el Alejandro Villanueva, el estadio de Alianza Lima, el club donde Paolo Guerrero se formó.

¿Qué vuelta había dado la rueda de la fortuna? El delantero coqueteó con la posibilidad de regresar al Perú y vestir la camiseta blanquiazul en el último semestre de 2022 a sus 38 años. Pero ello tampoco ocurrió. Desde entonces, Vargas Mendoza, de Capricornio como Guerrero, ha decidido dejar la estatua al descubierto en el patio contiguo a su taller.

“Deseo que la escultura haga su camino y su camino no es mi taller. Quiero que la contemplen. Me sentiría triste si se quedara aquí de por vida”, lamenta. Un alcalde, que lo visitó hace unos meses, le ha prometido darle el lugar que se merece en su distrito, pero la cautela le ha dado algunas lecciones en estos últimos años.

El miércoles 5 de octubre se estrenará la primera serie peruana en Netflix: Contigo capitán, una producción que narra el problema en el que se vio inmerso Paolo Guerrero antes de Rusia 2018, el mundial al que acabó yendo por la venia de un tribunal suizo. La expectativa es inmensa. Nada más hay un inconveniente en casa de Vargas Mendoza: no tiene Netflix.

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